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Arte e Ideas

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Lynn Margulis, errores y homenajes

Aunque a su muerte la comunidad científica y los medios de comunicación parecen ignorarlos, los aportes de Margulis a la teoría de evolución son insoslayables.

Con la muerte de Lynn Margulis, por un momento pensé que me había equivocado, que había visto mal el dato, después sospeché que había vivido en un error durante más de 20 años, finalmente llegué a la conclusión de que el universo o al menos nuestra sociedad, que es la lente con la que lo vemos, comete errores garrafales.

Sucedió la semana pasada, el martes 22 de noviembre, yo me enteré el jueves 24 casi por casualidad. Me disponía a sacar la nota en esta sección, pero como la agencia EFE dio la nota el miércoles 23 supuse que ya no era noticia y no la publiqué en ese momento pensando en hacer algo con más calma para mi blog.

Me extrañó, eso sí, que sólo una agencia diera la nota.

Hasta ahí no hay error alguno. Los problemas empezaron cuando la noche del 24 decidí juntar información reciente para hacer mi obituario: era increíblemente escasa. Sólo EFE le había hecho caso el día anterior y ninguna otra agencia le había seguido los pasos, la universidad donde ella trabajaba publicó un par de párrafos, la revista Nature no fue más generosa. Nada que alcanzara la talla que merecería uno de los biólogos (en masculino para incluirlos a todos) más relevantes del siglo XX. ¿Sería una broma y Margulis no había muerto?

No es error de apreciación

Pues no, Lynn Margulis sí había muerto, así que sospeché que mi apreciación de la enorme importancia de sus contribuciones a la biología debía ser errónea. ¿Sería que Antonio Lazcano, amigo de Lynn y el maestro mejor cotizado de la Facultad de Ciencias, nos había exagerado la importancia de los trabajos de la bióloga? ¿Sería que no supe cuando las ideas de Margulis fueron descartadas por completo?

Pues sí pero no. Como apunta John Horgan en su blog de Scientific American (la única publicación que hizo un homenaje digno el día 24), Margulis se ganó un lugar en la historia de la biología al sugerir en los años 60, cuando apenas tenía poco más de 20 años, que los organelos ceulares (mitocondrias con las que respiramos animales, hongos y plantas, y cloroplastos con los que las plantas hacen la fotosíntesis) provenían de bacterias que desarrollaron una muy estrecha relación (llamada por los biólogos simbiosis) con otras células para generar a las células con núcleo (eucariotas).

Lo anterior es una teoría que ha sido confirmada en múltiples ocasiones y ha llegado a los libros de texto de Biología. Pero Margulis fue más allá y sugirió que en la evolución de las especies no todo es competencia, lucha y supervivencia del más apto, que la cooperación es al menos igual, si no es que más (mucho más, diría ella) importante.

Para Margulis, la simbiosis no sólo puede explicar lo que no hizo Darwin en El origen de las especies, que es justamente el origen de las especies, sino que además podría permitir un cierto grado de lamarckismo, es decir, de evolución dirigida y no ciega.

Gaia, ¿su perdición?

Tiempo después, Margulis se sumó a James Lovelock en defender la hipótesis de Gaia, en la que el ambiente terrestre y la vida que sostiene evolucionan al parejo y de forma coordinada . Lovelock sugirió incluso que era como si la Tierra y sus habitantes fueran un solo organismo vivo. Margulis ha dicho que eso es una sobre simplificación, pero que es útil para transmitir la idea.

Así, Margulis no sólo ofreció una alternativa real a la teoría de Charles Darwin, sino que dio uno de sus principales sustentos al movimiento ecologista.

Los darwinistas más ortodoxos la han acusado de metafísica, de ir más allá de la ciencia e, incluso, de tratar de darle una visión femenina y no objetiva.

Así que, de algún modo, si bien su teoría del origen simbiótico de los organelos ha sido universalmente aceptada, su visión sí fue descartada.

Y Margulis hizo aún más: fue pionera en indicar que la visión reduccionista de la ciencia no ha sido suficiente para explicar la naturaleza, en particular el gran misterio de la creación.

¿La creación de qué?

De lo que sea. En biología, del origen de las especies, del sexo, la vejez y la muerte, en neurobiología no tenemos idea de cómo se genera en nuestro cerebro una idea, un concepto, una decisión o la conciencia, en cosmología no sabemos por qué se creó más materia que antimateria o cómo se creó la materia, clara u oscura.

El enfoque reduccionista es poderoso pero insuficiente, pero, como dice Michael Brooks en 13 cosas que no tienen sentido (Ariel), aunque no tenemos la más remota idea de cómo puede ser una explicación holística, es muy posible que sea el camino por el que debe transitar la ciencia en el futuro.

Injusticia, ¿a lo macho?

Pero regresemos unas cuantas palabras en este texto... ¿Una visión de la ciencia femenina ? ¿La competencia es masculina y la cooperación femenina?

Puesto así parece ridículo, pero no deja de hacer resonar un diapasón en nuestro cerebro, parece tener sentido.

En Symbiotic Planet. A New Look at Evolution, Lynn Margulis afirma que nuestros puntos de vista y preconcepciones dan forma a lo que vemos y cómo conocemos. Cualquier idea que concibamos como un hecho o una verdad la integramos en una forma de pensamiento de la cual normalmente no nos damos cuenta. Llámenlas ‘restricciones culturales’, ‘incapacidades por entrenamiento’, ‘pensamiento colectivo’, ‘construcciones sociales de la realidad’, llamen como quieran a las inhibiciones dominantes que determinan nuestro punto de vista. Nos afecta a todos, incluso a los científicos. Todos traemos a cuestas pesados impedimentos lingüísticos, nacionales, regionales y generaciones a la percepción .

Bueno, sí, tal vez sus puntos de vista hayan sido femeninos, pero eso no les quita ningún mérito frente a los masculinos que han dominado la ciencia desde que a Galileo se le ocurrió enfocar su telescopio a la Luna.

Si a Margulis no le dieron el Nobel, o cualquier otro gran premio en biología, aunque sólo fuera por explicarnos el origen de los organelos celulares que tienen todos los animales, plantas y hongos del planeta, si no se armó un gran revuelo de homenajes con su muerte, si más de una persona con amplia cultura general me ha dicho en estos días que no sabía quién era ella (personas a las que si les hubiera dicho que fue esposa de Carl Sagan hubieran sentido que ya la ubicaban, pero no lo hice), es sencillamente un gran conjunto de errores, de esos que los humanos cometemos con tanta frecuencia que, según algunos, nos definen.

Sospecho que si la comunidad científica establecida ignoró a Lynn Margulis, Gaia no lo hizo y la recibió con los brazos abiertos... lista para reciclarla.

mlino@eleconomista.com.mx

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