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Lluvia que la ciudad encharca
En 1555, en menos de 24 horas, toda la ciudad de México?se inundó.
Dijeron que fue la misma reina Juana quien dispuso convertir en un jardín de recreo el gran bosque de Chapultepec. Pero la vida en la muy noble y nueva ciudad de México bregaba con asuntos más urgentes. El primero, la incapacidad de los regidores combinada con la furia de Tláloc de controlar las inundaciones. Hubo noticias de un aguacero continuado que había inundado completamente, en menos de 24 horas, toda la ciudad de México. Corría el año de 1555 y el virrey Luis de Velasco, que nunca había presenciado cosa igual, había mandado una carta a los reyes en la que aterrado, escribía lo siguiente:
En toda Nueva España ha llovido este año mucho más que los pasados y ha hecho gran daño en algunas provincias porque ha anegado los sembradíos de maíz y trigo, pero en esta ciudad ha sido mayor que en otras partes, por estar en lo más bajo y cercada la mayor parte de una laguna grande, donde acuden todas las aguas de ríos y fuentes de la comarca que son muchos. Nos hemos visto en gran trabajo en desaguar un río que salió de madre, por la parte de Tlatilulco y casi provocó que gran parte de la ciudad se perdiera. De más de esto edificaron las casas más bajas que las plazas y calles y así toda el agua llovediza entra en las casas y no tienen desaguadero. Si otro año las aguas acuden con la furia de éste, la ciudad corre riesgo .
Agobiado en extremo, y con pocos conocimientos de hidráulica, el virrey, en su carta, no tarda en criticar el sitio donde está fundada la capital de la Nueva España, culpar a los malos cimientos y los ruines edificios , decir que componer el daño costará dinero innumerable y proponer como solución cambiar de sitio a la ciudad a un lugar más seguro a dos o tres leguas de aquí . Concluye, lleno de desaliento, que habrá que esperar a lo que Dios Nuestro Señor fuere servido .
Pero Dios se inclinó por la costumbre y la tradición. Llovió hasta donde tuvo que llover, el Sol salió a su tiempo y la ciudad se quedó fija en el lugar de siempre. Otra luz, afortunadamente, iluminó el pensamiento de los regidores y se tomaron medidas inmediatas: se repararían las compuertas de la calzada que iba de San Pablo a Chapultepec; se cerrarían todos los puentes, puertas nuevas y viejas de la Calzada de la Concepción de Tlatelolco hasta el pueblo de Tacuba. Se dispuso que los ríos de Coyoacán y Tacubaya, que habían anegado los ejidos, volvieran a sus viejos cauces como lo practicaban los indígenas : reparando los cercos e impidiendo la entrada de las aguas. Se abrió también la compuerta de la calzada de Iztapalapa, cerca del cruce con el camino de Coyoacán para que saliera el agua y se repararon todas las calles y calzadas que iban de la ciudad a tierra firme con el fin de que las aguas no pasaran sobre ellas. El virrey, ya más tranquilo, mandó construir un albarradón semejante al antiguo de los mexicas, más cerca de la ciudad. Más pronto que tarde se supo y hoy sabemos- que Dios también había dispuesto que las lluvias se presentaran aun más fuertes, todos y cada uno de los años venideros (con sus graves inundaciones todo el tiempo).
La reina Juana murió sin haber conseguido que el enorme bosque de Chapultepec se trasformara en parque público. Fue otro virrey, Luis de Velasco, quien ya entrado el siglo XVI ordenó se creara un paseo para darle belleza a la ciudad y que la vez fuera lugar de recreo de sus habitantes . Con gran disposición y alegría se sembraron un gran número de álamos en el límite oriente de la entonces ciudad virreinal, al sur del Templo de la Santa Veracruz y limitada por las actuales avenidas Hidalgo y Juárez. Pero los árboles eran de lento crecimiento y fueron retirados para sembrar en su lugar fresnos y sauces debido a su desarrollo más rápido. Sin embargo, el nombre de Alameda perduró hasta nuestros días.
Primer parque para todos, paseo favorito de propios y ajenos, inspiración de poetas, pintores y cronistas, la Alameda fue descrita internacionalmente, casi por primera vez, por el inglés Gabriel Ferry que encantado, a principios del siglo XIX, en su libro Escenas de la vida mexicana, la describe así:
La Alameda de México forma un cuadrilongo cercado de un muro. En cada uno de sus ángulos hay una verja de hierro para el paso de los coches, los jinetes y los peones. Multitud de fresnos y sauces forman una verde y sombría bóveda encima del salón principal destinado a los coches y caballos que caracolean y galopan silenciosamente sobre un piso enarenado e igual. Varias calles de árboles, que convergen hacia grandes centros comunes adornados de fuentes con juegos de agua caprichosos, interponen sus líneas de mirtos, rosales y jazmines entre los carruajes y los que pasean a pie, pero que no privan de seguir con la vista las evoluciones de los lujosos coches o de los fogosos caballos alrededor de la alameda. El ruido de las ruedas, amortiguado por la arena del piso, llega confusamente a los oídos del paseante mezclado con el murmullo de las fuentes, de la brisa entretenida entre las hojas de los árboles y del zumbido de las abejas y de los colibríes. Las carrozas doradas del país se cruzan incesantemente con los coches europeos, y los ricos arneses de los caballos mexicanos resaltan con todo su brillo al lado de la modesta silla inglesa. Las señoras de la alta sociedad muellemente recostadas sobre los almohadones de sus carruajes aprisionan esos lindos pies que son su orgullo y la admiración de los europeos. El abanico se agita en las portezuelas para hablar su misterioso lenguaje. Después de dar un cierto número de vueltas, los coches abandonan la alameda y los jinetes se van en pos de los coches. Toda esa muchedumbre cruza indiferente por delante de una ventana cerrada por fuertes barrotes de hierro, que da encima de la acera y por debajo de la cual es preciso pasar para llegar al paseo de Bucareli. Esta ventana es la del sitio lúgubre en el cual se depositan los cadáveres de los asesinados y de los que perecen de muerte violenta: es lo que se llama en francés la morgue .
Sin proponérselo, Ferry hace una crónica precisa de nuestra ciudad contrastante. La Alameda, sueño de reyes, icono de la belleza urbana, fue soleada y elegante. Pero también y más de una vez, padeció de lluvia hasta inundarse.