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Las reglas de Leonard
Trata de dejar afuera todo aquello que el lector se saltaría, y otras joyas de sabiduría de Elmore Leonard.
Uno de los últimos libros de Elmore Leonard, quién falleció el pasado 20 de agosto, fue un volumen bellamente editado que sumaba sus 10 lecciones para la escritura. Recopilaba un puñado de consejos que habían aparecido en el New York Times, esta vez, con ilustraciones del caricaturista e ilustrador Joe Ciardiello.
Leonard empezó su carrera publicando westerns, después migró al policiaco, género que refinó hasta convertirse en uno de sus referentes obligados. No podía ser más perfecto que al final de su carrera estuviera involucrado en la serie de televisión Justified, que consolidaba ambas vertientes. La serie se inspiró en su novela Pronto (1993), primera aparición del sheriff Raylan Givens (protagonista de Justified), que haría acto de presencia en varios libros más de Leonard, hasta despedirse en su último trabajo publicado: Raylan (2012).
Leonard era vocero de una escuela que abogaba por la desaparición del escritor en la prosa. Esta aseveración puede sonar macabra, pero tiene más que ver con un voto estilístico que otra cosa. Para Leonard, no había peor falta que un autor que da saltos con las manos levantadas, atrayendo la atención a sí mismo en lugar de a la historia que está contando. Quizá por ello, la regla más importante de su libro sea aquélla que no viene numerada y que para él suma todas: Si suena a escritura, lo reescribo .
Su decálogo de consejos va, precisamente, en ese sentido. Aunque anticipa al inicio del mismo que exime de las reglas a aquellos autores que tienen facilidad para el lenguaje y las imágenes, son reglas para permanecer invisible; para que no se noten las costuras, si se vale la analogía.
Por supuesto que Leonard no dice, aunque puede presumirse que lo piensa, que hay una diferencia marcada entre aquellos autores que creen que tienen esa facilidad y aquéllos que realmente la tienen.
Por momentos, su decálogo recuerda la caja de herramientas que Stephen King enumera en la segunda parte de su imprescindible volumen: Mientras escribo. El libro de King, mitad memoria, mitad recetario de consejos, enumeraba puntos prácticos que incluyen las reglas tres y cuatro de Leonard: Nunca uses una palabra distinta a dijo como atribución de diálogo, la cual, a pesar de referirse a la narrativa en inglés, da en el blanco a uno de los mayores vicios de la prosa en nuestro idioma.
Para Leonard, no tiene caso apuntar, declarar, matizar, reducir, aducir, exclamar, gritar, susurrar, y un larguísimo etcétera, sólo decir. Podríamos desaprobar su purismo, pero no su intención. Es claro que la única atribución de diálogo neutra es decir , el resto delata la intención o estado de ánimo del personaje, y para Leonard, en ellas, el autor comete algo intermedio entre la pereza y la intrusión.
Aun peor cuando ésta se hace con adverbios que califican ese verbo: dijo afectuosamente, calló sospechosamente, matizó rencorosamente, etcétera. Un vicio mayor en inglés que en nuestro idioma, pero que se ha colado como virus insidioso a través de las traducciones.
No tiene caso continuar con su decálogo sin antes destacar que detrás de la prosa de Leonard, incluso de sus cuidadas reglas, hay mucho sentido del humor, hasta socarronería. Quizá por ello una de las reglas más memorables sea la décima: trata de dejar afuera todo aquello que el lector se saltaría. Probablemente, el mejor consejo para un escritor. Uno que deberíamos enmarcar y llevar en nuestra mente cada vez que acercamos la pluma al papel o los dedos al teclado.
El libro entero de reglas está lleno de excepciones, menciones a autores que hacen bien esto o aquello y que, por lo tanto, están exentos de suscribirlas, sean Margaret Atwood, Jim Harrison, Tom Wolfe, John Steinbeck o Joseph Conrad. Leonard delata ahí el que quizá fuera su mayor recurso, era un lector generoso y ecléctico, que no tenía reparo en aventurarse más allá de lo que algunos llamarían su fuerte.
Es quizá esa amplitud de miras como lector la que ofrece una de sus lecciones más importantes, más allá de sus guiños: cómo eliminar los prólogos, o controlar el uso de los signos de admiración y el uso de regionalismos lingüísticos y argot callejero (y eso que Leonard nunca leyó las horribles traducciones españolas de los regionalismos y el argot callejero).
Las obras de Leonard se tradujeron y editaron en español, sobre todo en los años 80 (muchas aparecieron bajo el sello de Ediciones B). Leonard recibió, al final de su vida, los reconocimientos más importantes que ofrece la literatura estadounidense, pero, sobre todo, el reconocimiento reverente de sus pares.
Para sus lectores siempre será recordado por sus tramas llenas de acción, personajes en trayectoria de colisión, vueltas de tuerca y, principalmente, por la ferocidad filosa de sus diálogos. Es hasta previsible que un autor con tanto talento para los diálogos considerara excesivo cualquier tipo de maquillaje estilístico.
No debemos dejar de celebrar la paradoja final de Elmore Leonard. Gracias a su invisibilidad, construyó la imagen indeleble del narrador puro, ese autor que por no estar ahí, permanece con nosotros, más allá del punto en que la última bala, el secreto mejor guardado y el más ingenioso de sus personajes quedan confinados al cerrar el libro.
Twitter @rgarciamainou