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Las horas perdidas: 9/11 Complot y consecuencias
En estos diez años, todavía un buen porcentaje de la humanidad suscribe, en mayor o menor grado, la teoría de conspiración que sostiene que fueron las propias agencias de inteligencia estadounidenses las que elaboraron el atentado, particularmente el del Pentágono.
Se cumplen diez años de eso que ahora la cultura popular, particularmente la estadounidense, llama 9/11. El atentado terrorista que cambió para siempre a nuestros vecinos y junto con ellos al planeta entero.
Me pregunto si Osama Bin Laden y los otros autores intelectuales del atentado, imaginaron siquiera las consecuencias geopolíticas, económicas y culturales que tendría su mañana de terror.
Es posible que cegados por su deseo de poner de rodillas al demonio yanqui, hubieran estacionado sus expectativas en lo simbólico del acto: el ataque al corazón de su imperio, el centro de su comercio y valiéndose de sus propios ciudadanos y medios de transporte como armas.
Después vino el derrumbe de las torres, y esa fue la guinda en su pastel de violencia y terror. Habrán perdido el vuelo 93 y fallado en el Pentágono, pero en Nueva York su juego macabro salió con premio.
En estos diez años, todavía un buen porcentaje de la humanidad suscribe, en mayor o menor grado, la teoría de conspiración que sostiene que fueron las propias agencias de inteligencia estadounidenses las que elaboraron el atentado, particularmente el del Pentágono.
La teoría sostiene que agencias que fueron incapaces de notar que individuos de origen árabe y antecedentes fundamentalistas, estaban tomando clases de pilotaje aplicándose en las de despegue; y bostezando cuando tocaba aterrizar; son por otro lado capaces de orquestar un encubrimiento gigantesco que incluiría: el asesinato de tres mil y pico de personas, fingir que un avión se estrelló en el Pentágono, esconder y desaparecer ese vuelo y sus pasajeros, estrellar otro avión en un campo en Pennsylvania con todos los pasajeros dentro, y todo para mmm.
Detrás de ese maquiavélico complot estaría el presidente más inteligente de la historia de los EU: George W. Bush, capaz de leer libros bocabajo; y su torcido sidekick, Dick Cheney, rey de los intereses oscuros del petróleo y un inquietante compañero de cacería.
Los que imaginan este complot, suponen que Bush necesitaba un pretexto para atacar Afganistán. Cuando en realidad, no le quedó más remedio que atacar ese país, que bajo el dominio Talibán ya celebraba el 9/11; y luego, entonces sí, inventarse un pretexto para atacar Irak.
Su incompetencia es tal que no pasó mucho para que el mundo supiera que lo de Irak había sido una vulgar mentira, basada en supuestas armas de destrucción masiva que los técnicos de la CIA pintaban con crayolas en las fotos del satélite.
Pensar en un complot de 9/11 por más persuasivas que sean las palabras del francés que elaboró la más compleja teoría sobre los sucesos, implica suponer que ese grupo de políticos incompetentes, de estrategias burdas y discursos simplones semi religiosos, fue capaz de ensamblar una operación internacional encubierta de altísima sofisticación. Todo por designio de una agenda oculta de dominación global detrás de la cual un gobierno secreto juega con nuestras vidas como peones miserables (entra música dramática).
Bin Laden y los suyos nunca imaginaron que el gobierno estadounidense se comprometería tanto en combatirlos que ni siquiera llegarían vivos al aniversario; o que se jugarían la estructura financiera y fiscal del país en dos guerras costosísimas e imposibles de ganar.
Para ellos bastaba la inyección profunda de paranoia en el cerebro de una nación que ya era terreno fértil. Minar su libertad coartándola en interminables e irracionales filas de seguridad en aeropuertos, orillándolos a un nacionalismo a la Jack Bauer, con violación de derechos humanos incluida, que convertirían al triunfador de la guerra fría en una suerte de paria moral de nuestro tiempo.
Pero muchos otros sucesos se derivaron del simbólico derrumbe neoyorquino, algunos que ni Bin Laden en su mayor delirio imaginó. Me refiero a la oleada de militarismo patriotero de barras, estrellas e himnos que invadiría como virus el medio oeste estadounidense, al surgimiento del conservadurismo con retraso mental que es el tea party, sin ir más lejos: al derrumbe del sistema financiero global.
Bin Laden tampoco imaginó los cálculos rebotados en el interior del gabinete foxista esa mañana. Un debate que merece documentarse más, porque de él surgió esa condena tibia y miedosa con que Fox dijo que estuvo muy mal lo que hicieron los terroristas pero que peor sería que los estadounidenses salieran a desquitarse.
Recuerdo la voz acelerada del entonces canciller Jorge Castañeda, afirmando con intensidad, que no era el tiempo para retirar el apoyo, que no era el momento para ser tibios, que era completamente inoportuno abrazarse a una variante cobarde de la doctrina Estrada y fingir demencia, mientras el concierto mundial abrazaba a los estadounidenses por su tragedia.
Se ha discutido poco, pero en su mezquindad política y humanitaria, Fox pudo haber enterrado cualquier posibilidad de la ansiada reforma migratoria. Todo por escatimar palmadas solidarias a Bush pensando que no sería bien visto por los mexicanos; tanta prudencia en un presidente que dedicó el resto del sexenio y la reciente posteridad a ser una parodia de sí mismo.
twitter @rgarciamainou