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Indicadores Culturales: una década en busca de articulación y credibilidad
Ponen en relieve los numerosos pendientes por atender entre economía y cultura, entre valor simbólico y valor económico.
La reciente entrega del Atlas de Infraestructura y Patrimonio Cultural de México y de la Encuesta Nacional de hábitos, prácticas y consumo culturales, aunado al anuncio de la implementación de la Cuenta Satélite de Cultura (CSC) en el INEGI, pone en relieve los numerosos pendientes por atender entre economía y cultura, entre valor simbólico y valor económico.
Estos instrumentos como los editados siete y seis años atrás, lejos del sistema de cuentas nacionales, no señalan, por ejemplo, el flujo de recursos que significa la asistencia a zonas arqueológicas, si bien es materia de orgullo el vasto patrimonio. Se preocupan por el hábito de la lectura, pero no se dan cifras del gasto por persona o familia en libros. Causa terror la baja asistencia a teatro, pero nada se pondera el movimiento del mercado escénico. Se sorprende por los millones que van al cine, pero ni por asomo advierten la cadena productiva y de ganancias que dejan a su paso los cinéfilos.
De esta forma, mientras la CSC se empodera, Atlas y Encuestas suponen un avance de catalogación de acervos patrimoniales y la acumulación de datos sobre tendencias, conductas y percepciones frente a un todo que se llama cultura. Pero al no contar con su cruzamiento con las implicaciones que se tiene con el aparato productivo, si sitúan aún lejos de ser provechosas para el diseño de políticas públicas y para el uso por parte de quienes son empresarios o desean emprender negocios en cultura.
Historia de desencuentros
Según se narra en el INEGI, la publicación regular de la estadística de cultura se inició con el Anuario de los Estados Unidos Mexicanos de 1930, en el cual se presentaron datos de 1928. Desde entonces y hasta 1984, la estadística de cines y la de espectáculos públicos se captó en un solo cuestionario, mientras que la de museos se captó en una boleta por separado. A partir de 1985 cada estadística contó con su formato de captación. No obstante que a lo largo de este periodo se han actualizado los criterios para su producción, las variables más relevantes han guardado comparabilidad .
Un momento clave llegó con el TLC en 1994. Estados Unidos, Canadá y México acuerdan unificar gran parte de sus cuentas a través del Sistema de Clasificación Industrial de América del Norte (SCIAN). Sin embargo ello no implica mayor abundancia ni oportunidad en la información relativa a la actividad económica de la cultura en nuestro país.
La Universidad de Colima hacia la segunda mitad de los años 80 y el Conaculta en los 90, son referentes para rastrear el historial por construir un sistema de indicadores tanto para el sector cultural como para el quehacer gubernamental, así como para desentrañar las relaciones entre economía y cultura.
Precisamente en el transcurrir de los años 90 se crea el Sistema de Información para la Planeación y Evaluación de las Políticas Culturales, en la Coordinación Nacional de Descentralización, y el Sistema Nacional de Información Cultural (SIC), en el Seminario de Estudios de la Cultura, bajo la férula del Consejo. Pero corresponde al periodo panista de Sari Bermúdez dar un salto fundamental al poner en marcha la Coordinación Nacional de Estrategia y Prospectiva, que en estos días es la Coordinación Nacional de Desarrollo Institucional.
En más de una década, el SIC ha desplegado una labor que ciertamente vino a llenar los vacíos dejados por el INEGI y que serán subsanados al implementar la Cuenta Satélite de Cultura. Muchos otros actores a lo largo de este tiempo, imprimieron también sendos esfuerzos a nivel nacional para estos propósitos, particularmente para posicionar la economía cultural como herramienta de análisis, como se evidencia en la UAM-Xochimilco. Para efectos de la aportación de las industrias protegidas por derechos de autor al PIB, los empeños de Ernesto Piedras.
Naciones como Francia, pionera en el campo, Alemania, Reino Unido, España, Chile, Colombia y El Salvador, amén de los esfuerzos de distintos organismos internacionales y bloques comerciales como el Mercosur, ponen en relieve la importancia de la cultura en el desarrollo económico. Sin embargo numerosas naciones están aún lejos de clarificar este componente del aparato productivo.
En nuestro entono, la reciente entrega del Atlas de Infraestructura y Patrimonio Cultural de México y de la Encuesta Nacional de hábitos, prácticas y consumo culturales, cuyos antecedentes datan de siete y seis años atrás, se tornan fundamentales pese haber sido elaboradas sin el aval del INEGI. Los siguientes cuadros señalan lo que les son común y aquello que les hace diferente. Supone que para efectos de validez científica, sus metodologías tendrían que ser prácticamente iguales. No lo son y en algunos momentos hay verdaderos abismos. Como lo señaló a este reportero el director general de Estadísticas Económicas del INEGI, Arturo Blancas Espejo, habrán de ser objeto de valoración para determinar si son útiles para la CSC. Por lo pronto son importantes y polémicas.
¿Palos de ciego?
Observaciones generales: mientras el Atlas de 2003 no contó con referencias a estudios anteriores, sobre todo por lo que respecta a indicadores de asistencia, unidades económicas o número de recintos, llama la atención que en el Atlas de 2010 se hayan incluido algunos de los datos obtenidos por la Encuesta Nacional de 2004 y no de la del 2010, lo cual nos habla de un descuido y una desarticulación colosales.
Cierto es que se podrá advertir también notables diferencias de estructura, incomprensibles a la luz de que ambos atlas fueron elaborados por el Consejo. También la inclusión de nuevos rubros como matices en otros. Sin duda algo que debió incorporarse de inmediato fue la contrastación de las cifras y los elementos concluyentes. Tampoco se advierte referencia alguna a los distintos estudios elaborados durante la gestión de Sergio Vela y que son:
El Diagnóstico general de la cultura en México (elaborado por Solana Consultores por $862,500). La Prospectiva con escenarios alternativos (Analistas Consultores por $770,500). La construcción de un sistema de indicadores en línea con las distintas instituciones culturales del país (Valora Consultoría de Miguel Limón Rojas por $575,000).
Tampoco se toma en cuenta el estudio Información sobre la cultura en México, elaborado por la UNAM bajo la coordinación de Mari Carmen Serra Puche, con un costo de 6 millones de pesos.
Al anunciar el Atlas y la Encuesta en diciembre de 2010, Consuelo Sáizar encomendó a Nomismae Consulting S.C de Ernesto Piedras la Evaluación de dichos estudios, el Estudio Nacional sobre el consumo y la demanda por bienes y servicios culturales. El Estudio Nacional sobre el valor económico de la cultura (producción y empleo). El costo suma $1´392,000.00 pesos.