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Arte e Ideas

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El teatro lleno de puro vacío

Peter Brook presentó en México una versión de "Campo de batalla", basado en el Mahabhrata.

Foto: Notimex.

El Mahabharata es el poema épico más antiguo de la humanidad, fundacional de la cultura india y de las ideologías o cosmovisiones orientales. Poema vasto y complejo en torno a las dos fuerzas milenarias que definen el terreno de disputa de los hombres: el amor y la guerra, y todo lo que estos engloban. En medio el albedrío, no entendido solo el combate del bien contra el mal, sino como el momento siempre presente que actualiza el samsara, es decir las decisiones del día a día en una vida repleta de incertidumbres y complejidades, y en el horizonte el límite de la sabiduría, el dharma o el camino hacia la iluminación.

Uno de los directores de escena más connotados de la segunda mitad del siglo XX, el inglés Peter Brook, hace 30 años tuvo la osadía de llevar a escena la versión que hizo el escritor Jean Claude Carriere de este poema, y juntos con la ayuda de su inseparable coautora Marie-Hélëne Estienne, y el propio Carriere elaboraron un guión para un montaje que en escena superaba las 9 horas de duración. Seguían siendo los tiempos de las puestas experimentales que fincaban parte de su atractivo en la duración que no tenía concesiones con el espectador, en la multitud llevada al interior, es decir una cantidad muy elevada de actores, y en los elementos de producción magnánimos.

Treinta años después, con Battlefield (Campo de batalla, 2016), basada en aquella primera adaptación de algo que por su complejidad podría parecer inadaptable, Peter Brook, con sus 92 años a cuestas, es decir como alguien que ha visto ya demasiadas cosas, voltea la mirada completa hacia atrás pero sin perder de vista el presente, algo así como el ángel de la historia, algo así como alguien que observa en la creación escénica el espacio de la meditación dable solo a aquellos que cuentan con el tiempo o que han decidido tomarse el tiempo, que es decir cancelar la lógica de la producción constante, para editar, para volver a cribar la mirada: para ocupar de vacío el teatro.

La creación de una pieza como Battlefield solo puede ser entendida como la revisión constante de un ensayo. En 60 minutos, toda la complejidad argumental se resuelve con diálogos y frases precisas, muchas de ellas conductoras de imágenes sumarias y elocuentes; toda la escena se resuelve con trazos y gestos claros en cada uno de los actores, cuyas cualidades interpretativas son explotadas al máximo, y con una materialidad que sirve a la imaginación y que es también un elemento cultural original: la tela; telas que podríamos parangonar con los rebozos (Oria Puppo) pero estos de colores que dependiendo su tonalidad así como de la luz (Phillippe Vialatte) aportan la temperatura que definiría los paisajes atmósferas que no vemos ni con proyecciones ni con escenografías acartonadas sino con una sutil y poderosa imaginación. 

La obra comienza con el joven Yudhishthira (Jared McNeill), descendiente de la familia Pandava, que ha emergido triunfante de la batalla y que por ende deberá convertirse en rey. Pero él dice: "Esta victoria es una derrota" a su madre Kunti (Carole Karemera), pues ella le ha confesado que en el bando contrario su archienemigo era en verdad su hermano.  La tribulación que esto produce en el joven lo lleva a emprender una búsqueda interior en pos de respuestas a las que accederá por medio de parábolas en voces de otros personajes y entidades, incluidos el Tiempo, la Muerte y el Destino, y en la interpretación justa, serena grave de los actores Ery Nzaramba y Sean O´Callaghan, quienes son conductores de la intensa vía que lleva a la elevación espiritual que exige ser rey.

La valoración de todas las formas de vida en la parábola de un gusano amante a punto de ser aplastado por un carro; la exigencia alta de justicia a partir de otra en la que un rey entrega libras de su propia carne para salvar a una paloma a quien dio refugio y que un buitre acecha; y al final aquella que nos pone a punto de la revelación pero que solo nos lleva al principio: al sonido de la música del tambor ejecutado con maestría por Toshi Tsuchitori, que también hizo la música del original Mahabharata, y que indica que la única verdad se encuentra ligada al instante y que ha de ser descubierta, con visión y templanza, con escucha y serenidad, como el sonido del tambor, como el registro tonal del tiempo.

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