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Arte e Ideas

Lectura 5:00 min

El tarot mesoamericano ?de Daniel Lezama

Imágenes sensuales, míticas, arquetípicas, hijas del sueño? y de los rincones polvosos de la psique mexicana.

Daniel Lezama es un narrador. Pinta, pero su obra es narrativa. Para mí, ver sus cuadros es como ver una película. Recuerdo que la primera vez que conocí su trabajo, hace varios años en el Museo de la Ciudad de México, pensé que si el cine mexicano fuera más honesto y más creativo tendría escenas como las de Lezama. Pensé en los viejos maestros renacentistas y también pensé en Orozco. Pensé en un cuento de Juan Villoro protagonizado por un charro chic que protagoniza una farsa al estilo de Almodóvar.

En los cuadros de Lezama hay un estilo naturalista, sí, pero las escenas que suele retratar son escapadas de una imaginación cachonda, por sensual, pero también por hambrienta de fantasía. Una matrona de pechos caídos se acuesta con un niño apenas púber; unos mariachis celebran el encuentro. Una nínfula desnuda de pie sobre el cofre de un carro en un taller mecánico. Una mujer baña a un niño con los brazos que escurren un líquido rojo; a sus pies yace el cadáver de un charro: el cuadro se llama La muerte del Tigre de Santa Julia . Es la muerte del padre, del mito mexicano.

Son imágenes míticas, arquetípicas, hijas del sueño y de los rincones polvosos de la psique mexicana. O puede ser simplemente una historia, sin tintes simbólicos ni psicoanalíticos, el indicio de un cuento. Eso me gusta de Lezama: las varias caras de su obra.

En la Galería Hilario Galguera la semana pasada Lezama inauguró su nueva serie de pinturas. La última vez que había disfrutado de Lezama fue en la Zona Maco de unos años cuando vi algunas de las obras de la serie Viajeros, inspirada en los grandes exploradores del pasado como Von Humboldt y Frederick Catherwood, hombres blancos que descubrieron los nuevos e inmemorables mundos de las Américas, África y Asia.

Tengo muy presente Las tres gracias de Zanzíbar : tres mujeres con el cuerpo cubierto de pintura tribal (o acaso un lodo primordial) dominan la escena. Una mira hacia atrás, es la memoria. Otra se lleva las manos al pelo: es la imaginación. La tercera, que es una niña, mira en lontananza, ¿quién es? A sus pies, yace la muerte.

Después de ese cuadro tan bello me moría de ganas de ver lo nuevo del que, casi puedo asegurarlo, es mi pintor mexicano favorito. Con mucha emoción visité la galería. Esa sensación: es fantástico sentirla después de varios años de ver exposiciones, muchas de ellas aburridas o malogradas. El entusiasmo me llevó a Lezama más que mi trabajo.

Y debo decir que no estoy decepcionada.

EN TAMOANCHAN, ?UNA LEZAMA NUEVO

Tamoanchan se llama la nueva serie. Este Lezama es nuevo. Para empezar, los cuadros son pequeños y eso es fascinante. La obra de Lezama, aunque siempre de caballete, es de gran ambición, casi un mural: pinturas grandes, desbordadas.

No son así las piezas de Tamoanchan. Son ambiciosas y cargadas de épica y simbolismo, pero son pequeñas. Esta vez no pensé en películas. Pensé en el tarot.

Tamoanchan es un lugar en el mito mesoamericano. Un espacio liminal. Lo liminal es ese momento justo antes del rito, ese momento de preparación donde el mundo del espíritu y el de la tierra están a punto de tocarse. Se conectan los tiempos de vivir y los de morir y el punto de contacto es un árbol que junta el cielo y la tierra.

Lezama pinta el Tamoanchan como si lo hubiera visitado. Mujeres que son árboles, mujeres que paren energía, una pareja unida por una raíz que parte de sus genitales. ¿Por qué me recordó al tarot? Porque son imágenes que regresan a algo tan elemental que asusta. El tarot quiere leer la mente y el destino de una persona a partir de los arquetipos que comparte con el resto de la humanidad. Las obras de Tamoanchan alcanzan ese nivel de simplicidad simbólica. Todos venimos de Tamoanchan. Así como el tarot cuenta, carta a carta, una fantasía épica con resonancias espirituales, cada una de las piezas de Tamoanchan es un cuadro del mito original de Mesoamérica.

Dioses, cómo pinta Lezama. Sus mujeres siempre son entradas en carnes, de pechos ovalados y caídos, pero son lúbricas, atractivas. La fuerza erótica de estas sibilas morenas es indescriptible.

De nuevo: la obra de Lezama permite varias lecturas. Como el Manuscrito de Voynich, el acertijo del arte no ha sido quebrado. Sobre todo cuando es arte tan poderoso como el de Daniel Lezama.

Galería ?Hilario ?Galguera.

Francisco Pimentel 3, San Rafael.?

Lunes a viernes, 10:30 am ?a 5 pm.

?Sábado de 11 am a 2 pm.

concepcion.moreno@eleconomista.mx

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