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El otro Víctor Hugo y los tres condenados a muerte
El primer reportero mexicano que contó el caso de los hermanos condenados a muerte en Malasia por narcotráfico lleva su historia a un libro.
En 1828, Víctor Hugo vio en una plaza parisina cómo se preparaba la guillotina. Le ponían grasa para asegurar que la navaja corriera con fluidez. La gente se empezaba a reunir para la ejecución de esa tarde. El ambiente de fiesta horrorizó tanto al escritor que escribió el relato El último día de un condenado a muerte , un monólogo en primera persona de las últimas horas de un hombre quien sabe que morirá para deleite del público y que su cabeza servirá de ejemplo para establecer una moraleja simple: No te portes mal o si no .
Imagine esto: usted y su familia siempre han sido pobres. No son exactamente miserables, tienen un negocio familiar que les ha dado para comer por décadas; un negocio duro: una ladrillera donde todo lo hacen ustedes, desde formar la masa del ladrillo hasta el horneado y la venta.
La ladrillera da para comer, pero no para vivir, es decir, para hacer algo más con la vida que cocer ladrillos, una actividad que despedaza las rodillas y la espalda. Usted quiere otra cosa. Ha intentado escapar pero una mezcla de mala suerte, poca educación y falta de empeño le han regresado varias veces a la mezcla y el horno.
En eso está cuando alguien viene y le ofrece un vasija de oro sin fondo. Lo único que tiene que hacer es irse a un país remoto del cual nunca ha oído hablar e involucrarse en un negocio ilegal en el que, aparentemente, muchos paisanos se involucran todos los días y les va bien. ¿Le entra, sí o no?
Los sinaloenses Simón, José Regino y Luis González Villarreal dijeron que sí. Se fueron a Malasia para entrar al negocio de la metanfetamina. Lo vieron como una oportunidad para una vida diferente. Mejor.
Las autoridades los atraparon a ellos y a otros más en Malasia, con quince kilos de metanfetaminas. Los otros salieron de la cárcel al poco, ellos se quedaron. Fueron juzgados y condenados. Detalle: el narcotráfico allá se castiga con la pena más severa. Tres hermanos mexicanos condenados a morir en la horca en Malasia.
Las autoridades mexicanas desatendieron el caso. En México nadie supo que en el 2008 tres hermanos sinaloenses habían sido detenidos al otro lado del mundo. Eso cambió en el 2011, gracias a Víctor Hugo. Otro Víctor Hugo.
¿QUÉ TANTO SABES DE MALASIA?
La historia se la topó el periodista Víctor Hugo Michel (México DF, 1976) en el 2011. La ha narrado por tres años en su trabajo periodístico cotidiano; el primer reportero que abordó la nota, hoy retomada por todos los medios nacionales y algunos internacionales. Su investigación se reúne en la crónica Morir en Malasia (Océano).
La historia de la nota, digna de una novela de Frederick Forsyth, es tan interesante como la nota en sí.
El pitazo , ese dato furtivo con el que los reporteros siempre sueñan, se lo dio a Michel un diplomático que ya antes había sido su fuente. ¿Qué tanto sabes de Malasia? , le dijo en un encuentro en Las Vegas. Con ese tip en la bolsa tomó un vuelo al sur de Asia.
No tenía motivo para desconfiar de la información dice Michel en entrevista. Mi única duda era la nacionalidad real de los detenidos. Podían ser colombianos Pasa mucho en Asia que cuando detienen a un latinoamericano relacionado con el narco se identifique con pasaporte mexicano falso .
¿No fue muy sorprendente? ?Una historia así, tan llamativa y que en México no supiéramos nada. Llevaban detenidos tres años ?(desde el 2008) cuando se entera ?usted del caso
Necesitaba verlo con mis propios ojos. Yo pensaba que iba a destapar una historia enorme, que iba a encontrarme con el brazo del Chapo Guzmán en el suroeste de Asia, la conexión internacional del crimen organizado mexicano. Y no, me encontré a tres personas de un origen paupérrimo, solos. Incomunicados con México.
El subtítulo del libro es durísimo: Una crónica sobre los desechables del narco .
Los hermanos González Villarreal son tres hombres aterrados, solos, abandonados por las autoridades mexicanas. Se les abandonó durante la presidencia de Felipe Calderón y su guerra contra el narco. Unos soldados del narco capturados no eran prioridad, aunque estuvieran en riesgo de morir lejos de su tierra y de su familia.
En el libro narra a detalle el ?primer encuentro que tuvo con ellos, a través de un gran ventanal de vidrio. No tuvo ningún contacto con ellos pero la narración se siente cercana. ¿Le cayeron bien desde ese momento?
En aquel momento sentí muchas cosas . Simpatía por su historia. Empatía, sí. Eran tres personas comunes que lo primero que hicieron fue preguntarme por México, sus familias, las Chivas Recuerdo que llevaban unas chanclas y luego me di cuenta que eran para evitar que se suicidaran con las agujetas de los zapatos. Estaban, y están, en una situación desesperada. Me di cuenta que detrás de ese mito del narco de sombrero, botas y pistolas de oro estaba la realidad: gente desesperada, muy pobre.
Narró usted al minuto a través de Twitter el momento en que el juez les dicta la condena a muerte. Las reacciones de mucha gente eran terribles, diciendo que estaba bien que los mataran.
Es fácil deshumanizar a alguien. Antes de escribir el libro leí El último día de un condenado a muerte , de Víctor Hugo. Sin hacer comparaciones, por supuesto, en mi cobertura me encontré con lo mismo que narra Víctor Hugo: el frenesí de la muchedumbre frente al condenado, la muerte como espectáculo. Creo que si le preguntáramos a la gente si quieren que se mate a alguien, 90% contestaría que no. Pero en el caso de los González Villarreal no es así. Para mucha gente lo justo es que los maten. No son asesinos, se dedicaron al narco y eso los convierte, según la narrativa que vivimos durante el sexenio pasado, en el enemigo público número uno.
¿Le parece que estas reacciones del público fueron alentadas por ?el discurso oficial?
Por la cosmogonía maniquea de Felipe Calderón. Para él las personas metidas en el narcotráfico son cucarachas, como dijo en un famoso discurso. No hay matiz, no hay una gradación de crímenes ni escala de grises. Después de tantos meses y meses de violencia absurda sin distinción de bandos, creo que a la gente se le había agotado la empatía cuando se supo del caso de los González Villarreal.
El panorama de los hermanos se ve ya muy negro. La justicia malasia les ratificó la pena capital el 14 de agosto pasado. ¿Les queda ?algún recurso?
El problema es que las autoridades mexicanas atendieron el caso muy tarde. Les queda la Suprema Corte malasia, pero no parece probable que atraiga el caso Al gobierno malasio le interesa vincularse con la Unión Europea y para ello tendría que conmutar la pena de muerte por condenas de encarcelamiento. La presión internacional es una opción, por supuesto.
¿Ya hay una fecha para su ejecución?
Ése es uno de los detalles más terribles del caso. Puede ser en cualquier momento. Así funciona el sistema penal malasio: una vez que te condenan no se fija una fecha concreta. Si deciden que te toca mañana, lo hacen y punto. Es una forma de tortura. Cualquier día es su último día.
Morir en Malasia
- Autor: Víctor Hugo Michel
- Editorial: Océano.
- Páginas: 201.
- Precio: $125.
concepcion.moreno@eleconomista.mx