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Canadá (II)
No podemos elegir dónde comienza nuestra historia.
(SEGUNDA DE DOS PARTES)
La semana pasada escribí una reseña esquizoide sobre Canadá, la séptima novela de Richard Ford. Con la personalidad escindida decidí que tanto mi mente crítica exigente (la menor parte de psique, confieso) y la parte de mí que sólo quiere diversión estaban de acuerdo: Canadá es una obra maestra.
Por un lado uno quisiera que el arte de la novela lineal quedara ya en el olvido, que la literatura no ofreciera una forma más acorde con nuestra era de múltiples líneas temporales. Pero por el otro, la verdad es que las novelas siguen siendo la forma más atractiva de la narrativa. Quien se haya perdido en un libro gordo y lento a la hora del atardecer sabe de qué hablo. Esa experiencia de sumergirse por completo en una historia, caray, no tiene precio.
Dell Parsons, el protagonista, tiene que vivir las consecuencias de la tontería de sus padres. La novela se toma su tiempo (cientos de páginas, pero maravillosas) para contar el desarrollo de la historia. Dell tiene 15 años, casi 16, cuando sus padres deciden robar un banco para saldar una deuda de apenas 2,000 dólares. Ellos caban en la cárcel y Dell en Canadá, viviendo un nuevo comienzo.
No podemos elegir dónde comenzamos , le dice a Dell la amiga de su madre que lo lleva desde Montana hasta una pequeña ciudad canadiense. ¿Para qué? Para evitar que los servicios sociales lo lleven a un orfanato y quién sabe qué destino terrorífico. Por supuesto, Canadá también podría ser una tragedia. No podemos elegir nuestros comienzos pero tampoco nuestros finales.
No se los he contado todavía, pero Dell tiene una hermana gemela, Berner. Berner, de algún modo, sí elige su nuevo principio. Cuando sus padres son arrestados, ella decide huir de casa, y pierde la oportunidad de irse con su hermano al destino canadiense.
Canadá es una imagen. La literatura estadounidense está obsesionada con la idea de territorio. El panorama define. Dell es un Huck Finn menos pícaro pero igual de observador. A través de los ojos de Dell, Ford describe la vida de esa parte de Estados Unidos que es medio esquiva, medio fantasma: el medio oeste, plano, frío, bordeado de campos de maíz y de trigales. Pero Ford hace algo más, describe a Canadá como una tierra nueva. Pensamos que Canadá es muy parecido a Estados Unidos, pero Ford, de forma muy sutil, muy cuidadosa, va tejiendo las diferencias entre ambos países. Las fronteras también definen.
Creo que Ford es de verdad un genio. El término se ha abaratado y no me gusta usarlo mucho (además, quién soy yo para andar dando galardones de genialidad) pero creo que Ford se lo merece. Si nunca lo han leído, Canadá es un buen lugar para empezar. Después busquen El día de la Independencia y El periodista deportivo, sus celebradísimas novelas anteriores. El periodista deportivo ganó el Pulitzer y es una verdadera belleza.
Una última advertencia: Canadá es una novela que fluye como un río manso. Imaginen que están haciendo un viaje en canoa, o mejor, un viaje por una carretera bordeado por interminables campos de labranza. Para leerla a gusto hay que sacarse de la cabeza el ritmo citadino y simplemente dejarse llevar por la voz de Dell. Que la vida sea lo que tenemos enfrente.