En un documento doctrinal aprobado por el papa Francisco, el Vaticano cuestionó a las finanzas que ofrecen ventajas fiscales como herramienta usada para reciclar “dinero sucio” e instó a los países a tener la valentía de cobrar impuestos a las operaciones en los llamados paraísos fiscales.

El texto titulado “Oeconomicae et pecuniariae questiones” (“Las cuestiones económicas y financieras”) hizo una dura crítica a la especulación financiera salvaje, a la pérdida de la ética en las transacciones económicas y a la excesiva deuda externa que condiciona a muchos países.

De 31 páginas de extensión y difundido en seis idiomas, el escrito fue firmado por un cardenal y un arzobispo que es, también, el máximo responsable de salvaguardar la doctrina en la Iglesia católica.

Este detalle resulta una novedad, pues por primera vez en la historia moderna de la Santa Sede, un documento con criterios técnicos económicos es avalado por el prefecto de la Congregación para la Doctrina de la Fe, en este caso Luis Ladaria Ferrer.

Entre otras cosas, el documento constató que el sistema financiero mundial necesita regulación y también “un fundamento ético claro”, porque actualmente existen enormes desigualdades y “el número de personas que viven en pobreza extrema sigue siendo enorme”.

Lamentó que, tras la crisis económica iniciada en Estados Unidos en el 2008, no ha existido “ninguna reacción” que haya llevado a repensar los “criterios obsoletos que continúan gobernando el mundo”.

“Por el contrario, a veces parece volver a estar en auge un egoísmo miope y limitado a corto plazo, el cual, prescindiendo del bien común, excluye de su horizonte la preocupación, no sólo de crear sino también de difundir riqueza y eliminar las desigualdades hoy tan pronunciadas”, denunció.

También fustigó la disparidad social profundizada porque “algunas minorías” explotan y reservan en su propio beneficio vastos recursos y riquezas, permaneciendo indiferentes a la condición de la mayoría.

Más adelante constató que los mercados son incapaces de regularse por sí mismos, porque no pueden generar honestidad, confianza, seguridad, leyes, ni tampoco pueden corregir los efectos negativos que de ellos se derivan, como las desigualdades, asimetrías, degradación ambiental o fraude.

“No es posible ignorar que la industria financiera, debido a su omnipresencia y a su inevitable capacidad de condicionar y —en cierto sentido—dominar la economía real, es un lugar donde los egoísmos y los abusos tienen un potencial sin igual para causar daño a la comunidad”, siguió.

Advirtió que el rendimiento de los capitales “asecha de cerca y amenaza” con suplantar la renta del trabajo, que termina perdiendo su sentido más profundo: la dignidad.

Además, catalogó como “éticamente ilegítima” y “disfuncional para la salud del sistema económico” la aplicación de tasas de interés excesivamente altas.

Criticó la expansión en el mundo de los sistemas bancarios paralelos que han supuesto pérdida de control por parte de las autoridades de vigilancia nacionales, “favoreciendo de forma imprudente el uso del llamado financia miento creativo”.

También estigmatizó la creación de títulos de crédito de alto riesgo capaces de “intoxicar a los mercados”, como las llamadas “hipotecas subprime” que determinaron la crisis del 2007 en Estados Unidos.

Luego señaló a las sedes offshore como lugares donde realizar operaciones financieras al límite de la legalidad o que “se pasan de la raya” con el mero propósito de la elusión fiscal.

“Se ha calculado que bastaría un impuesto mínimo sobre las transacciones offshore para resolver gran parte del problema del hambre en el mundo: ¿por qué no hacerlo con valentía?”, cuestionó.

Estas operaciones en paraísos fiscales, siguió, empeoran la deuda pública de los países, que muchas veces se genera por una gestión imprudente —cuando no dolosa— del sistema de administración pública.