Nadie diría que Trump ocasionó la pandemia, pero no se le puede eximir de la responsabilidad por las malas decisiones de política pública durante su mandato. Basta ver los resultados concretos de su inacción: más de 500,000 muertes, la salida de Estados Unidos de la Organización Mundial de la Salud en medio de la pandemia, el desorganizado y lento inicio de la campaña de vacunación en diciembre, entre otros.

Nada define mejor a Trump que haber sido el presidente de la disrupción y polarización, pero sin ideas para construir alternativas en un mundo que ya venía cambiando y que la pandemia solo vino a acelerar y profundizar. Su nacionalismo ramplón, America First, además de hostil hacia el mundo fue muy dañino porque definía a Estados Unidos frente a los demás países con una óptica de confrontación.

Vulneró los valores democráticos que siempre habían definido a Estados Unidos: atacó sin límites la confianza y credibilidad del público en las elecciones y en la prensa; toleró y mostró gran renuencia para condenar a Rusia por su intromisión en las elecciones de 2016 y en su política doméstica; incitó el ataque al Capitolio, etc.

Pero una de las peores arremetidas de Trump fue contra los derechos civiles: sus ataques verbales a inmigrantes y miembros de grupos minoritarios los acompañó con cambios administrativos y de política que implicaron retrocesos en los derechos de varias comunidades minoritarias. Luchó incansablemente por un país menos democrático donde se pisotearon los derechos civiles. Su política exterior tenía un lente distorsionado desde el primer día que tomó posesión.

Es cierto que Trump recibió al comienzo de su presidencia un escenario internacional complicado: la creciente rivalidad entre potencias como Estados Unidos y una China (cada vez más asertiva y desafiante), un Medio Oriente en turbulencia, una Corea del Norte con armas nucleares, la eterna amenaza del terrorismo, el cambio climático agudizado y los conflictos internos en varios países (Yemen). Pero lo cierto también es que Trump dejó todos estos problemas mucho peor para la administración de Biden, porque prefirió ignorarlos o exacerbarlos.

Probablemente el peor daño que Trump infligió a su propio país es la erosión de la reputación de Estados Unidos ante el mundo: no sólo por sus desplantes y torpeza con el trato hacia sus aliados y socios, sino también por su abierta ineptitud ante el manejo de la pandemia del Covid-19, su negación del cambio climático, el maltrato y violación de los derechos humanos de los inmigrantes, la instigación a un mayor racismo y la creciente desigualdad, entre otros temas.

Trump hizo que Estados Unidos perdiera la confianza, credibilidad, predictibilidad y capacidad de liderazgo ante el mundo: frente a sus aliados y socios, en foros internacionales como el G-7, ante su salida de organismos internacionales y abandono de acuerdos multilaterales, etc. Trump nunca comprendió que la propia seguridad nacional de Estados Unidos dependía de un liderazgo asertivo en el mundo. Después de cuatro años, dejó un mundo peor en donde el poder relativo de Estados Unidos a nivel global declinó.

¿Qué mundo heredó Biden?

Una China que es una potencia económica y tecnológica; una Rusia que se ha convertido en el bully del escenario mundial que, aunque ya no representa una amenaza a la primacía estadounidense, sigue siendo una potencia nuclear que, además, explota de manera efectiva las vulnerabilidades de los sistemas políticos de sus adversarios, sembrando la división y polarización electoral; el riesgo de que China encuentre en Rusia un aliado autócrata propagando el autoritarismo en el mundo; una Corea del Norte con un mayor arsenal nuclear y mejores misiles; un Irán avanzando en su programa nuclear; un importante retroceso en el cambio climático; autócratas atrincherados en el poder como Nicolás Maduro y Assad en Siria apoyados por Rusia; y un vecino y socio comercial al sur cada vez más autoritario que no respeta el estado de derecho.

En medio de esta destrucción, ¿podrá Biden rediseñar el mundo de este Siglo XXI? ¿Podrá restablecer la credibilidad, confiabilidad y predictibilidad de Estados Unidos? ¿Podrá rehacer mejor el liderazgo mundial de Estados Unidos ante una China en ascenso? Más que regresar al viejo orden internacional liberal surgido después de la Guerra Fría, Biden y su equipo tendrán que hacer transformaciones relevantes, comenzando por los conceptos fundamentales aplicables a las realidades (doméstica y mundial) del siglo XXI: una seguridad nacional estratégica con una definición geoestratégica de intereses y amenazas focalizados, porque es un hecho que Estados Unidos ya no es la única potencia mundial.

Es importante dar prioridad al restablecimiento de la cooperación global, considerando que China tiene buenas relaciones con varios de sus aliados y socios. Los retos son múltiples y enormes. Por lo pronto Biden ha comenzado su mandato mostrando al mundo lo que su país puede lograr bajo su liderazgo y con la determinación de su equipo.

A sus 63 días como presidente ha vacunado a más de 130 millones de personas con al menos una dosis. También logró la aprobación del paquete económico de 1.9 billones de dólares y la promoción de una ley para crímenes de odio en el Congreso. Sin embargo, tal vez el reto más importante sea restablecer la democracia interna después de que Trump empoderó con su retórica a los grupos supremacistas extremistas; hoy día ésa es la mayor amenaza doméstica. Por ahora, en el ámbito internacional, la llegada de Biden son malas noticias para Putin. El primer cambio ha sido que a Biden no le interesa su amistad.

La autocracia rusa y su pésimo récord en derechos humanos tendrán altos costos. Pero lo más relevante para Estados Unidos será desarrollar una estrategia de contención efectiva hacia Rusia en varios frentes: corrupción, desinformación y ciberataques. Recientemente, China y Estados Unidos sostuvieron una reunión bilateral que no llegó a ningún acuerdo. El creciente poderío de China está en los ámbitos económico y tecnológico, lo cual no quiere decir que China no haya modernizado su ejército y equipo militar.

Con China es importante que Biden cuente con un plan estratégico integral, buscando áreas de mutua colaboración como el cambio climático, la no proliferación de armas nucleares y seguridad sanitaria global. En conclusión, Estados Unidos ha comenzado a recalibrar sus relaciones exteriores no solo con China y Rusia, sino también con sus aliados y socios. Los retos no están fáciles debido a que en el ámbito doméstico enfrenta todavía una pandemia, desempleo a gran escala, graves divisiones políticas y asuntos pendientes en la esfera de los derechos humanos y civiles como el racismo e inmigración. Con su gran experiencia, veamos cómo los enfrenta en un momento crítico.

Ruth G. Ornelas es Asociada de Comexi, Internacionalista (UNAM y Columbia University), Economista (Georgetown University).