En los últimos años, el rol de las pequeñas y medianas empresas ha sido determinante para las economías nacionales, no sólo por sus aportaciones a la producción y distribución de bienes y servicios, sino también como impulsor del crecimiento del empleo a través de la creación de nuevas sociedades y una mejor distribución del capital.

De acuerdo con la OCDE, en las economías desarrolladas, las pequeñas y medianas empresas (pymes) conforman una porción muy importante de la actividad económica, significando más del 90% de las empresas y generando más de la mitad del empleo que ofrece la actividad económica empresarial.

Sin embargo, la aportación al PIB hecha por las pymes varía dependiendo del país, pero en promedio se ubica alrededor del 50 por ciento. Dicha participación suele estar determinada en función del tipo de producción e industria. Además, su crecimiento ha sido el resultado de los cambios estructurales generados por las fuerzas productivas globales que provocaron transformaciones en la industria de las comunicaciones y los servicios.

La Secretaría de Economía (SE) ha establecido una clasificación basada en un rango de número de trabajadores y de ventas anuales en millones de pesos, creando un tope máximo combinado. Bajo este supuesto, la creación de una mipyme es el primer eslabón para los emprendedores que inician un proyecto de negocios. Se trata de aquellas empresas con poca inversión y un número de trabajadores reducido, cuyos esfuerzos se encaminan más al autoempleo, a diferencia de una planeación estratégica a largo plazo.

De acuerdo con datos del IMEF, existen 4.2 millones de unidades económicas en México. De ese universo, el 99.8% son consideradas pequeñas y medianas empresas, las cuales aportan 42% del PIB y generan el 78% del empleo en el país.

Desafortunadamente dichas cifras no son del todo alentadoras, si consideramos que más de la mitad de éstas mueren antes de cumplir 5 años y en promedio su esperanza de vida es tan solo de casi 8 años.

Aunque son varias las razones por las cuales las microempresas mexicanas se acaban en este tiempo, las principales radican en que no cuentan con un proyecto viable y carecen de financiamiento, pero en algunos casos también la falta de un seguro hace que un imprevisto acabe con la inversión y patrimonio de sus dueños; por ejemplo, lo sucedido con la pandemia.

La creación y éxito del tejido empresarial de un país depende de diversos factores, como un marco jurídico estable, los acuerdos comerciales y de cooperación que firme con otros países, la facilidad para emprender negocios, así como de un entorno empresarial sólido, competitivo e innovador que facilite y fortalezca la actividad económica.

En este sentido, es importante crear un ecosistema robusto, que se caracterice por incorporar a todo tipo de empresa a las cadenas de valor, a la vez que éstas sean capaces de satisfacer la demanda de sus clientes y competir no solo a nivel nacional, sino también en un ámbito internacional.

Sin embargo, en México aún falta mucho por hacer. Si bien, ha habido un sinfín de programas que apoyan a estas empresas, así como a la actividad emprendedora, los esfuerzos no han permeado a toda la comunidad empresarial de forma equitativa.

En el IMEF entendemos que no sólo corresponde al Estado trabajar para mejorar las condiciones de las pymes, se trata de un trabajo de todos los interesados en eliminar las desventajas competitivas y canalizarlas hacia determinados sistemas productivos que garanticen un alto impacto.

La obligación recae en cada uno de nosotros, como empresarios, como funcionarios públicos, como emprendedores. Todos tenemos una responsabilidad para con la sociedad y debemos actuar desde nuestras trincheras, participando de manera activa y dinámica frente a los obstáculos.

Un buen emprendedor, no sólo ve problemas, sino trabaja en solucionarlos. Es momento de participar en nuestros círculos de influencia y proponer acciones encaminadas al fortalecimiento económico.

*El autor es presidente del Comité Técnico Nacional de Emprendimiento del IMEF.

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