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SEGUIR LA CARAVANA es “venir luchando”
Sergio Cáceres hace la caravana migrante en silla de ruedas. Ha recorrido, según Google, 864 kilómetros desde San Pedro Sula, en Honduras, hasta Pijijiapan, Chiapas, municipio al que llegaron miles de migrantes en este éxodo centroamericano.

Pijijiapan, Chis. Sergio Cáceres hace la caravana migrante en silla de ruedas. Ha recorrido, según Google, 864 kilómetros desde San Pedro Sula, en Honduras, hasta Pijijiapan, Chiapas, municipio al que llegaron miles de migrantes en este éxodo centroamericano.
De 40 años, la mitad de su vida la ha hecho en esa silla de ruedas. Un accidente cuando se tiró “a pique” en una poza de El Cajón, lo dejó lisiado de por vida. Ahora busca llegar a Estados Unidos con la esperanza de que con una operación le regresen la movilidad y pueda andar. Hasta ahora, al menos en esta travesía no ha parado.
“Viajar así es complicado pero ya ves que la necesidad hace salir a uno de su país, el gobierno de Honduras no lo apoya a uno. En los hospitales no tienen pastilla, yo padezco de un mal de orín y no hay pastilla, la necesito para la infección del orín o una inyección para controlarlo. No puedo comer cualquier comida porque se me infecta. Todo me molesta. El sol y el fresco, los evito” cuenta.
En un punto sobre la carretera que va de Mapastepec a Pijijiapan, Sergio espera rodeado de migrantes. A lo lejos los ve correr para subirse a las decenas de camionetas de pobladores locales que al ver la magnitud del contingente se detienen para ofrecerles “un jalón”, expresión hondureña para quien pide aventón.
Son las 11 de la mañana y la caravana migrante lleva ya seis horas de camino. Inician de madrugada para evitar el calor sofocante del sur mexicano. Sergio los ve alejarse en los vehículos. No se resigna. Ya lo sabe, a él le toca andar en su silla de ruedas. Ni por asomo parece compadecerse de sí mismo.
Pero él no viaja solo. Sergio Cáceres y César Rodas no se conocían antes de este desplazamiento forzado. Fue en San Pedro Sula al inicio de la caravana donde Rodas lo vio. El también hondureño, de Villanueva, departamento de Cortés, tiene 30 años y fue guardia de seguridad privada, padre de cuatro hijastros y uno propio.
“Él es el Chino, lo conocí aquí en la caravana. Desde San Pedro Sula él agarró la silla de ruedas y no me la ha soltado. No lo conocía y de eso nos hicimos amigos. Fue Dios quien me lo puso ahí atrás de la silla. Si hubiera venido yo solo no llego, me hubiera regresado”, explica Sergio.
Para César esa decisión no fue difícil. Las enseñanzas de su padre, asegura, le ha vuelto normal ayudar al otro, aunque hacer esto dilate o complique su viaje, su sueño de llegar a Estados Unidos, trabajar un par de años, “comprar un terrenito para trabajar para mí mismo”.
Esta acción se redimensiona cuando uno se entera que en la caravana van dos de los ocho hermanos de Sergio. Ellos por su lado y él por el suyo. Ya sabes, cuenta, las diferencias de cada quien; yo salí solo de la casa y ellos van por su camino. Cada quien raja por su santo.
“La operación me la pueden hacer en Honduras pero no tengo esto (y hace una señal de dinero con las manos), mi familia no me apoya. Mi mamá es pobre, mis hermanos tampoco me ayudan”, lamenta.
Yo puedo caminar con andador, refiere, pero no lo puedo soltar. Entonces yo voy por la necesidad de una operación. Sería mentiroso que diga que a trabajar voy. No, yo voy por una operación, ése es el sueño mío, una operación y si hay una oportunidad que yo allá camine, voy a trabajar.
Para César Rodas esto es “venir luchando” y aunque el camino es duro “primeramente Dios tenemos que llegar”.
O, entre risas, hasta que diga Donald Trump: hasta aquí nomás. ¿Hasta aquí?, pues hasta aquí. Ya que miremos que nadie, ni uno ni otro, paramos. Ahí sí.
Se escucha la escandalera de gritos y silbidos. Una camioneta se detiene y decenas de centroamericanos se amontonan en la batea. Sergio y César sólo miran y luego todo se vuelve más silencioso. César comienza a enfilar por la carretera empujando a Sergio en su silla de ruedas. Un camino con algunas subidas pronunciadas pero también, con lugares donde las copas de los árboles de ambos lados del camino se juntan en las alturas y dan sombras que suelen ser remansos.