Buscar
Política

Lectura 7:00 min

Los grupos originarios en el nuevo gobierno

Es evidente que el desarrollo de los pueblos indígenas es un tema central de la visión política de López Obrador, vamos a ver si logra estructurar una política pública consistente al respecto.

main image

Foto EE: Gabriela EsquivelFoto EE: Gabriela Esquivel

Un tema que siempre me ha llamado la atención son los grupos indígenas del país. La parte cultural que ellos aportan al crisol que es México me parece fascinante. El colorido de sus textiles, la dulzura del náhuatl, del otomí y de otras lenguas que muchas veces escuchamos en las calles, la cadencia en el caminar de las mujeres con cestas en la cabeza, la forma en que trabajan los materiales de la tierra, el barro, la madera, los metales y las piedras; incluso cómo tejen la palma y otras fibras naturales es verdaderamente sorprendente y hace que uno se enorgullezca de pertenecer a esta tierra con tantas naciones milenarias.

Desde los seris, yaquis y tarahumaras en el noroeste hasta los mayas en Yucatán y Chiapas, pasando por sinnúmero de pueblos originarios que habitan estas tierras son parte de mi ser cultural y genómico. Mi mestizaje es tal, que no puedo definirme más que como un producto de miles de años de migraciones humanas que confluyeron en el altiplano de este país.

A pesar de que no estoy de acuerdo con varias de las propuestas del presidente López Obrador, lo que sí admiro y celebro es su conocimiento y genuino interés por las comunidades indígenas del país. Es evidente que el desarrollo de los pueblos indígenas es un tema central de su visión política, vamos a ver si logra estructurar una política pública consistente al respecto.

Uno de los primeros trabajos de López Obrador fue la atención de las comunidades indígenas chontales de su natal Tabasco. En 1977, Leandro Rovirosa Wade nombró a un jovencísimo López Obrador como delegado estatal del Instituto Nacional Indigenista, cargo en el que estuvo hasta 1982, lo que explica por qué se recibió tan tarde de la licenciatura, 11 años después de terminarla.

Desde entonces, López Obrador ha mostrado una enorme sensibilidad para con los pueblos originarios, de ahí que haya resultado natural, y a la vez conmovedor, que en el acto masivo en el Zócalo, hubiese recibido el bastón de mando. Para muchos fue un acto escénico, casi un performance, pero creo que ha sido uno de los actos más sentidos del actual presidente.

De verdad espero que las políticas públicas con respecto a los pueblos originarios ahora sí sean efectivas. No basta con alfabetizarlos y llevarles vacunas; tampoco sirve imponerles modelos ajenos a sus tradiciones y costumbres. Es imprescindible insertarlos al desarrollo de una forma equilibrada, sustentable, racional y, muy especialmente, respetuosa de su idiosincrasia. Pienso en los rarámuris de Chihuahua y los kikapúes de Coahuila, ambos pueblos nómadas. Si bien los primeros deambulan por la Sierra Tarahumara, los segundos cruzan la frontera con Estados Unidos de manera sistémica según las estaciones del año y cuentan con doble nacionalidad. La atención que debe dárseles implica reconocer sus especificidades y lo diferentes que son los indígenas del norte a los del altiplano y el sur de México. Pese a la pobreza endémica que aqueja a las etnias del norte y del altiplano, no se han visto casos de violencia como en Chiapas.

Uno de los temas que tendrá que atender el nuevo presidente es precisamente el de los desplazados de Chiapas, proceso que empezó en la década de los 80 y aún no termina. Y no puede terminarse, porque sin justicia, es imposible que haya paz.

El próximo 22 de diciembre se cumplirán 21 años de los horrendos hechos de Acteal en los que 45 personas fueron asesinadas a mansalva por paramilitares. Las personas asesinadas pertenecían a la organización Las Abejas, un grupo pacifista que pugnaba por una salida no violenta a los conflictos de la región. Ni priistas ni zapatistas, Las Abejas de Acteal son un grupo maya-tsotsil, cristianos —hay tanto católicos como de otras denominaciones— que pugnan por una solución pacífica de los conflictos en la zona, y se han dedicado a la defensa de los derechos humanos. A pesar de que han evolucionado a una forma de organización moderna —tienen sitio web y una presencia constante en medios virtuales—, su modo de operación es perfectamente coherente con su cultura ancestral y su espiritualidad. Para tomar una decisión, se reúnen y oran hasta que Dios los ilumina sobre el camino a tomar.

Precisamente, el 22 de diciembre de 1997, después de haber sido desplazados de sus comunidades por efectivos del Ejército mexicano y paramilitares al servicio del presidente municipal priista de Chenalhó, Jacinto Arias Cruz, Las Abejas se refugiaron en la ermita de Acteal para orar y pedir la gracia de Dios con el propósito de sortear la situación angustiosa que vivían al verse en medio de bandos en conflicto. De las 45 víctimas, 16 eran niños, niñas y adolescentes; 20 eran mujeres y nueve hombres adultos. Siete mujeres estaban embarazadas. Ninguno de ellos se defendió, murieron como los mártires del cristianismo primitivo.

López Obrador debe retomar el caso, el que se ha considerado resuelto porque se encarceló a un buen número de perpetradores, para que luego fueran liberados, en 2009, por defectos en el debido proceso. Lo más grave es que las autoridades estatales y federales responsables del caso no han rendido cuentas. Incluso, la Fiscalía especial del gobierno de Chiapas para la atención de los crímenes de Acteal logró establecer la responsabilidad de las autoridades federales en los hechos.

Un grupo escindido de Las Abejas presentó en septiembre del 2011 una demanda contra Ernesto Zedillo como responsable último de los crímenes de lesa humanidad cometidos en Acteal. La demanda no prosperó debido a las maniobras del gobierno calderonista y posteriormente del de Peña Nieto, para que el gobierno norteamericano concediese a Zedillo la inmunidad diplomática.

Los afectados solicitaron un amparo en contra de la petición oficial de inmunidad para Zedillo, mismo que procedió en primera instancia, pero que fue revocado en segunda instancia, gracias al control ejercido por el zedillismo en ciertos espacios del Poder Judicial.

En el 2014, Ernesto Zedillo fue exonerado de los cargos en Estados Unidos gracias a la inmunidad diplomática, mientras que la zozobra seguía y sigue recorriendo Chenalhó, pues muchos de los perpetradores de Acteal regresaron a sus comunidades con ánimo de revancha.

El pasado jueves, Las Abejas de Acteal emitieron un comunicado emplazando a López Obrador a hacer justicia a sobrevivientes, muertos y deudos. Exigen que se brinde “atención pronta, seria e integral al caso”, de la misma forma en que el hoy presidente está atendiendo el caso de los 43 desaparecidos de Ayotzinapa, con cuyos deudos se reunió pocos días después de su toma de posesión y firmó un decreto presidencial para continuar la investigación de los hechos. Las Abejas se apersonaron el sábado 8 de diciembre en Tuxtla Gutiérrez para entregar su petición al presidente Andrés Manuel López Obrador.

Sería más que deseable, además de éticamente correcto y pertinente, la reapertura de la investigación del caso Acteal, tomando en consideración la indagatoria de la Fiscalía chiapaneca que sí llegó a recabar información de primera mano de algunos de los actores principales por la parte gubernamental, aunque faltan testimonios imprescindibles para establecer responsabilidades, y que, por fin, los muertos y los sobrevivientes de Acteal reciban justicia.

Únete infórmate descubre

Suscríbete a nuestros
Newsletters

Ve a nuestros Newslettersregístrate aquí
tracking reference image

Últimas noticias

Noticias Recomendadas

Suscríbete