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Política

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En San Jery, la única preocupación es que lleguen alimentos

Las calles del poblado de San Jerónimo de Juárez, caracterizadas antes por su calor insoportable, ese día se tornaron nubladas y lluviosas, los rumores del desbordamiento del río Atoyac se escuchaban con fuerza.

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Guerrero. Las calles del poblado de San Jerónimo de Juárez, caracterizadas antes por su calor insoportable, ese día se tornaron nubladas y lluviosas, los rumores del desbordamiento del río Atoyac se escuchaban con fuerza.

De pronto, la furia del agua se hizo escuchar en el poblado guerrerense. El cause natural del río fue insuficiente para la gran carga de agua que Manuel e Ingrid dejaron caer sin piedad. En unos minutos, el río buscó un nuevo cauce entre las calles de San Jerónimo.

El miedo invadió a los pobladores, buscaron la manera de avisar a sus conocidos y salvar sus patrimonios, pero el tiempo les fue insuficiente para proteger sus casas, subir a la mesa el refrigerador, los colchones, avisar a familiares y resguardar sus documentos.

La corriente atrapó a algunas familias en los primeros pisos de sus hogares y forzó a quienes caminaban por las banquetas a asirse de bardas, postes y palmas. Lo que siguió fue desesperación y gritos.

Nicolás Torreblanca, presidente municipal de Benito Juárez, llamó al gobernador del estado, Ángel Aguirre, para solicitar apoyo; no obstante, los puentes que comunican a la región, como el de Coyuca-Pénjamo y Atoyac-Ticui, estaban destrozados y la ayuda tardaría horas, días o semanas.

Pobladores equipados con cuerdas se abrieron paso entre las fuertes corrientes, para rescatar a quienes se aferraban a los pocos objetos que el agua no había arrastrado aún. Salvaron a medio centenar.

Tan sólo en las primeras horas, más de 200 personas fueron afectadas por la inundación; el municipio instaló albergues y los pobladores ayudaron con ropa, colchonetas y alimentos. Con las horas, la calma regresó a San Jerónimo, pero los estragos y la destrucción quedaron a la vista:

decenas de casas eran escombros y cientos más estaban inhabitables; el agua y el lodo en algunos casos alcanzaron 2 metros de altura. El miedo a una nueva crecida del río evitó que los pobladores iniciaran la limpieza de sus casas; en cambio, las calles se llenaron de personas en busca de alimentos, algunos sacrificaron a sus cerdos, vacas o gallinas y repartieron el alimento. Los ganaderos repartieron leche y queso en las zonas más afectadas. Los comercios aprovecharon la emergencia y subieron hasta 300% el precio de sus mercancías.

Los habitantes de San Jery, como también se le conoce, y otros poblados cercanos, como Boca de Arroyo, Corral Falso, Ticuí y Hacienda de Cabañas, emprendieron un camino de cinco horas hacia Atoyac de Álvarez: su esperanza para adquirir alimentos.

Hasta la fecha, la actividad económica de la región está paralizada, no hay empleo y los pobladores buscan desesperadamente alimentos; a pesar de que en la televisión hablan de entrega de despensas, parece que el mundo se ha olvidado del municipio de Benito Juárez, uno de los más devastados por las lluvias.

En San Jerónimo, la gente ha dejado de sonreír y se ha olvidado del cuidado de sus pertenencias y la reconstrucción de la región, la única preocupación es si pronto tendrán algo para comer.

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