Son las 3:49 de la tarde.

Llevo todo este tiempo sentada en la esquina del Eje Central y cerrada Juan de Oca, afuera de mi edificio, con mi perro y mi mochila, esperando a que Mara llegue por nosotros para irnos a casa de los abuelos, en donde me siento segura.

Cuando salimos después de casi caernos en las escaleras por la intensidad del movimiento, el mareo y la histeria vi el polvo que se levantó de un edificio que se cayó.

En el aniversario del devastador terremoto de 1985, este martes 19 de septiembre, dos sismos volvieron a sacudir la ciudad. A la 1:14 de la tarde, hora de la Ciudad de México, dos sismos continuos, uno de magnitud 6.8 y otro de 7.1 con apenas 4 minutos de diferencia, hicieron que varios edificios se vinieran abajo.

No he podido acercarme a intentar ayudar, porque no puedo dejar de llorar. Primero, por el miedo que sentí y el shock en el que estoy. Segundo, porque no puedo dejar de pensar en las personas que están ahí atrapadas, las que perdieron a seres queridos o su patrimonio. Por todos los actos buenos que he visto en todo este tiempo.

Se empezaron a escuchar gritos que solicitaban a personas para mover escombros.

Mientras el piso aún se movía y antes de que la gente pudiera corroborar que sus seres queridos estuvieran bien, decenas de hombres corrieron a ayudar. Pasaron bicis llenas de garrafones de agua. Albañiles con tablas, palas y cualquier herramienta que tuvieran a la mano. Llegaron patrullas, ambulancias, protección civil y helicópteros del ejército.

Pasaron camionetas y camiones de carga llenos de gente que no tenía como salir de la zona. Vi gente pidiendo aventón sobre el eje central y varios coches se pararon. Taxis que subían a más personas aunque ya trajeran gente abordo.

Al estar construida sobre una base lacustre, los edificios de Ciudad de México son particularmente susceptibles de sufrir daños estructurales a causa de un sismo como el que se vivió esta tarde.

Al igual que en el sismo que se vivió en 1985, la sociedad civil, junto con cuerpos de rescate de Protección Civil, el Ejército, la Marina, el cuerpo de bomberos, el Escuadrón de Rescate y Urgencias Médicas y la policía de la Ciudad de México salieron a las calles a ayudar en las labores de rescate y logística que sucedieron al derrumbe de al menos 49 edificios principalmente en las delegaciones Cuauhtémoc, Benito Juárez y Coyoacán.

Vi a un paramédico sentado en la ventana de un carro que iba transportando a alguien herido. Ahora pasa la gente con cubetas para sacar escombros y con montones de botellas de agua.

Ya pasan de regreso decenas de personas, hombres y mujeres, jóvenes y no tan jóvenes, de todos los estratos sociales con cubrebocas porque vienen de ayudar.

Estas horas han sido de las peores que he vivido.

En los últimos días había estado demasiado triste y preocupada por todas las situaciones horribles que han sucedido en el país. Había perdido la esperanza en la gente, en todas y en todos (la confianza en las instituciones desde hace mucho es nula). Lo que acaba de suceder hoy pone aún más presión en México, en la ciudadanía y en las instituciones. Después de ver todo lo que he podido ver en estas horas de angustia me doy cuenta de que la gente buena es muchísima. Y que así como vamos a salir de esta, saldremos de muchas otras.

Ánimo, ayudemos en lo que se pueda.