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Valeria Luiselli sabe viajar en el tiempo
En Principio, medio, fin Luiselli explora la posibilidad de un transcurso literario de hechos que no siempre sea un vector lineal.

Opinión
Cuando leí Slaughterhouse Five, la novela más famosa del escritor estadounidense Kurt Vonnegut, me costó trabajo entender su idea del tiempo. El personaje principal puede moverse entre eras de su vida de manera simultánea: ser un animal de un zoológico para aliens, estar en su triste historia familiar, al mismo tiempo ser un soldado durante el bombardeo de Dresde en la Segunda Guerra Mundial.
“Al mismo tiempo”: he ahí la clave. Todo es el mismo discurrir, todo sucede al mismo tiempo. Somos seres temporales obligados a entender el tiempo como un vector lineal: antes-ahora-después. Para filósofos como David Hume o Friedrich Nietzsche, esto es una mera ilusión: todo se repite, todos flotamos no en una sucesión de acontecimientos sino en un acontecimiento total, un “entonces” perpetuo: los hechos nos pasan todos al mismo tiempo y nuestra mente, para evitar que muramos de sobredosis de ellos, los ordena unos tras otros: un principio, un medio, un fin.
Pensé en Vonnegut cuando leí Principio, medio, fin (Feltrinelli) de Valeria Luiselli. No porque su concepto del tiempo me resultara ajeno, al contrario, lo comprendí como lectora: su idea del tiempo es la de quien pretende narrar una historia. Encontrarle pies y cabeza.
La de Luiselli es una novela muy fácil y divertida de leer, ligera pero también memorable. Me provocó ideas, me inquietó tanto como me hizo reír. Quisiera decir lo mismo de la mayor parte de mis lecturas. Ya se acaba el 2026 así que puedo afirmar que Principio, medio, fin fue el libro que más disfruté este año. Palabras mayores para una novela de una autora que no me gusta(ba).
La trama es ilusoriamente simple: una escritora, su hija de doce años y un viaje para sobrevivir a una crisis familiar, un divorcio. La escritora y su hija pasan por varias ciudades en una gira literaria promoviendo el último libro de la madre. Llegan a quedarse en Catania una temporada breve en un departamento prestado. En la población, estival y costera, la vida sucede sin muchas más novedades que el calor y alguna exhalación ocasional del Etna. Una ciudad de pescadores, mercados al aire libre, un anfiteatro romano y un tiempo que parece en animación suspendida.
Madre e hija la pasan bien, pero el lector va entendiendo que no es un momento fácil para ellas. La escritora aprovecha ese tiempo somnoliento para trabajar en su próxima novela, ¿táctica evasiva? La niña colecciona postales que escribe pero nunca manda. En el departamento en el que se quedan hay una gran colección de libros clásicos y la hija juguetea con ellos. Sobre todo lee la Historia natural de Plinio el viejo buscando respuestas a acertijos que le plantea a distancia su abuela, la madre de la escritora, una mujer rara y brillante que pasa ella misma por cierta crisis.
Hay un mosaico antiguo de Proteo, el dios de los presagios, que acompaña a las dos viajeras, una pieza que la abuela de la escritora se llevó hace un siglo de una excavación arqueológica. La niña está obsesionada con él y su significado. ¿Habrá que regresarlo a su lugar de origen para restaurar el orden del tiempo? Entre referencias mitológicas y citas de los clásicos, ambas, madre e hija discurren en una línea temporal que parece de pronto resquebrajarse.
Esto puede sonar pretencioso, ¿una niña de doce años que lee clásicos grecolatinos? Les damos poco crédito a los niños y Luiselli no comete ese error: la niña lee como leería una niña, con asombro, con diversión, lee libre porque es curiosa. Hace los mejores comentarios. Se requiere mano de buena escritora para que el personaje no resulte una miniatura odiosita.
La hija le pregunta a su madre si al fin va a escribir una historia con principio, medio y fin. El lector va averiguando a qué se refiere con ello. El personaje de la escritora está pasando noches en vela con su novela en ciernes preguntándose lo mismo: ¿una historia lineal? ¿Por qué se conciben las historias como flujos que forzosamente viajan de un principio a un final? Hasta el Ulises de Joyce tiene un principio y un final. ¿Qué es el tiempo en la literatura, qué es en la vida cotidiana? Nos detenemos aunque siempre nuestro reloj avance.
(Se puede interpretar que la narradora es un alter ego de Luiselli, ella misma pasando por un divorcio al momento de escribir Principio, medio, fin. Me parece que el detalle importa poco a menos que se quiera cazar a la escritora regodeándose en tragedia personales. La pesquisa chismosa es innecesaria, Luiselli no se emborrona en autocompasión, aunque haya cierto juego de espejos).
No quiero revelar mucho más de la historia, me gusta que el lector llegue virgen al matrimonio con los buenos libros. La novela no es un circo de tres pistas, pero sí una fascinante manera de contar como-que-no-quiere-la-cosa, como-muy-bajita-la-mano, una historia llena de matices. Hay aquí el oficio de un buen narrador. Luiselli es en este libro una narradora plena y lograda.
El lector de Principio, medio, fin puede detenerse en el personaje de la escritora, que cuenta en primera persona la mayor parte de la narración. La mujer trata de darle alguna sensación de normalidad a su hija en esa vida nómada: unas vacaciones mediterráneas con Plinio y la mitología latina como guías. Tampoco quiero revelar mucho más, aquí el concepto temporal de la novela se vuelve importante. El tiempo es memoria. Cuando empezamos a perder los recuerdos ¿estamos perdiendo el tiempo?
Pero más atractiva que la narradora (¿la protagonista?) es la niña. La hija está tan bien contada, tan bien concebida. Cuando interviene, sus líneas son las de una niña real. Muchos autores fracasan cuando quieren escribir desde la perspectiva infantil: sus niños son juguetes de mal plástico, clichés bobos, o muy planos o muy exagerados. No así Luiselli: tiene oído para los diálogos y carácter de una niña ya casi adolescente. Para mí es lo mejor de una novela llena de cualidades literarias sobresalientes.
Tengo que decir que mi relación de lectora con Valeria Luiselli no es, tampoco, lineal. Intenté con la novela La historia de mis dientes (Sexto Piso) y aborté la misión. Me pareció un libro mamón y aburrido. Otro tanto puedo decir que Desierto sonoro: no pude avanzar más allá de la mitad. Leí Principio, medio, fin con curiosidad por su nominación al National Book Award 2026 (la novela se publicó casi paralela en español e inglés), el premio literario más importante de Estados Unidos y uno de los más prestigiosos del mundo. Normalmente los libros finalistas del National Book me gustan. ¿De qué me estaba perdiendo con Luiselli?
Como soy mala leche, leí esperando que no me gustara. Ahora soy una conversa: quiero leer (y releer) todo lo que ha escrito Luiselli. Ningún creador nace adulto aunque haya casos de debuts estelares —luego no lo son tanto cuando se les revisa de nuevo—. Cuando un autor llega a una escritura tan buena como la que abunda en Principio, medio, fin, el logro puede rastrearse en sus obras anteriores. Vale el esfuerzo, la duda. Es tiempo bien invertido.
La ceremonia de entrega del National Book Award es el 18 de noviembre. Estoy en la porra de Valeria Luiselli.
