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Opinión

Lectura 4:00 min

Morir lejos del hogar

Gracias siempre a Laura Vélez Monroy.

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Linda Atach Zaga | Columna Invitada

Linda Atach Zaga

¿Acaso de veras se vive con raíz en la Tierra?
No para siempre en la Tierra: sólo un poco aquí.
Aunque sea de jade se quiebra,
aunque sea de oro se rompe,
aunque sea plumaje de quetzal se desgarra.
No para siempre en la Tierra: sólo un poco aquí"
.
Nezahualcóyotl.
Rec. en Cantares mexicanos, fol. 17 r.

Pocas fechas me hacen reflexionar tanto como el día de Muertos. Y no es que no me gusten las ofrendas y la combinación de las flores de terciopelo y cempasúchil adornadas por la geometría del papel picado; lo que me preocupa es que cada vez lo celebremos con mayor despliegue, entre fiestas y ofrendas sofisticadas, cuando siguen muriendo tantos que no deberían morir.

Pienso, sobre todo, en quienes encuentran la muerte mientras buscan una oportunidad para vivir. Porque igual que respirar, migrar es inherente a la condición humana. Quizá por eso el desplazamiento responde a un impulso vital: sobrevivir, pero también perseguir el esperanzador anhelo de un futuro mejor.

En su libro Sapiens, Yuval Noah Harari relata cómo, desde la prehistoria, los seres humanos nos extendimos por distintas regiones del planeta. Así, migrar ha formado parte de esa larga historia de adaptación, cooperación y transformación del entorno que nos ha traído hasta aquí.

Hoy, la búsqueda de mejores condiciones de vida tiene muchos rostros: la urgencia de un padre por alimentar a los suyos, la necesidad de escapar del reclutamiento forzado y la guerra, o la huida ante los estragos del cambio climático. Sin embargo, el camino hacia una vida más digna expone a los migrantes a entornos hostiles y violentos, donde incluso sobrevivir deja de estar garantizado.

Estados Unidos, un país construido por sucesivas migraciones, ha endurecido sus políticas migratorias al amparo de un discurso que convierte al extranjero en amenaza. Un desprecio que difama y minimiza, que rebaja al otro hasta volverlo el villano del eslogan electoral: el criminal, el invasor, el que roba los empleos. Como si provenir de otro lugar lo hiciera menos humano, menos valioso y menos digno de vivir.

Y ese discurso tiene consecuencias. El Servicio de Inmigración y Control de Aduanas de Estados Unidos —ICE, por sus siglas en inglés— fue creado en 2001, como parte de la reorganización de la seguridad nacional posterior a los atentados del 11 de septiembre de 2001. Entre sus funciones están la investigación de delitos y la aplicación de las leyes migratorias, incluidas la detención y la deportación.

Lo triste es la manera en que ICE ejerce su poder. Las denuncias por las condiciones de detención, la falta de atención médica y las muertes bajo su custodia, exigen investigaciones y respuestas.

Conocí Antonio Tinoco hace unos días y su relato me tocó el corazón y me indignó profundamente, al grado de aceptar que vivo en una realidad ajena -e indolente- ante lo que sucede con con quienes se atreven a migrar a los Estados Unidos y a cualquier otro lugare en el mundo.

Después de 37 años de trabajo honesto en el rubro de la construcción y una familia de hijos y nietos, Antonio fue notificado de la cancelación de sus derechos de residente.

La razón: una revisión aleatoria que lo despojó de su vida construida con esfuerzo e ilusión y dedicada al trabajo, a la familia y su comunidad en Los Ángeles. Lo detuvieron dos horas después de la notificación que le llegó en un SMS, cuando salía del trabajo y lo llevaron a un centro de detención, como si fuera un criminal.

Permaneció atado de manos durante horas para después pasar a un espacio de no más de 60 metros cuadrados, con más de 200 personas. Ahí estuvo dos semanas recibiendo comida congelada y nefasta para su diabetes, que reapareció y que sigue causándole problemas. Su salida fue regresarse voluntariamente a México. No le quedaba otra. Sabía qué si no lo hacía, podría morir, como los muchos que vio caer durante los operativos migratorios.

Ninguna atribución del Estado puede justificar que la vida de quienes están bajo su autoridad valga menos que otras.

Según la Secretaría de Relaciones Exteriores, al 18 de octubre de 2026 habían muerto 18 mexicanos bajo custodia o en el contexto de operativos migratorios en Estados Unidos desde el 20 de enero de 2025. Dieciocho vidas. Dieciocho historias que no pueden reducirse a una cifra.

Por eso escribo este texto en Día de Muertos. Para que, además de honrar a quienes amamos y añoramos, recordemos a esos 18 mexicanos y acompañemos, desde la memoria, a sus familias. Para que nuestras ofrendas sean también un reclamo por las vidas que debieron continuar.

Linda Atach Zaga

Linda Atach Zaga es historiadora de arte, artista y curadora mexicana. Desde 2010 es directora del Departamento de Exposiciones Temporales del Museo Memoria y Tolerancia de la Ciudad de México.

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