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Opinión

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Si el trabajo no es digno, la vida tampoco puede serlo

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Jaime Cervantes Covarrubias | Columna Invitada

Jaime Cervantes Covarrubias

“El futuro del trabajo es humanista o no será digno ni próspero”

Trabajo digno, ahí empieza esta reflexión. No en la nómina, no en la fábrica, no en la oficina, no en el contrato, no en la junta de consejo, no en el discurso político, no en la promesa empresarial ni en la estadística fría.

Empieza en el cuerpo y mente cansados de quien se levanta antes del amanecer para sostener una casa. Empieza en la madre que trabaja, cuida, limpia, administra, contiene y todavía se pregunta si está haciendo suficiente. Empieza en el padre que provee con miedo, calla su ansiedad y envejece sin aprender a descansar. Empieza en la persona joven que entra al mercado laboral con estudios, deuda emocional, presión digital y una promesa rota de movilidad social. Empieza en la persona que se jubila sin júbilo y pierde su identidad con depresión. Empieza en la trabajadora del hogar, en el repartidor, en la enfermera, en el obrero, en la médica, en la maestra, en el comerciante, en la ejecutiva, en quien emprende y en quien obedece diciendo “mande usted”, como si la cortesía mexicana debiera seguir cargando una memoria simbólica de servilismo.

México trabaja. Trabaja muchísimo. Y, sin embargo, México no necesariamente vive mejor. México está en deuda con su gente. Deuda de estabilidad y calidad de vida, deuda de tiempo, deuda educativa, deuda de igualdad de condiciones y oportunidades, deuda de líderes empresariales y políticos que deseen mejorar la realidad actual.

Entonces, la pregunta es incómoda y necesaria. ¿Si el trabajo no es digno, la vida podría serlo?

No se trata de echar culpas sino de visibilizar que nos hemos equivocado de manera sistémica y estamos sufriendo sus consecuencias. Nuestro liderazgo empresarial, político, educativo, familiar y cultural no ha logrado colocar con suficiente fuerza a la persona en el centro del trabajo. Hemos confundido la dignidad de la gente con productividad y generación de riqueza para unas cuantas personas. Pensamos que el sacrificio es virtud, que el cansancio significa compromiso, y que la obediencia es  lealtad al patrón, que trabajar más horas nos hace trabajadores ejemplares y que el crecimiento económico es igual a bien común.

La OCDE mantiene a México entre los países con más horas trabajadas al año. De acuerdo con datos difundidos a partir de la ENOE del INEGI, una de cada cuatro personas ocupadas trabaja más de 48 horas semanales, por encima del límite legal ordinario. CONEVAL reportó que la pobreza laboral llegó a 35.4 por ciento en el cuarto trimestre de 2024, es decir, más de un tercio de la población no puede comprar la canasta alimentaria con su ingreso laboral. En el tercer trimestre de 2024, el ingreso laboral mensual promedio de una persona formal fue de 10,583 pesos, mientras que el de una persona informal fue de 5,018 pesos. La diferencia no es solo económica. Es existencial. Es la distancia entre vivir con cierta estabilidad o sobrevivir con angustia.

Y aun así seguimos repitiendo que el trabajo dignifica, sin preguntarnos cuándo, cómo y bajo qué condiciones.

El trabajo digno es cimiento de la persona y su buen vivir

El trabajo puede ser una fuente de dignidad. También puede ser una fuente de desgaste.

Puede dar sustento, identidad, pertenencia, aprendizaje, orgullo, autonomía y sentido. Pero también puede producir ansiedad, agotamiento, humillación, enfermedad, desconexión familiar y pérdida del deseo de vivir.

Ahí está la paradoja mexicana.

Trabajamos para un buen vivir, pero muchas veces vivimos para sostener un trabajo que ya no nos permite vivir bien.

Pico della Mirandola, humanista de la dignidad, sostuvo que la grandeza humana radica en la posibilidad de formarnos a nosotros mismos. El trabajo debería ampliar esa posibilidad. Debería permitir que una persona se eduque, se alimente, cuide su salud, acompañe a su familia, participe en su comunidad, cultive su espíritu y proyecte un futuro. A todo lo anterior yo lo denomino PROSPERIDAD REGENERATIVA, Pero cuando el trabajo apenas alcanza para sobrevivir, cuando absorbe el tiempo, cuando cancela el descanso y cuando vuelve invisible la vida interior, deja de ser plataforma de desarrollo humano y se convierte en mecanismo de desgaste.

Byung Chul Han, filósofo crítico del rendimiento, advierte que la sociedad contemporánea sustituyó la disciplina externa por la autoexplotación. Hoy muchas personas se violentan a sí mismas creyendo que son libres. Se exigen rendir, producir, contestar, emprender, lograr, crecer, estar disponibles y demostrar valor permanente. Su diagnóstico es brutal. El sujeto de rendimiento termina siendo explotador y explotado al mismo tiempo. Nuestro país es ejemplo y muestra de lo que postula Chan, sin duda alguna.

En México esta reflexión se vuelve más compleja, porque la autoexplotación no ocurre en una sociedad de abundancia homogénea, sino en un país atravesado por desigualdad, informalidad, violencia, precariedad, presión familiar, deuda económica y pobreza simbólica sistémica.

No hablamos solamente de pobreza material. Hablamos de pobreza afectiva, cuando no hay tiempo ni energía para amar bien. Pobreza educativa, cuando la escuela no forma criterio ni conciencia. Pobreza moral, cuando normalizamos abuso y simulación. Pobreza espiritual, cuando vivimos sin sentido. Pobreza cultural, cuando la obediencia sustituye al pensamiento. Pobreza laboral, cuando trabajamos mucho y vivimos poco.

Esa pobreza sistémica está rompiendo el espíritu del país.

Y hablar del espíritu no es metáfora menor. En México el espíritu aparece en su capital cultural de forma cotidiana. El espíritu de México es su ingenio y fuerza de trabajo, pero la hemos llevado al máximo del cansancio. Ya no es vida.

El espíritu del trabajo en nuestra patria debería ser conciencia, memoria, amor, esfuerzo y decisión. No obstante, cuando el trabajo lastima la integridad espiritual, física y mental de una persona, no solo afecta su productividad. Afecta su mundo. El liderazgo actual debe replantearse por lo que la primera pregunta estratégica es directa.

 ¿Puede hablarse de liderazgo si la experiencia cotidiana del trabajo sigue deshumanizando a millones de personas?

La respuesta es no.

El liderazgo no puede quedarse en conferencias, murales corporativos, campañas de bienestar o frases inspiracionales. Debe expresarse en jornadas razonables, salarios suficientes, trato digno, escucha real, seguridad psicológica, formación continua, corresponsabilidad familiar, prevención del burnout, respeto al descanso y oportunidades de desarrollo. Eso es un nuevo liderazgo, un liderazgo humanista regenerativo.

El libro El humanismo en la empresa, de Alejandro Llano, Rafael Alvira, Tomás Calleja, Miguel Bastons y C. Martínez Esteruelas, recuerda que la empresa no es solo una unidad económica. Es una institución humana donde el trabajo se dignifica cuando existen condiciones adecuadas para el desarrollo de la persona.

Esto es fundamental para México.

Cada empresa es una pequeña sociedad. Cada nómina sostiene familias. Cada decisión directiva influye en alimentación, estrés, sueño, salud, educación, movilidad, convivencia y esperanza. Por eso, hablar de trabajo digno en El Economista no es hablar de un tema blando. Es hablar de productividad, seguridad pública, salud mental, desarrollo nacional, consumo, cohesión social, democracia, combate a la informalidad, mitigación de la pobreza laboral y futuro económico ilusionante.

El empresariado mexicano, especialmente la empresa familiar y la pyme, tiene una responsabilidad histórica. No porque sea culpable de todo, sino porque puede transformar mucho. La empresa familiar mexicana ha sido capital cultural, comunidad, escuela de oficio, soporte económico, red de confianza y motor de movilidad. Pero también debe reconocer con valentía dónde ha reproducido autoritarismo, patriarcado, explotación, silencio, privilegio inconsciente y desigualdad.

No se trata de destruir la empresa. Se trata de humanizarla.

No se trata de cancelar el mérito. Se trata de impedir que la meritocracia se vuelva tiranía.

No se trata de culpar al empresario. Se trata de recordarle que su poder más noble no es mandar, sino dignificar.

Cualquier persona requiere sentirse útil para lograr estabilidad integral

Trabajar da estructura. Da identidad. Da pertenencia. Da sentido. Cuando una persona tiene ocupación significativa, disminuye su entropía o conflicto interior. Se ordena la vida. Se ordena el día. Se ordena la esperanza.

Pero no cualquier trabajo estabiliza. Un trabajo humillante enferma. Un liderazgo abusivo enferma. Una jornada interminable enferma. Un salario insuficiente enferma. Una cultura de miedo enferma. Un sistema que obliga a elegir entre comer, descansar o convivir enferma.

La informalidad laboral alcanzó 54.8 por ciento en el segundo trimestre de 2025, equivalente a 32.6 millones de personas, según reportes basados en la ENOE del INEGI. Eso significa que más de la mitad de quienes trabajan lo hacen en condiciones de protección limitada o inexistente. No es una cifra administrativa. Es una radiografía de vulnerabilidad cotidiana.

Una persona sin seguridad social vive con miedo. Una familia sin estabilidad laboral administra angustia. Una madre o un padre con fatiga crónica llegan a casa con menos paciencia, menos escucha y menos ternura. Entonces el trabajo que debía sostener la vida empieza a consumirla.

La Organización Mundial de la Salud reconoce la fatiga crónica por estrés laboral o ´burnout´ como fenómeno de salud ocupacional vinculado a que la carga laboral y el trato en el trabajo no ha sido gestionado adecuadamente. Esa definición debería sacudir al empresariado y a las políticas públicas. No estamos hablando de debilidad individual. Estamos hablando de entornos laborales mal diseñados. Hagamos la segunda pregunta estratégica que aparece aquí.

¿Qué tipo de convivencia empresarial estamos construyendo si las personas salen del trabajo sin energía para amar, educar, dialogar o cuidarse?

La respuesta exige una nueva conciencia de responsabilidad social. La empresa no puede limitarse a cumplir la ley. Debe preguntarse qué tipo de humanidad está produciendo con su cultura diaria.

La dignidad laboral también es salud pública

México está cansado de cuerpo y de alma.

No solo por trabajar mucho. También por trabajar bajo presión económica constante, por vivir en ciudades agotadoras, por trasladarse horas, por endeudarse, por temer enfermar, por cuidar sin red, por criar sin descanso, por envejecer sin certeza y por vivir conectados a pantallas que prometen eficiencia mientras roban presencia.

Byung Chul Han afirma que el exceso de positividad produce cansancio, depresión y agotamiento. La persona ya no se detiene porque se siente obligada a poder siempre. Poder más. Producir más. Lograr más. Verse mejor. Ganar más. Resistir más.

Pero el ser humano no es una máquina de rendimiento.

Nuestro cerebro no fue creado para vivir en alerta permanente. Nuestro cuerpo no fue creado para trabajar sin descanso. Nuestro corazón no fue creado para amar desde la extenuación.

Hoy necesitamos decirlo con fuerza. Descansar no es flojera. Descansar es salud. Descansar es dignidad. Descansar es prevención. Descansar es responsabilidad social. Descansar es una forma de no trasladar el costo del descuido propio a la familia, a la empresa, al sistema de salud y a las nuevas generaciones, aquí emerge la tercera pregunta estratégica es económica y humana.

 ¿Puede existir prosperidad distributiva si el ingreso mejora un poco, pero el tiempo, la salud y la vida familiar se deterioran?

La respuesta también es no.

La prosperidad regenerativa no puede medirse únicamente en utilidad, ventas, margen o crecimiento. Debe medirse también en salud, tiempo, vínculos significativos, aprendizaje, estabilidad emocional, movilidad social, participación comunitaria y autorrealización.

Amartya Sen, economista de las capacidades, nos ayuda a entender que el desarrollo verdadero no consiste solo en ingreso, sino en libertad real para vivir una vida valiosa.

México necesita pasar de una economía que extrae vida a una economía que regenere vida. La empresa debe ser una plataforma de cambio social y desarrollo humano y esa puede ser una de las respuestas más poderosas para transformar nuestro país.

Efectivamente, no la única, no de forma aislada y jamás algo convertido en nuevo dogma. Pero sí como plataforma concreta de bienestar, educación, cultura, salud, sustento, autorealización y cohesión social. Es decir, prosperidad regenerativa.

Cada líder empresarial tiene a su cargo una comunidad que clama por formación y educación continua. Personas que no solo necesitan empleo. Necesitan criterio, habilidades, salud emocional, alfabetización financiera, cultura del cuidado, educación cívica, pensamiento crítico, sentido de vida y oportunidades reales de desarrollo. Por ello, pienso y enfatizo que la educación empresaria es la verdadera reforma social.

Pero educar líderes empresariales no significa imponer dogmas que nos vuelvan obedientes y acríticos. Educar significa formar conciencia de propiedad. Ayudar a pensar y analizar qué decisiones tomar para lograr un bien común. Enseñar a dialogar antes que competir. Aprender a cuidar antes de acumular riqueza. Desarrollar autonomía y sostenibilidad compartida, distribuir la riqueza aliviando el resentimiento social. Hacer visible la responsabilidad personal y colectiva, cuidar el planeta y a facilitar que la gente trabaje para un buen vivir, no a mal vivir por trabajar.

Gert Biesta, pedagogo del sujeto, sostiene que educar no es fabricar individuos funcionales al sistema, sino permitir que emerjan personas capaces de responder al mundo, un mundo que hoy es complejo, ambiguo, vertiginoso e incierto. Esa idea es urgente para México. Porque si solo entrenamos para competir, seguiremos produciendo personas técnicamente útiles, pero humanamente agotadas. La utilitariedad económica de una persona, debiera constituirse como la función política más relevante del empresariado mexicano para habilitar y establecer su dignidad personal-laboral, sin duda es y será uno de los pilares más importantes para el desarrollo humano, social y económico del país.

No sobra decirlo, utilitariedad no es explotación, extracción o cosificación del SER. Es aprender y aprovechar su potencialidad humana para cocrear bien común.

La dificultad es que, lo que hemos aprendido, la forma en que hemos construido nuestro actuar cotidiano es que nuestro cerebro se ha convertido en un repositorio de basura simbólica, hemos construido nuestro pensamiento y obra en un sistema de creencias que ya no nos funciona: Consumimos ruido, miedo, comparación, prisa, algoritmos, propaganda, resentimiento y deseo artificial comparando cosas que no necesitamos en realidad. Lo mismo pasa con el cuerpo cuando lo abandonamos al exceso, la mala alimentación, el sedentarismo, la ansiedad y el descuido. Nos estamos auto saboteando y urge un replanteamiento.

Resignificar lo aprendido y replantear lo heredado es una forma de liberación. Por lo que la cuarta pregunta estratégica es urgente.

¿Qué tendría que cambiar en nuestras empresas para que el trabajo sea realmente digno y no solo legalmente permitido?

Tendría que cambiar la conversación sobre poder.

Tendría que cambiar la forma de medir el éxito.

Tendría que cambiar la normalización del miedo.

Tendría que cambiar la idea de que la persona trabajadora es “recurso humano, un objeto de producción, un medio para la rentabilidad económica de pocos”.

No somos recursos. Somos humanidad con historia, cuerpo, familia, heridas, talento, conciencia y esperanza.

Dignificar a la persona en el trabajo es la muestra de poder más noble y humana de cualquier empresario/a

Esta es la inflexión central.

El poder empresarial puede dominar o puede cuidar. Puede extraer o puede regenerar. Puede usar personas o puede desarrollarlas. Puede imponer obediencia o puede construir comunidad. Puede perpetuar resentimiento o puede sembrar reciprocidad.

La empresa familiar mexicana, cuando es consciente, puede convertirse en panal de familias. Una comunidad donde la familia propietaria entiende que su patrimonio no se sostiene solo con capital financiero, sino con capital humano, cultural, moral y relacional.

Mi padre, el ingeniero Jaime Alejandro Cervantes Hernández, me dejó una brújula ética que hoy considero indispensable para pensar el país.

“El bien de las mayorías antes del de cualquier minoría”.

Yo la aprendí y apliqué así… La gente de cada empresa (las mayorías) requiere sentir y vivir un bien común, calidad de vida y esperanza de estabilidad personal y familiar, en lugar de las minorías (los accionistas) que tienden a acumular riqueza y no distribuirla de forma equitativa… ése es mi legado simbólico.

No es una consigna demagógica sino un criterio de responsabilidad.

Si el empresariado mexicano cocrea bienestar y calidad de vida para las personas trabajadoras y sus familias, esas familias responderán con reciprocidad, compromiso, creatividad y pertenencia. La comunidad entonces resuelve, alivia y prospera. Ese es el ciclo virtuoso de la regeneración del tejido social:

Primero, la Dignidad humana (la persona en el centro).  Seguido de la creación y consolidación una plataforma de Trabajo digno (humanismo estratégico) para después lograr una Prosperidad regenerativa (justa distribución de la riqueza en sus múltiples dimensiones).

Pero si la empresa insiste en ver a las personas solo como costo, variable operativa o fuerza intercambiable, la sociedad responderá con resentimiento, desconfianza, rotación, informalidad, violencia, evasión y ruptura. A las pruebas me remito, ¿acaso no es esto lo que estamos viviendo en la actualidad?

Ahí también se abre una grieta peligrosa. Cuando la economía formal no ofrece futuro, la economía criminal ofrece ingreso, pertenencia, identidad, poder y falsa dignidad. No podemos seguir ignorando esa conexión. Entonces, la quinta pregunta estratégica mira hacia el futuro.

¿Qué oportunidades de desarrollo humano, ocupación, empleo e igualdad laboral estamos creando para que México no sea capturado por la desesperanza?

La respuesta exige corresponsabilidad.

Primer sector (el gobierno), segundo sector (el empresariado) y tercer sector (las asociaciones civiles)  deben dejar de actuar como islas. El Estado debe garantizar condiciones, derechos, fiscalización, salud pública, educación y política laboral inteligente. La empresa debe generar riqueza distributiva, empleo digno, cultura de bienestar y movilidad. La sociedad civil debe acompañar, vigilar, proponer, educar e incidir. La ciudadanía debe participar, deliberar y hacerse cargo.

Todo empieza por una misma o uno mismo, pero no termina ahí, porque sin trabajo digno no habrá dignidad cultural. El trabajo moldea el carácter nacional.

Una sociedad que trabaja sin descanso, sin reconocimiento y sin justicia termina perdiendo paciencia, confianza y esperanza. Se vuelve irritable, defensiva, polarizada, reactiva. Deja de dialogar. Deja de cuidar. Deja de imaginar.

La falta de trabajo digno no solo produce pobreza económica. Produce pobreza cultural. Produce una ciudadanía cansada, vulnerable al fanatismo, al consumo compulsivo, a la manipulación digital y al resentimiento.

Albert Camus, escritor de la lucidez rebelde, recordaba que la rebeldía ética no destruye por destruir. Dice basta frente a lo inhumano. México necesita esa rebeldía laboral. Basta de romantizar el agotamiento. Basta de llamar compromiso a la explotación. Basta de llamar humildad al servilismo. Basta de llamar liderazgo al autoritarismo. Basta de creer que el dinero justifica todo. Basta el clasismo estructural esclavista.

También necesitamos recuperar la contemplación.

Han, el filósofo coreano-alemán advierte que la hiperactividad destruye la capacidad de mirar con profundidad. Nietzsche hablaba de aprender a mirar con calma. En un país acelerado, violento y agotado, mirar con calma se vuelve un acto contracultural.

Mirar a la persona trabajadora y cuidarla.

Mirar su cuerpo cansado y respetar su descanso.

Mirar a su familia y darles tiempo para su convivencia.

Mirar su traslado y facilitar condiciones laborales amigables.

Mirar su salario y pagar bien, eliminar su vulnerabilidad económica.

Mirar su miedo y no maltratarle.

Mirar su esperanza y tener disposición de construirla y cocrearla.

Mirar su dignidad humana.

El trabajo digno como esperanza mexicana es urgente. No todo está perdido.

México tiene una potencia extraordinaria. Tiene familias trabajadoras, jóvenes con ingenio e ímpetu, empresariado creativo, pymes resilientes, juventudes con talento, mujeres que sostienen comunidades, organizaciones sociales comprometidas, docentes admirables, personal de salud incansable, comunidades que todavía saben cooperar y una cultura con profundo corazón.

Pero necesitamos reeducarnos. Necesitamos formar liderazgos capaces de entender que la productividad sin dignidad termina siendo una forma sofisticada de empobrecimiento humano.

Necesitamos empresas que comprendan que el bienestar no es gasto ornamental, sino inversión estructural.

Necesitamos familias que dejen de heredar patrones de abuso, silencio y sacrificio destructivo.

Necesitamos políticas públicas que reconozcan el tiempo como derecho, la salud mental como prioridad y el trabajo digno como eje de paz social.

Necesitamos ciudadanía que no solo opine, sino que delibere, participe, cuide e incida.

Desde mi lugar como desarrollista humano, empresario, docente, consejero sistémico, diseñador gráfico, líder humanista, columnista y presidente fundador de Fundación Lilo México, afirmo que hablar de liderazgo humanista, autocuidado, trabajo digno, salud pública, empresa familiar y reconstrucción del tejido social no es moralismo. Es una postura ética, contemporánea, espiritual y política.

México necesita recuperar su espíritu y corazón trabajador. No para explotarlo más. Para cuidarlo mejor.

Porque una persona que trabaja dignamente puede volver a casa con más paz. Una familia con más paz puede educar mejor. Una empresa que educa puede transformar comunidades. Una comunidad que cuida puede reconstruir confianza. Un país que reconstruye confianza puede prosperar con justicia.

Trabajo digno no significa ausencia de esfuerzo. Significa esfuerzo con sentido, límite, justicia, descanso y humanidad.

Trabajar para vivir bien. No vivir para trabajar hasta rompernos.

Te invito a hacer tres cosas concretas.

Una. Revisa tu relación con el trabajo. Pregúntate si estás construyendo vida o solamente sosteniendo rendimiento. Pregúntate si tu forma de trabajar te permite amar, descansar, aprender, cuidar y florecer.

La otra. Si tienes una empresa, lideras un equipo o participas en una familia empresaria, revisa qué tan digna es la experiencia humana de quienes trabajan contigo. No desde el discurso. Desde la jornada, el salario, el trato, la escucha, el descanso, la seguridad psicológica y la posibilidad real de desarrollo.

México todavía puede ser distinto. Si dignificamos el trabajo, dignificamos la familia. Si dignificamos la familia, regeneramos el tejido social. Si regeneramos el tejido social, abrimos una nueva posibilidad de prosperidad mexicana.

Y si no lo hacemos, el futuro no será digno.

Una humanidad sin dignidad se perderá en tiempos oscuros.

La última: te invito a sintonizar el nuevo espacio radiofónico “Liderazgo, Salud y Sociedad. Pensar y decidir mejor para vivir mejor” que cada martes (repetición no en vivo) y jueves en vivo. Este tema lo conversaremos en vivo la próxima semana el próximo jueves 14 de mayo, transmitiendo a las 15:00 a las 16:00 horas tiempo del centro de México y su repetición el martes 19 a la misma hora. En la estación 1470 AM en CDMX y 1230 AM en Guadalajara y Monterrey de Radio Fórmula. Lo conduciremos Rafael Balderas Ledezma y Maribel Ramírez Coronel y yo con muchísimo gusto, Jaime Cervantes Covarrubias. Anhelamos que nuestras reflexiones sean un aliento que apoye a nuestros radioescuchas a florecer en su vida. Pensar bien. Decidir Mejor… Vivir Mejor.

Muy feliz día de las madres.

#LiderazgoHumanista #LiderazgoSaludSociedad #DesarrolloHumano #LaFamiliaMexicana #ProsperidadRegenerativa #SaludEmocional

*El autor es Doctorante en Desarrollo Humano, Universidad Motolinía del Pedregal, México; Master en Desarrollo Humano, Universidad Iberoamericana, México; Master ejecutivo en Liderazgo Positivo Estratégico, Instituto de Empresa, España. Licenciado en Comunicación Gráfica y Columnista en El Economista.

jaime.cervantes@desarrollistahumano.com |🌐 LinkedIn | Instagram

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Jaime Cervantes Covarrubias

El autor es Doctorante en Desarrollo Humano, Universidad Motolinía del Pedregal, México; Master en Desarrollo Humano, Universidad Iberoamericana, México Master ejecutivo en Liderazgo Positivo Estratégico, Instituto de empresa, España.

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