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Las tecnológicas arrebatan la soberanía a los Estados

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OpiniónEl Economista

Héctor Barragán Valencia

Las empresas tecnológicas tienen tanto poder que son capaces de someter a los Estados más poderosos, inclusive al propio Estados Unidos, como demuestra el desencuentro entre Donald Trump y Elon Musk. El valor de mercado de estas grandes corporaciones es inclusive mayor al producto interno bruto anual de diversos países. El poder de las empresas sobre los gobiernos es un fenómeno que se ha padecido en otras épocas. Un ejemplo es la Compañía Británica de las Indias Orientales que, entre los siglos XVII y XIX, monopolizó el comercio con Asia, y su potestad era tal que estableció impuestos en Bengala, mantuvo un ejército privado más grande que el británico y dictó leyes en la India. Su poder fue tan vasto que la corona británica dependía de sus ingresos y productos, hasta que la rebelión en India de 1857 obligó al Parlamento a absorberla y poner fin a su autonomía. Era, en esencia, un Estado paralelo que imponía reglas y sanciones en nombre propio.

Hoy, un poder tan inconmensurable como el de aquella compañía, se encuentra en empresas estratégicas de inteligencia artificial (IA). El caso más reciente es el desencuentro entre Trump y Musk, a consecuencia de las críticas del empresario al plan fiscal del presidente. La disputa mostró cómo el empresario doblegó al mismo mandatario de Estados Unidos. Cuando Trump intentó limitar la influencia de Musk en sectores estratégicos, el control de SpaceX sobre la infraestructura espacial y satelital inclinó la balanza a favor del magnate: Estados Unidos depende de Starlink para los lanzamientos y la red de satélites de operaciones militares y de seguridad. Musk, consciente de su gran influencia impuso sus condiciones y mantuvo su autonomía ante al poder político, evidenciando que el Estado más poderoso del mundo podía ser condicionado por una corporación privada. Se trata de una empresa que opera fuera del alcance de cualquier soberanía y que ya ha acumulado un poder inmenso que los gobiernos luchan tardíamente por recuperar.

La historia da cuenta que la Compañía Británica de las Indias Orientales fue más que una empresa comercial. Además de recaudar impuestos y mantener ejércitos, llegó a acuñar moneda, firmar tratados diplomáticos y librar guerras en nombre propio. Controlaba poblaciones locales mediante sistemas fiscales y judiciales, imponía sanciones y regulaba la vida económica y social de millones de personas. Edmund Bruke, crítico de sus excesos, la describió como “un Estado disfrazado de comerciante”, subrayando que su poder político excedía con creces el de una corporación ordinaria. Pero su dominio llegó a su fin a causa de la rebelión de 1857, protagonizada por los cipayos, que se extendió por casi todo el norte de la India, a consecuencia de sus abusos fiscales, la explotación económica y la imposición de la cultura y la religión.

El levantamiento mostró la incapacidad de la Compañía para mantener el orden y puso en riesgo la joya más valiosa del imperio británico. Alarmado, el Parlamento promulgó el Government of India Act de 1858 y transfirió la administración directamente a la corona. Las implicaciones fueron profundas: se inauguró el Raj británico, se reforzó el control estatal sobre la India y se puso fin a la autonomía de una corporación privada que había actuado como un Estado paralelo.

Las corporaciones privadas del siglo XXI también emiten moneda, a semejanza de aquella empresa, rivalizando con el monopolio estatal de la emisión de dinero. El desarrollo de criptomonedas por las big tech sigue los pasos del papel de la Compañía Británica de las Indias Orientales que acuñaba moneda. Las grandes tecnológicas desarrollan monedas digitales propias, sistemas de pagos globales y dan asistencia a los bancos centrales, lo que las acerca peligrosamente a esa misma lógica: corporaciones privadas que pretenden controlar la circulación del dinero y, con ello, una dimensión esencial de la soberanía nacional.

Apple, Google y Amazon dominan los pagos digitales; Meta intentó lanzar Libra/Diem como una moneda privada global. Microsoft y Amazon proveen los servicios en la nube que sostiene gran parte de las operaciones blockchain. Por su parte, Nvidia suministra los chips que hacen posible la minería y la inteligencia artificial. En conjunto, las big tech además de crear la infraestructura de las monedas digitales, aspiran a convertirse en árbitros de facto del sistema financiero mundial. Igual que la Compañía Británica imponía reglas económicas en Asia, las empresas tecnológicas tienden a imponer las reglas digitales en el siglo XXI, con el riesgo de que la soberanía monetaria de los Estados quede subordinada a las corporaciones transnacionales. Las potestades de estos gigantes privados, que dominan a los gobiernos y manipulan la conciencia individual son ignoradas. Ergo, ¿de qué hablamos cuando grandilocuente y jactanciosamente nombramos la palabra soberanía?

El paralelismo entre la Compañía Británica y las big tech es evidente. Igual que aquella, estas corporaciones acumulan gran poder económico y político que desafía a los Estados. El valor de mercado de estas empresas, superior al PIB de muchos países, permite dimensionar su enorme influencia y capacidad para someter a gobiernos nacionales. Unos ejemplos: Apple con 4.28 billones de dólares equivale a dos veces el PIB de España (2.09 billones); Google con 4.35 billones supera en 1.6 veces el PIB de Brasil (2.63 billones); Microsoft con 2.9 billones equivale a 1.4 veces el PIB de México (2.12 billones); Amazon con 2.57 billones equivale a 1.6 veces el PIB de Turquía (1.64 billones); Nvidia con 4.97 billones equivale a 2.3 veces el PIB de México; y SpaceX con 2.1 billones se coloca a la par del PIB de España. Estas cifras muestran que, como antaño la Compañía Británica, las big tech concentran recursos superiores a los de Estados, condicionando su soberanía.

Pero el poder de las tecnológicas es mucho más temible. Además de condicionar y limitar la soberanía de los gobiernos también se erigen en soberanas de la conciencia personal. Su control sobre las naciones se amplía al ámbito individual. Someten Estados y rigen conciencias. La economía, la moneda, el subconsciente y la moral son hoy dominios.

Los algoritmos, desarrollados por las plataformas, personalizan contenidos, anticipan deseos y moldean decisiones. A diferencia de la Compañía Británica, que imponía reglas externas, las big tech penetran en la subjetividad de las personas, coartando la autonomía y debilitando la soberanía individual. Al interactuar con sistemas de lenguaje o modelos de IA, los usuarios delegan su capacidad de elección en la “sapiencia” de la máquina, confiando en que decide mejor que ellos. Simultáneamente, entregan información valiosa que las empresas monetizan, enriqueciendo a las corporaciones mientras éstas controlan la conciencia y determinan elecciones políticas, sociales y de consumo.

El desafío presente para salvaguardar la soberanía de los Estados y en particular la libertad individual y de pensamiento implica someter a estas empresas al escrutinio y control social. La historia nos revela que cuando una corporación privada se convierte en el árbitro de la vida política, económica y personal, la respuesta es, en lugar de dejarla actuar libremente, imponer mecanismos de regulación, transparencia y rendición de cuentas que la reintegren al marco del interés público.

Esto significa que las big tech deben ser sometidas a un escrutinio similar a cualquier otro poder, ya sea político, económico, espiritual. Algunas medias prácticas son impuestos digitales que aseguren que sus ganancias contribuyan al financiamiento público y al bienestar; estándares comunes de transparencia que obliguen a revelar cómo operan sus algoritmos e impedir que sen mecanismos de control social; consorcios tecnológicos públicos que desarrollen alternativas soberanas en infraestructura digital; y, de manera crucial, la participación pública en el capital de estas empresas, de modo que el interés privado converja con el bienestar común. Cabe recordar que la IA se basa en nuestra inteligencia colectiva: nuestros libros, canciones, obras de arte, periodismo, código informático, investigación científica, vídeos, conversaciones, imágenes e ideas que abarcan generaciones. Según Altman, director de OpenAI, los modelos de IA se entrenaron con nuestra “experiencia colectiva, conocimiento” y “aprendizajes de la humanidad”. En consecuencia, debe estar al servicio de la sociedad.

El mundo conocido hasta hoy tiende a cambiar de manera radical. Y como en el pasado, rememorando las dos guerras mundiales, puede ser altamente destructivo. Varios analistas anticipan la pérdida de millones de puestos de trabajo. Hasta los mismos tecoligarcas son conscientes del riesgo de inestabilidad social y político. Por tanto, algunos de ellos como OpenAI, propuso crear un “fondo público de riqueza que proporcione a cada ciudadano -que incluye a quienes no invierten en los mercados financieros- una participación en la riqueza generada por el crecimiento impulsado por la IA". Anthropic, liderada por Amodei, propuso de manera la creación de “fondos soberanos nacionales con participaciones en IA”. Hasta Musk, de xAI, escribió: “Un ingreso universal elevado mediante cheques emitidos por el gobierno federal es la mejor manera de abordar el desempleo causado por la IA”.

El Senador demócrata, Bernie Sanders presentará próximamente una ley para regular a las empresas tecnológicas. Sobre los propósitos de esa legislación dijo: “primero, le daría al público un papel directo en la determinación del futuro de esta tecnología. El futuro de la IA y la transformación correspondiente de la vida ya no estarían dictados por un puñado de oligarcas de las grandes tecnológicas. El Gobierno estadunidense tendría el poder, a través de sus acciones con derecho a voto y una representación equitativa en junta directiva de cada empresa, de bloquear las decisiones que perjudiquen a nuestros ciudadanos e impulsar políticas que los beneficien”. ¿El gobierno de México qué va a hacer? ¿Permitirá que EUA imponga el interés de las corporaciones en el tratado comercial mediante el derecho de propiedad intelectual, al grado de que impidan nuestro desarrollo tecnológico?

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