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El sueño americano empieza a mudarse al sur

Jonathan Ruiz Torre | Parteaguas
Sabemos que la zona Roma en la Ciudad de México exige ahora habilidades de políglota. Pero entendamos las razones.
Un departamento en la calle de Mérida se renta por 28 mil pesos mensuales y está casi en la esquina con la calle de Colima, que hoy mismo es, en efecto, una muestra probablemente válida, estadísticamente, de los humanos para cualquier marciano que haga experimentos.
No vayamos muy lejos: un apartamento equivalente en la zona de Gaslamp, en San Diego, aquí pasando Tijuana, cuesta al menos el doble para quien desea el mismo espacio. Ojo, no es Midtown en Nueva York.
La gasolina que representaba una razón de ahorro para los vecinos se ha puesto tan cara en California como en la Ciudad de México: 23 pesos el litro esta semana, de acuerdo con la Agencia de Información Energética del país vecino. Vaya, hasta los Doritos Nachos cuestan ya el doble allá.
Con la debida estrategia, quienes emigran de norte a sur pueden bajar su tasa de impuestos del 34% que les cobra el IRS a solamente 2.5% que exige el SAT a quien se registra en el RESICO, lo que a alguien que gana el equivalente a unos 3 millones de pesos al año le permite evitar el pago de casi un millón a su gobierno y usarlo, digamos, en Ixtapa y en un coche nuevo.
Durante décadas los mexicanos cruzaron la frontera buscando mejores salarios. ¿Cuándo hablaremos del movimiento inverso?
Los estadounidenses que cruzan esa misma frontera están buscando algo muy simple: que su salario vuelva a alcanzar.
Estados Unidos vive una tensión económica y social que empieza a ser visible en sus números. La concentración de riqueza alcanzó niveles que no se veían desde antes de la Segunda Guerra Mundial.
El 1% controla cerca de un tercio de la riqueza del país y el 0.1% ha incrementado su fortuna de manera acelerada en los últimos años.
Cuando la riqueza se concentra, aparecen presiones políticas para redistribuirla. En Estados Unidos, el debate sobre nuevos impuestos a los ricos ya está en marcha. Algunos estados discuten gravámenes extraordinarios sobre grandes fortunas, mientras en Washington resurgen propuestas para aumentar impuestos sobre ingresos altos o sobre ganancias de capital.
Ese clima genera incertidumbre entre quienes tienen ingresos elevados o patrimonio significativo.
El mes pasado, The Wall Street Journal publicó que, en 2025, Estados Unidos experimentó su primera migración neta negativa desde 1935, con un estimado de 150 mil personas más que salieron respecto a las que entraron.
Los principales destinos incluyen Portugal, Irlanda, Tailandia y México.
El trabajo remoto rompió la antigua relación entre lugar de trabajo y lugar de residencia. Un programador en Austin o un diseñador en San Francisco puede trabajar para una empresa estadounidense mientras vive en otro país. Y cuando comparan números, el cálculo es evidente.
Por eso empiezan a aparecer comunidades de trabajadores remotos en ciudades mexicanas. Ciudad de México, Mérida, Playa del Carmen o Puerto Vallarta ya ven llegar profesionales extranjeros que no vienen como turistas. Vienen a vivir.
Para México, esto representa una oportunidad poco analizada: atraer consumo extranjero sin exportar personas ni bienes físicos.
Los trabajadores remotos traen ingresos en dólares y los gastan localmente. Pagan renta, consumen servicios, utilizan transporte, contratan médicos, comen en restaurantes. Permanecen meses o años.
En términos económicos, funcionan casi como una exportación de servicios al revés.
Durante generaciones, los mexicanos migraron hacia el norte buscando prosperidad.
Tal vez estamos entrando en una etapa en la que algunos estadounidenses cruzarán hacia el sur buscando algo distinto. No riqueza. Simplemente una vida que vuelva a ser pagable.

