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Soberanía, petróleo y el arte de negociar

Opinión
El 1 de julio de 2026 no será una fecha cualquiera. Ese día, los ministros de comercio de México, Estados Unidos y Canadá se reunirán para decidir si extienden el T-MEC por 16 años o si lo someten a revisiones anuales que podrían culminar en su extinción para 2036. Lo que alguna vez se anticipó como un trámite administrativo se ha convertido en una negociación de alto riesgo donde el comercio es apenas la punta del iceberg.
La administración Trump ha dejado claro que utilizará la revisión como palanca para obtener concesiones en temas que trascienden lo comercial: migración, narcotráfico, defensa continental y la relación de México con Cuba. No es casual. El Secretario de Estado Marco Rubio, hijo de inmigrantes cubanos y principal antagonista de La Habana en el Congreso durante dos décadas, ha declarado que Cuba es "la cabeza del monstruo" y orquesta la política hemisférica con una intensidad personal que trasciende lo diplomático. El lobby cubanoamericano del sur de Florida, decisivo en elecciones presidenciales, exige resultados concretos. El congresista Carlos Giménez ha condicionado explícitamente el futuro del T-MEC a que México suspenda sus envíos petroleros a La Habana.
Pemex exportaba 20,000 barriles diarios hasta septiembre de 2025; hoy, esa cifra se ha desplomado a 7,000. La presidenta Sheinbaum anunció una pausa que calificó de "decisión soberana", aunque el timing sugiere otra lectura. Tras la captura de Maduro, México se convirtió en el principal proveedor de crudo cubano con el 44% de sus importaciones. Washington no lo olvidará en la mesa de negociación.
Las cifras comerciales explican por qué México camina en la cuerda floja. En 2024, el déficit comercial estadounidense con México alcanzó 171,800 millones de dólares, el más alto entre sus socios. El comercio trilateral supera los 1.9 billones anuales. Para México, las exportaciones representan el 73% del PIB; para Estados Unidos, apenas el 24%. Esta asimetría estructural es el arma favorita de Trump.
El sector aeroespacial ilustra las oportunidades en riesgo. México es el décimo segundo exportador mundial de componentes aeronáuticos, con una industria valuada en 11,200 millones de dólares. El 80% de las partes fabricadas en Querétaro, Chihuahua y Baja California se exportan bajo las reglas de origen del T-MEC. Los aranceles del 25% sobre metales amenazan esta cadena que emplea a más de 60,000 trabajadores.
¿Qué esperar de Trump? Su estilo negociador es transaccional y maximalista: amenaza con el colapso total para obtener concesiones parciales. Ya insinuó que el T-MEC es "irrelevante" y que podría dejarlo expirar. Es una táctica, no una estrategia. La interdependencia económica hace improbable una ruptura total, pero no imposible una renegociación agresiva que imponga costos significativos a México en materia energética, laboral y de seguridad.
Canadá enfrenta su propia tormenta. El primer ministro Carney prometió aumentar el gasto en defensa al 5% del PIB para 2035. Aun así, admitió que cualquier acuerdo incluirá aranceles. Ottawa intenta ganar tiempo esperando los comicios intermedios de noviembre.
México debe prepararse para concesiones difíciles en energía y agricultura. El reporte del USTR identifica la renacionalización energética y las barreras lácteas canadienses como obstáculos prioritarios. La extensión del T-MEC es probable, pero su precio será alto. En política comercial, como en geopolítica, la soberanía no se declara: se negocia.

