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El sistema que trasciende a "El Mencho"

Opinión
La muerte de “El Mencho” es, sin duda, un evento de alto impacto. En México, la neutralización de liderazgos criminales ha sido durante años una de las principales apuestas de política de seguridad. La llamada estrategia kingpin parte de una lógica intuitiva: si se elimina a la cabeza de una organización, esta debería debilitarse o desaparecer y, en el (muy) corto plazo, esto suele cumplirse.
El problema es lo que ocurre después. Si algo ha mostrado la experiencia en México es que descabezar organizaciones sin desmantelar sus estructuras sostiene y reproduce ciclos de captura, violencia y atomización. Abre procesos de reacomodo con disputas internas, fragmentación territorial o, en algunos casos, reconfiguración bajo nuevas formas más flexibles y difíciles de contener.
El propio CJNG es resultado de esa dinámica. Su crecimiento se dio en un entorno marcado por la captura o muerte de líderes rivales, que generaron vacíos de poder que la organización supo aprovechar, consolidando con el tiempo un modelo basado en la diversificación de actividades ilícitas y una rápida acumulación de poder territorial y financiero. Es decir, la estrategia diseñada para debilitar a los cárteles ha terminado por facilitar su expansión. Y desde hace décadas, esta misma estrategia ha sido motor para seguir reproduciendo exactamente el tipo de violencia que busca contener.
Esto desplaza el foco analítico: la pregunta no es si habrá un reemplazo, sino quién ocupará ese espacio y bajo qué lógica de violencia. El problema no es únicamente quién lidera una organización, sino la estructura que permite que estas surjan, crezcan y se reproduzcan. Dentro de sistemas y entornos donde convergen una alta demanda internacional de drogas, flujos transfronterizos de armas, economías locales con alta informalidad y una persistente debilidad institucional.
Los escenarios posibles no son nuevos. Puede haber fragmentación interna y disputas por control territorial; intentos de expansión de grupos rivales; o una sucesión interna que mantenga la cohesión. Ninguno de estos escenarios de adaptación implica, por sí mismo, una reducción automática de la violencia. De hecho, los periodos de transición suelen ser los más inestables.
La estrategia kingpin genera impactos visibles y políticamente rentables pero sus efectos estructurales son limitados si no se acompañan de intervenciones sobre redes financieras, circuitos de lavado, así como políticas orientadas a reducir desigualdades, fortalecer el acceso a derechos y reconstruir capacidades institucionales.
La muerte de un líder puede cerrar una etapa. Pero no cambia, por sí sola, el sistema que hizo posible su ascenso en un mercado ilícito rentable y altamente dinámico.
*La autora es criminóloga y socióloga especializada en seguridad, inteligencia estratégica y derechos humanos. Actualmente en FEMSA, lidera proyectos regionales de análisis y gestión de riesgos en LATAM, traduciendo contextos complejos en insumos para la toma de decisiones a nivel ejecutivo. Ha trabajado la Comisión de DDHH de la CDMX y en la Fiscalía General de la República en temas de macrocriminalidad y desaparición, incorporando enfoques de género, bioética y derechos humanos. Es fundadora de Archivo 67, firma dedicada al análisis estratégico en seguridad y justicia. Integrante de la UER sobre Cumplimiento de la Ley, Cooperación en Seguridad y Delincuencia Transnacional Organizada del COMEXI.