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Opinión

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Regulación de redes sociales: tirar el agua con el niño

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Jorge Bravo | En comunicación

Jorge Bravo

Hace unas semanas el psicólogo social Jonathan Haidt le pidió a la presidenta Sheinbaum fijar en 16 años la edad mínima para abrir cuentas en redes sociales y retirar el teléfono a los alumnos durante toda la jornada escolar, no sólo en horas de clase.

El psicólogo estadounidense construye su diagnóstico con datos de Estados Unidos, Reino Unido y los países nórdicos y lo extiende al resto del planeta, México incluido, sin la evidencia empírica que esa extrapolación exige. Por querer salvar a la infancia del daño digital, Haidt tira el agua de la bañera con todo y el niño.

El autor de La generación ansiosa participó por videollamada desde Nueva York en el debate convocado por el gobierno federal sobre plataformas digitales, Inteligencia Artificial e infancia. "Las redes sociales son totalmente inapropiadas para los niños" porque exponen a menores a desconocidos, pornografía y venta de drogas.

Su receta se centra en el diseño de las plataformas, no en el contenido, y toma como modelo la verificación de edad de Australia, de dudoso éxito. Pidió separar a los alumnos de sus teléfonos, una medida que aplican 25 estados de la Unión Americana y que devolvió la convivencia a las aulas.

El secretario de Educación, Mario Delgado, respaldó la idea y habló de un problema de salud pública. Arturo Béjar, exdirectivo de Meta, detalló seis mecanismos de diseño adictivo (desplazamiento infinito, reproducción automática, notificaciones, indicadores de popularidad y otros explicados por mí en El Economista). Citó un estudio interno de Instagram entre 240 mil usuarios, donde uno de cada cinco adolescentes recibió contenido que le hizo sentir mal con su cuerpo y uno de cada 11 fue expuesto a publicaciones sobre autolesión.

Las redes sociales plantean riesgos reales para infantes y adolescentes. Negarlo es tan irresponsable como ignorar la evidencia sobre ciberacoso, trastornos del sueño o exposición a contenidos dañinos. Reconocer esos riesgos no significa aceptar cualquier propuesta regulatoria. El debate exige evidencia sólida, proporcionalidad y respeto a las libertades. Haidt tiene razón, no toda la razón.

La generación ansiosa llegó a las librerías como un fenómeno editorial y uno de los libros más discutidos por la comunidad científica. Sostiene que entre 2010 y 2015 ocurrió el "gran recableado" de la infancia. El juego libre fue sustituido por una infancia basada en el teléfono. Esa transformación incrementó la ansiedad, la depresión, la privación del sueño, la fragmentación de la atención y la comparación social permanente. De ahí derivan sus cuatro recomendaciones: retrasar el acceso al smartphone, prohibir las redes sociales antes de los 16 años, eliminar los teléfonos de las escuelas y devolver a los niños espacios de autonomía y juego libre.

Candice Odgers, profesora de psicología de la Universidad de California, publicó en Nature un cuestionamiento de los argumentos de Haidt. La mayoría de los datos que usa Haidt son correlativos, no causales. Los adolescentes con problemas de salud mental tienden a usar más las redes; eso no prueba que generen esos problemas. Que el deterioro de la salud mental haya coincidido con la expansión de los smartphones no demuestra que sean la causa principal.

Odgers sostiene que investigaciones han encontrado asociaciones pequeñas, mixtas o inexistentes entre el uso de redes sociales y la salud mental. No niega los riesgos digitales, advierte que convertir las redes sociales en el gran culpable desvía la atención de otros factores como la pobreza, la pandemia, el deterioro de la salud mental de los adultos, la crisis familiar o las desigualdades sociales. Odgers dijo que Haidt es un narrador talentoso cuya historia todavía busca evidencia.

Un análisis publicado por la London School of Economics enumeró 10 fallas metodológicas del libro. Entre ellas, la selección de estudios que confirman su tesis mientras relega a notas al pie los que no encajan y la generalización de resultados obtenidos en universitarios estadounidenses hacia adolescentes de todo el mundo. Haidt descarta con rapidez otras causas del malestar juvenil, como la presión académica o la crisis económica de 2008, para concentrar la explicación en el teléfono.

Andrew Przybylski, de la Universidad de Oxford, plantea que las afirmaciones extraordinarias requieren evidencia extraordinaria. Los datos disponibles no permiten sostener con certeza que las redes sociales constituyan la causa dominante de la crisis de salud mental juvenil.

Aún cuando las redes sociales y los smartphones son globales y tengan un diseño adictivo, un adolescente de Ecatepec o de Chiapas no vive la misma infancia que uno de Connecticut. La inseguridad, la informalidad económica, la falta de acceso a salud mental y la desigualdad también producen ansiedad y Haidt no las midió.

El sociólogo Manuel Castells, en La sociedad digital, recuerda que Internet fue señalado como causante de males sociales y que la investigación mostró algo más complejo. La sociabilidad digital y la presencial no compiten entre sí, se refuerzan. Quien tiene más vida social fuera de línea también la tiene más activa en línea. La tecnología no sustituyó las relaciones humanas, las transformó.

Francia acaba de dar la prueba de no incurrir en excesos. El Consejo Constitucional anuló la ley que prohibía el acceso a redes sociales a menores de 15 años. El tribunal consideró que la prohibición vulneraba de forma desproporcionada la libertad de expresión y comunicación y que la ley no ofrecía garantías legales para proteger la privacidad de los menores. Francia intentó la prohibición total y su sistema de justicia la tumbó por desproporcionada. Es exactamente la palabra que define a Haidt.

Nada de esto significa ignorar el problema. Las plataformas sí diseñan productos para enganchar la atención de los usuarios. Pero prohibir por edad empuja a los adolescentes hacia plataformas sin control o a estrategias de evasión. Una cosa es corregir fallas de diseño y otra muy distinta prohibir de manera amplia el acceso a herramientas que también ofrecen beneficios educativos, sociales, económicos y democráticos.

México debe separar el diagnóstico correcto del remedio exagerado. Regular el gancho, no prohibir la pesca. Si México copia la receta de Haidt sin adaptarla a nuestra infancia, no salvará al niño del agua sucia. Se quedará sin niño y sin agua.

X: @beltmondi

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Jorge Bravo

Presidente de la Asociación Mexicana de Derecho a la Información (Amedi). Analista de medios y telecomunicaciones y académico de la UNAM. Estudia los medios de comunicación, las nuevas tecnologías, las telecomunicaciones, la comunicación política y el periodismo. Es autor del libro El presidencialismo mediático. Medios y poder durante el gobierno de Vicente Fox.

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