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¿Quién reconstruye a las personas?

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OpiniónEl Economista

Casi siempre sabemos qué hacer cuando ocurre una tragedia. Se organizan centros de acopio, llegan alimentos, agua, medicinas y ropa. Personas, empresas, organizaciones y gobiernos encuentran la manera de ayudar. La solidaridad aparece casi de inmediato y, con ella, la esperanza de reconstruir aquello que el desastre destruyó.

Sin embargo, existe una pregunta que pocas veces forma parte de esa conversación: ¿quién reconstruye a las personas?

Porque una emergencia a menudo dura unos segundos, pero sus consecuencias emocionales pueden permanecer durante meses o incluso años.

Las imágenes que llegan después de un sismo suelen mostrar edificios colapsados, calles fracturadas o comunidades enteras que intentan recuperar la normalidad. Lo que casi nunca aparece son las noches sin dormir, el miedo permanente, la culpa de quien sobrevivió mientras otros lo perdieron todo o la sensación continua de alerta que muchas personas experimentan cuando el peligro ya terminó.

Esas heridas no dejan escombros.

La Organización Mundial de la Salud reconoce la atención psicosocial como un componente esencial de la respuesta ante emergencias. Aun así, la salud mental continúa como uno de los últimos elementos en incorporarse a la ayuda humanitaria. Primero reconstruimos viviendas, hospitales, escuelas y carreteras; después, si existen recursos suficientes, pensamos en el bienestar emocional.

Creo que esa lógica necesita cambiar.

En las últimas semanas he conocido historias de jóvenes venezolanos que conservaban su casa, pero no podían dormir. Otros sentían culpa porque su familia estaba a salvo mientras personas cercanas enfrentaban pérdidas irreparables. También escuché a quienes dedicaron cada minuto a ayudar a otras personas hasta descubrir que ellos mismos necesitaban apoyo.

Ninguno presentaba una lesión visible. Todos compartían algo en común: el desastre seguía ocurriendo dentro de ellos.

Con frecuencia pensamos que la reconstrucción termina cuando regresan la electricidad, el agua o los servicios básicos. No obstante, una comunidad difícilmente puede recuperarse por completo mientras quienes la integran continúan atrapados por el miedo, la ansiedad o el trauma.

La reconstrucción física y la reconstrucción emocional no compiten entre sí, pero se necesitan mutuamente.

Cuando una persona pierde la sensación de seguridad también enfrenta mayores dificultades para volver a estudiar, trabajar, cuidar de su familia, tomar decisiones o participar en la recuperación de su comunidad. Por eso, la salud mental no representa únicamente un tema clínico; también forma parte de la capacidad de una sociedad para levantarse después de una crisis.

Quizá ha llegado el momento de ampliar nuestra idea de solidaridad.

Hemos aprendido que ayudar consiste en donar víveres, medicinas, ropa o recursos económicos. Todo eso seguirá siendo indispensable. Pero hoy también sabemos que escuchar, acompañar y garantizar atención psicológica profesional puede cambiar el rumbo de una persona que intenta comprender lo que acaba de vivir, lo que acaba de perder y  la sacudida emocional que eso conlleva.

La ayuda humanitaria necesita incorporar una pregunta que durante demasiado tiempo permaneció fuera de la conversación: ¿qué ocurre con quienes sobreviven cuando la emergencia termina?

Porque sobrevivir no siempre significa sentirse a salvo.

Cada vez veremos con mayor frecuencia fenómenos naturales, desplazamientos, conflictos sociales y otras crisis que pondrán a prueba nuestra capacidad de respuesta. Ojalá también evolucionemos en la manera de entender la reconstrucción.

Reconstruir no consiste únicamente en levantar muros o reparar carreteras. También significa devolver a las personas la posibilidad de dormir sin miedo, confiar nuevamente en el futuro y descubrir que no tienen que atravesar solas aquello que vivieron.

Tal vez la verdadera reconstrucción no comienza cuando desaparecen los escombros, sino cuando alguien vuelve a sentirse seguro para retomar su vida. Eso mismo es  lo que deseamos hoy para Venezuela.

La autora es especialista en políticas públicas para juventudes y salud emocional. Creadora del Hospital de las Emociones de la Ciudad de México.

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