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Opinión

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Menos prohibiciones de teléfonos, más maestros

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Jorge Bravo | En comunicación

Jorge Bravo

Los estudiantes le prestan más atención a su smartphone porque sienten que nadie les presta suficiente atención a ellos. La afirmación incomoda porque desplaza el centro del debate del dispositivo hacia la escuela, el sistema educativo y el derecho de acceso a la tecnología.

Mientras en México se discute prohibir los teléfonos en las aulas e incluso dilapidar recursos públicos en casilleros para guardarlos, evitamos la conversación importante. La crisis educativa y de salud mental no se resolverá retirando una tecnología sino poniendo más maestros formados y capacitados frente a menos alumnos, con mejores estrategias pedagógicas y clases capaces de competir por la atención de los estudiantes.

La prohibición del celular es una puerta falsa. Es cierto, los teléfonos distraen. Interrumpen. Facilitan el plagio. Exponen al ciberacoso y reducen la concentración. Nadie discute esos efectos. Lo que merece deliberación es la conclusión de que prohibirlos sea la mejor política pública.

La evidencia científica no permite afirmarlo con certeza. Algunas investigaciones encuentran mejoras modestas en el rendimiento escolar o en la convivencia con restricciones bien aplicadas. Otras no observan cambios significativos en el aprendizaje, el bienestar o el acoso escolar. Para la OCDE no existe suficiente información para sostener que una prohibición produzca los efectos esperados.

La UNESCO nunca planteó que los teléfonos deban desaparecer de las escuelas. Su recomendación es que la tecnología se utilice cuando aporte valor al aprendizaje. No es lo mismo prohibir que enseñar cuándo, cómo y para qué usar una herramienta digital.

Como profesor universitario he preguntado a los alumnos si los celulares deben prohibirse en clase. Los estudiantes admiten que el teléfono es un distractor y una válvula de escape emocional ante la soledad. Sin embargo, la mayoría no pide prohibiciones sino reglas claras, límites razonables, que la tecnología deje de verse como un enemigo y se incorpore al aprendizaje.

También he comprobado que cuando la clase despierta curiosidad, cuando existe una estrategia didáctica, cuando los alumnos se mueven, participan, discuten, interactúan, construyen ideas juntos y sienten que el profesor está realmente presente, el teléfono deja de ser protagonista. No desaparece, pierde importancia. ¿Realmente el smartphone es el problema? Utilizamos el teléfono para ocultar las deficiencias de un sistema educativo que ha descuidado la formación docente, la innovación pedagógica y las condiciones de enseñanza.

Existe evidencia científica de que los grupos pequeños favorecen el aprendizaje, permiten mayor retroalimentación, fortalecen el vínculo entre profesor y estudiante y mejoran la atención individual. La investigación educativa muestra que los docentes trabajan mejor cuando pueden conocer a sus alumnos y adaptar las estrategias a sus necesidades.

En cambio, nos asignan grupos de 30, 40 ó 50 estudiantes. Yo he tenido grupos de 80 alumnos inscritos. Pero nos sorprende que una pantalla resulte más atractiva que una clase donde el alumno apenas existe para el profesor. Los maestros hacen un esfuerzo extraordinario con recursos limitados y grupos imposibles. Ninguna estrategia pedagógica puede desplegar todo su potencial cuando un docente debe atender a decenas de estudiantes.

Resulta preocupante que los gobiernos estén dispuestos a destinar recursos para comprar bolsas de seguridad o archiveros destinados a guardar teléfonos. Ese dinero tendría un impacto mucho mayor si se utiliza para contratar más profesores, reducir el tamaño de los grupos, actualizar programas de formación docente o incorporar metodologías activas de aprendizaje.

Francia fue pionera al restringir el uso de teléfonos en educación básica. El número de países que adopta restricciones sigue creciendo. La proliferación de estas políticas no significa que su eficacia esté plenamente demostrada. La OCDE advierte que la aplicación es desigual y que muchas escuelas con prohibiciones continúan registrando un uso frecuente de teléfonos.

Guardar el celular durante la clase es una buena práctica. Pero debería surgir del convencimiento de una cultura escolar compartida, no de una imposición que reduzca la discusión a vigilancia y castigo. La escuela debe formar ciudadanos capaces de autorregular su conducta, ejercer y defender derechos con responsabilidad. Esa competencia es más útil que obedecer una prohibición.

La autoridad va a ocasionar un síndrome de abstinencia en el cual lo primero que quiera el estudiante no sea salir al recreo, convivir o jugar, sino revisar sus notificaciones. Los beneficios que buscan quienes promueven estas restricciones son legítimos. Más atención. Menos distracciones. Mejor convivencia. Menor ciberacoso. Mayor rendimiento académico. Más salud emocional.

¿Esos objetivos pueden alcanzarse con mejor educación? La respuesta es un rotundo sí. Un profesor preparado, con tiempo para conocer a sus estudiantes, con grupos reducidos y estrategias didácticas eficaces consiguen esos resultados sin convertir al teléfono en el enemigo público número uno.

Por más sofisticado que sea el smartphone, nunca será superior a la atención que se le preste a un estudiante, a la creatividad, imaginación, juego, participación o interacción que despierte un docente formado y comprometido. El debate político busca la salida fácil. El celular ofrece un culpable visible. La educación exige reformas profundas, costosas y políticamente menos rentables.

Como docente entiendo la frustración y la humillación de hablar frente a estudiantes que prefieren mirar una pantalla. Pero sería injusto responsabilizar a los estudiantes. Cuando un alumno encuentra más estímulos en su teléfono que en el aula y el conocimiento conviene preguntarse qué ocurre dentro de la escuela antes de señalar qué sucede en la palma de la mano.

La educación nunca ha ganado prohibiendo tecnologías, sino enseñando a usarlas con criterio. Si queremos recuperar la atención de los estudiantes, la respuesta no está en esconder teléfonos, sino en habilitar aulas donde suceda la magia: que alguien les preste genuina atención a los alumnos.

X: @beltmondi

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Jorge Bravo

Presidente de la Asociación Mexicana de Derecho a la Información (Amedi). Analista de medios y telecomunicaciones y académico de la UNAM. Estudia los medios de comunicación, las nuevas tecnologías, las telecomunicaciones, la comunicación política y el periodismo. Es autor del libro El presidencialismo mediático. Medios y poder durante el gobierno de Vicente Fox.

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