Lectura 4:00 min
La pobreza baja, el conformismo gubernamental sube

Antonio Domínguez Sagols | Columna invitada
Recientemente leí un estudio muy serio sobre pobreza y desigualdad en México en los últimos 50 años, que ha servido y que no, y vale la pena compartirles un resumen. Según el análisis del Centro de Estudios Espinosa Yglesias (CEEY), México pasó de tener cerca del 90% de su población en situación de pobreza en 1950 a 35.4% en 2024. Es una reducción histórica que ningún observador serio puede negar. Sin embargo, el verdadero problema comienza cuando el gobierno utiliza estas cifras para vender la idea de que el país avanza hacia una sociedad más justa.
Porque reducir la pobreza no es lo mismo que generar oportunidades.
Lo que el estudio del CEEY revela es una realidad mucho más incómoda para el discurso oficial: millones de mexicanos siguen atrapados en condiciones que limitan su movilidad social. Es decir, el lugar donde nacen continúa determinando en gran medida hasta dónde pueden llegar en la vida.
El gobierno celebra transferencias, becas y apoyos económicos como si fueran la solución definitiva. Pero una política pública no puede evaluarse únicamente por el dinero que reparte, sino por su capacidad para romper ciclos de desigualdad sustantiva. Y ahí los resultados son mucho más modestos. De poco sirve sacar temporalmente a una familia de una medición estadística de pobreza si sus hijos seguirán enfrentando escuelas deficientes, servicios de salud precarios, empleos informales y escasas posibilidades de ascenso social.
La evidencia presentada por el CEEY es contundente: una gran proporción de quienes viven en pobreza laboral permanecen atrapados en esa condición incluso después de un año. Esto significa que la pobreza sigue siendo persistente y que las oportunidades para escapar de ella son limitadas.
Lo preocupante es que la narrativa gubernamental ha sustituido la discusión sobre movilidad social por una discusión exclusivamente asistencial. Se habla mucho de cuánto dinero se entrega y muy poco de la calidad de la educación, de la primera infancia, de la productividad, de la innovación o de la generación de empleos bien remunerados.
La historia demuestra que las mayores reducciones de pobreza no ocurrieron únicamente por programas sociales. El estudio identifica que los avances más significativos en estos últimos 70 años estuvieron acompañados por crecimiento económico sostenido, inversión pública en infraestructura, expansión educativa y estabilidad económica. Hoy, en cambio, pareciera que se pretende convencer a la ciudadanía de que las transferencias monetarias pueden sustituir a una estrategia integral de desarrollo.
Considero que el fracaso más grave de cualquier gobierno no es que existan personas pobres; es que existan jóvenes cuyo futuro está prácticamente escrito desde antes de nacer. Mientras el origen siga pesando más que el mérito, el talento o el esfuerzo, hablar de justicia social será más propaganda que realidad.
México necesita dejar de medir el éxito únicamente por la reducción de la pobreza y comenzar a medirlo por ciudadanos que entran a un programa social y gracias a este dejan de necesitarlo y lo dejan. Es decir, salir de la pobreza por apoyo social puede ser artificial, el apoyo social debe catapultar al ciudadano para eventualmente no necesitar de él. Un gobierno verdaderamente progresista no debería conformarse con administrar la pobreza; debería empeñarse en hacerla innecesaria.
Porque si después de 75 años de políticas públicas el código postal sigue siendo más importante que el potencial de una persona, entonces el problema no es la falta de recursos. Es la falta de visión.


