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El que piensa, pierde

Manuel Ajenjo | El privilegio de opinar
Tengo amigos de derecha y amigos de izquierda. Lo cual es una demostración de mi amplitud de criterio. Algunos son de derecha moderada; otros, de izquierda razonable. Con ellos se puede conversar, discutir y hasta disentir sin que nadie arroje la taza de café ni acuse al otro de traidor a la patria. El problema son los fanáticos. Ésos que no tienen ideas políticas: las ideas políticas los tienen a ellos.
El fanático es aquel que defiende una idea, una creencia, o una causa con pasión tan exagerada que termina por perder de vista aquello que supuestamente defiende. Para él sólo existe su punto de vista. Los demás están equivocados: son idiotas, corruptos, vendidos, fascistas, chairos, fifís, o hasta ‘progres buena ondita’.
Winston Churchill los definió de manera magistral: “Un fanático es alguien que no puede cambiar de opinión ni quiere cambiar de tema”. Veámoslo de manera hiperbólica: Uno empieza hablando del clima: -Parece que va a llover - ¡Eso es lo que quieren hacerte creer los de la derecha! O: -Hace mucho calor. - ¡Claro! ¿Cómo no va a hacer calor si estamos rodeados de gobiernícolas, zurdos de mierda?
Con ellos no existe asunto que no esté involucrado con su ideología. El precio del aguacate, el futbol, las películas en cartelera, la falta de agua, el tráfico, la gripe o la diarrea, terminan inevitablemente en López Obrador, Morena, el PAN, Trump, Calderón, Alito, Cuba, Venezuela o el neoliberalismo.
El fanático de izquierda está convencido de que todos los gobiernos de izquierda son buenos y, si alguno resulta malo, seguramente fue por culpa de la derecha. El fanático de derecha sostiene exactamente lo contrario: cualquier gobierno derechista es bueno y, cuando fracasa, la izquierda lo saboteó. Ambos poseen una extraordinaria ventaja intelectual: jamás tienen que pensar.
Pensar produce dudas y la duda es peligrosísima. Puede conducir a algo tan grave como cambiar de opinión o hacer ésta menos rígido, más moderada. Esto es difícil porque el fanático no cambia de opinión, esta acción la considera una claudicación moral.
Si ayer aseguró que determinado político era un sinvergüenza y hoy ese mismo político se incorpora a su partido, inmediatamente descubre en él virtudes que hasta entonces permanecían cuidadosamente ocultas. Y si ocurre al revés y el antiguo compañero se pasa al adversario, en cuestión de horas deja de ser un patriota ejemplar para convertirse en una rata despreciable. La rata, por supuesto, no cambió. Cambió de partido.
Son como Gabino Barrera, no entienden razones.
El dibujante y escritor catalán Jaume Perich escribió una definición insuperable: “Un fanático es un individuo que tiene razón aunque no tenga razón”. Discutir con un fanático es inútil porque posee un sistema de defensa perfecto contra la realidad. Si una noticia favorece a los suyos, es periodismo independiente; si los perjudica, es una campaña mediática. Si una encuesta les da ventaja, refleja el sentir popular; si los pone abajo, está cuchareada. Si un juez condena al adversario, se hizo justicia; si investiga a uno de los nuestros, estamos ante una persecución política. No hay manera de perder.
Y aquí aparece la paradoja: los fanáticos de izquierda y derecha se odian porque son idénticos. Cada uno acusa al otro de intolerante, sectario, cerrado, manipulado e incapaz de aceptar argumentos contrarios. Los dos tienen razón. Son gemelos ideológicos separados al nacer: uno fue entregado a la izquierda y el otro a la derecha. Desde entonces se insultan en las redes sociales sin sospechar el parentesco.
Discutir con un fanático es como intentar abrir una puerta que está cerrada con llave. Sin embargo, yo, fanático del antifanatismo, sigo abrigando la esperanza de convencerlos algún día de que ningún político merece nuestra fe incondicional; que los gobernantes son servidores públicos, no santos patronos; que se puede apoyar una causa sin entregar para ella el cerebro; y que reconocerle razón al adversario no provoca la pérdida automática de nuestras convicciones.

