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Opinión

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¿El perreo pasó de moda? El rock está haciendo un comeback en las playlists adolescentes

Jacinta Bogavante y Perico Togarashi reflexionan sobre el arte de mover las caderas y agitar las cabelleras.

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OpiniónEl Economista

Concepción Moreno

Es una tarde vibrante en la casa de José Azeite y Jacinta Bogavante: es el cumpleaños número trece de la avispada Jacinta. Como Azeite de adolescentes entiende lo mismo que de bioquímica dinámica cuántica (lo que quiere decir que sabe un poco, pero no la entiende a nivel doctoral, como sería su com odidad), decide confiar en que su ahijada controlará las pulsiones de los invitados a su fiesta.

Jacinta invitó a Pacífico Togarashi, también conocido como Perico, a que le ayude a organizar la botana y las cocas frías. Perico, sobrino de Magnífico Togarashi, enemigo a muerte de Azeite, nunca se siente cómodo en la casa de Jacinta. Siempre teme que Azeite lo corra o al menos lo mire con malos ojos y eso le rompería el corazón. Perico adora a Jacinta, ama sus largas tardes jugando damas chinas y Texas hold’em. En temporada de americano ambos arman sus equipos de fantasy y apuestan botes de helado. Jacinta y Perico son buenos amigos sin la intervención de los adultos que los criaron.

Jacinta está ajustando la playlist. Parte clave de cualquier fiesta que se respete, la playlist debe responder a las diferentes etapas del festejo: el precopeo ha de ser una invitación a la alegría pero también a la mesura, que la fiesta apenas comienza. Luego, una vez todos más o menos entonados se viene el poder: bailemos a más no poder, los cuerpos transpiran, las pasiones se encienden. Ya para el final es importante poner la música que disfrutan los happy few que se quedan a los epílogos del aquelarre, casi siempre los amigos de verdad que comparten playlists a las que todos van aportando.

Los adolescentes de hoy en día tienen menos paciencia pero también un paladar educado en lo hip, la mezcla. Hacer tu playlist basada en Tik Tok puede ser buena idea para una fiesta en la que todos hacen de dj.

Por supuesto en una fiesta de trece años no puede haber precopeo y las pasiones son más sutiles, incipientes y en todo caso incómodas para adolescentes tempranos a los que les crecen primero los brazos que la piernas y tienen narices muy grandes en sus rostros todavía niños. But still, una fiesta es una fiesta. Y la playlist ha de organizarse con arte, con la sabiduría que Jacinta tiene para los momentos importantes de la vida.

Perico, cargando unas bolsas aparatosas y gigantes de cheetos bola, se acerca a revisar la bendita selección musical.

—Oye, Jacinta, ¿no crees que estás poniendo demasiado rock y muy poco reguetón? O sea, está chingón David Bowie para empezar pero esa música es como para ancianos. Nadie va a entender la puta vibra.

—En las buenas fiestas—contesta Jacinta después de lanzar un suspiro de impaciencia—también hay que confiar en los invitados. La comillas puta vibra comillas se hará entender ella sola porque para eso está la artesanía escondida de organizar las canciones.

Playlist tras playlist pasa frente a los ojos de Perico: Jacinta está canibalizando las canciones que ambos escuchan en sus tardes compartidas. Mucho Olivia Rodrigo, muy poco Anuel AA. Caray: Omar Courz y Feid aparecen hasta una vez pasada la marca de la primera hora de música. Uno pensaría que el Tropicoqueta de Karol G y el DtMF de Bad Bunny serían incluidos, pero no: ni siquiera están en el momento culminante de bailar con desenfreno. Son mero relleno en una programación que va desde Taylor Swift a The Pretenders, de Rammstein a Blur, pasando de Rosalía a Nirvana, y de regreso a Pearl Jam y un poco de Moby.

(¿Qué pasó con el perreo en pleno 2026? ¿Será que los adolescentes están descubriendo el pasado? Puede ser. Además del chasco que algunos púberes se llevaron al enterarse de que Nirvana no era una marca de ropa casual y que los pantalones bombachos que les gustan son iguales a los que llevaron sus padres en 1999, también hay que agregar el de enterarse que la buena mùsica que llega a su Spotify no se compuso toda entre 2020 y 2026. A veces la música de ancianos también está chimba, como dice la chaviza).

Jacinta se quita de encima la mirada metiche de su amigo del alma. “El perreo no es todo lo que existe, ¿sí sabías, Perico?”.

—Aparte—explica Jacinta como quien se detiene ante un artista cuya obra es medio boba—el otro día ví a mi padrino viendo la tele y pasaban reguetón en el programa de la mañana de Televisa. Bien se sabe, Perico, que cuando un hito cultural llega a la tele abierta ya se murió.

—¡La muerte del reguetón! Palabras mayores, Jacinta.

Aunque Jacinta y Perico son adolescentes anticuados y sensibles, también crecieron con su dosis de música urbana y regional. Incluso en su cumpleaños 12 Jacinta recibió de manos de su padrino Azeite el Diccionario de la Real Academia del Perreo (Grijalbo). Compilado por El Aletz, el libro es una divertida guía de las palabras peculiares que animan la cultura del género urbano latinoamericano.

Jacinta se lo leyó de portada a contraportada y llegó a la secundaria usando términos como “pariguayo” (alguien que carece de astucia y destreza social: Perico es medio pariguayo) o estar en “pámpara”, que significa estar en la mera cima, arriba de todos los demás, la meta de todo adolescente, la puta aura. Otros términos útiles: “chimba”, “chanteo”, “pololo”, “malianteo”. Significan, en orden: cool; parte rapeada de las canciones; novio o novia, un término prestado del slang sudamericano; y el reguetón que habla de la vida dura en el barrio.

Pero eso fue hace un año. Y en un año pasan muchas cosas. Primera cosa: a Jacinta le gustó el Guts de Olivia Rodrigo, Aunque es un álbum que salió hace un rato, a Jacinta se lo aventó el algoritmo un día que estaba buscando música para un videíto de su padrino bailando, sin música y medio pasado de copas, en su estudio. Topó primero con “When I grow up”, de una tal banda noventera Garbage, y le hizo gracia. De repente estaba perdida en un hoyo de gusano de rock alternativo y, buscando música más de su generación que sonara igual, zaz: Olivia Rodrigo.

Y es que la Rodrigo, se enteró luego Jacinta, creció escuchando la música alternativa que ponía su mamá. Bandas como Breeders, Veruca Salt, Hole o Bikini Kill, de esas que crearon las mujeres que se impusieron al muy machista mundillo del rock. Las riot girrrls, las verdaderas. Esa es la única vibra que Jacinta necesita hoy en día.

Muchas bandas contemporáneas suenan al rock alternativo de los noventa y el principio de nuestro siglo. Jacinta también descubrió a Momma, Die Spitz, Geese y Wisp, proyectos que en pleno 2026 están sonando como si se hubiera formado en 1998, todas bandas de chavitos que apenas rebasan los veinte y que, como Jacinta, descubrieron el rock alternativo en su infancia, que para muchos de ellos fue la pandemia.

Las sensibilidades modernas funan a personajes de esas épocas lejanas, como Billy Corgan, líder de los Smashing Pumpkins, que hace unos días declaró que se ligó a su esposa cuando ella era una adolescente y él un señor bien metido en sus treintaintantos. Asco, don.

Pero así como hay figuras que caen en desgracia, también hay otras que se han revalorado como Courtney Love, frontwoman de Hole, o Shirley Manson, vocalista de Garbage. A Love se le respeta aunque su juventud fue un desmadre y hoy es muy vocal sobre la vida de excesos y la necesidad de que las niñas y jóvenes también tengan modelos más recias que canten algo más intrigantes que las canciones de Taylor Swift. Shirley Manson tiene el buen tino de siempre ponerse del lado correcto de la historia y cuestionar a poderosos y megaricos. Está bien, a veces, tener 16 forever.

—Deja de querer meter mano a mi música y mejor organiza que haya suficientes papas, ándale—exige Jacinta a Perico, que se ha quedado con la palabra en la boca: quiere bailar pegadito “La bachata” de Manuel Turizo con alguna chica mala. Pero ni hablar, si Jacinta quiere pura música de gente de edad provecta en su cumple, pues ni pedo. Sin embargo, cuando empieza a sonar “What I am” de Eddie Brickell and New Bohemians Perico no tiene más remedio que tararear el estribillo y aprenderse esa letra medio cínica pero al mismo tiempo entrañable. Quizá el rock no sea tan mala idea para la fiesta.

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