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Opinión

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Los periódicos que mantienen vivas a las democracias

Imposible entender la democracia sin la libertad de prensa, pero el futuro de ésta está tan en riesgo como la de la propia democracia.

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OpiniónEl Economista

Concepción Moreno

Tengo veinte años viviendo de escribir. En esas dos décadas a veces he sido periodista. No estoy siendo modesta: una cosa es escribir reseñas y una columna semanal en este diario que está leyendo usted y en el que he hecho prácticamente toda mi carrera, otra muy distinta es hacer grandes reportajes o ser el maestro de la nota diaria que sabe encontrar la historia precisa de cada día. No es mi caso. Antes de sentarme a escribir necesito tiempo, respirar hondo veinte veces, y sacarme la ansiedad y el síndrome del impostor de encima.

Pero he de decir que cuando me atrevo a ser periodista soy muy feliz. En la última temporada The Wire, mi serie favorita de todos los tiempos, se explora la vida diaria de los periodistas del Baltimore Sun. En la redacción del periódico hay una frase en letras de oro, una cita del escritor H.L Mencken que dice, palabras más o menos, que de todos los oficios que ejerció ninguno le apasionó y divirtió tanto como el de cubrir la noticias. “Es de verdad la vida de los reyes”, remata Mencken.

La vida de los reyes es también el oficio de los bufones.

Lo digo sin escarnio, respeto mucho a los bufones, en especial a los de la variedad shakesperiana: nadie confronta de manera más directa al rey que los bufones del Bardo. Al payaso nadie le hace caso, me dirán. Tal vez el rey deja pasar por alto las bufonadas (en general porque no las entiende), pero el público sabe que el burlón es certero y confía en él. Así los periodistas: desnudan al poder con sus preguntas imprudentes y molestas. Su responsabilidad está con su público, es a él a quien le dan el servicio público de la información.

Imposible entender una democracia sin el papel cuestionador de los diarios. Las líneas editoriales de los diversos medios permiten narrar la verdad desde distintas esquinas —en una democracia habrá siempre diarios de diversas inclinaciones— y la nota del día, el periodismo de investigación, las entrevistas, las crónicas, las columnas de opinión y hasta los trascendidos de cada medio completan-sin-completar (pues siempre queda un espacio vacío para el juicio de quien lee/mira/escucha/scrollea) la perspectiva compleja que el público necesita y merece. La democracia requiere de ese estallido de voces puesto que es el gobierno de la diversidad por antonomasia.

La credibilidad y la veracidad son el asset más valioso del periodismo. Cuando falta, el periodista se vuelve porrista o propagandista. Escribe o habla únicamente para su “voto duro”, los que de por sí van a estar de acuerdo con él, esa audiencia que solo busca confirmar su opinión sea con evidencia o sin ella. El peor representante de este subgénero es el periodista conveniente para el poder, sea este el poder electo en las urnas o los poderes que llamamos fácticos (las grandes corporaciones o el crimen organizado, por citar dos). Es el vocero de facción que es capaz de publicar mentiras para defender a sus patrones.

Quisiera decir que una vez perdida la ética de la veracidad se acabó la carrera del periodista. La realidad no es así, como bien sabemos en México. El fenómeno del periodista vendido existe en todas partes con mayor o menor presencia. Se pensaría que en las democracias más funcionales (o lo que queda de ellas) estos reporteruchos son cada vez los menos, pero medios como Fox News en Estados Unidos o The Sun en Reino Unido desmienten esa versión. Si algo todavía podemos rescatar de la tradición anglosajona es la figura del fact-checker, ese redactor que se dedica especialmente a revisar que cada dato de un reportaje sea cierto.

En las democracias incipientes como la nuestra, en las que los periodistas apenas están comenzando a cosechar una nueva credibilidad, todavía abundan entre nosotros el “chayotero”, como se le dice en el oficio al reportero al que se compra con algún regalito o soborno. El crimen organizado, el poder fáctico que domina nuestro presente, no sólo soborna, también amenaza, desaparece y asesina al periodista incómodo. Ser veraz hoy es un deporte extremo y la mayoría de los medios tiene esa papa caliente en las manos. Los reporteros del narco tienen que esconderse y optar por canales subterráneos para seguir publicando con cierta libertad.

Vivimos la era de la desatención y la demasiada información, con el resultado paradójico de que nos hemos vuelto acríticos. Hoy importa más lo cómodo que lo cierto. Por eso podemos decir que el futuro del diarismo está en riesgo. Y con él también el de la democracia. Vivimos una época de ascenso alarmante del autoritarismo y, unido a las conexiones negras y subyacentes del crimen organizado, se quiere callar a toda voz peligrosa.

En este paisaje tan desolado, el escritor español Javier Cercas todavía mantiene la esperanza. En su libro más reciente rinde homenaje al periodismo contemporáneo desde una perspectiva entrañable, hasta diría que tierna. En El periódico de la democracia (Random House) Cercas hace una suerte de biografía muy personal como lector y luego colaborador del diario El País. Para el autor, la democracia española habría tenido una transición más complicada sin la existencia de ese periódico, hoy el diario más importante de habla hispana.

El primer número de El País salió el 4 de mayo de 1976. Como narra Cercas, el cadáver de Francisco Franco todavía estaba fresco y los partidos políticos seguían siendo ilegales en España. El País fue un concepto innovador para su tiempo y también una labor de riñones, como se dice en la tauromaquia: en ese caldo de cultivo en el que democracia y autoritarismo seguían compitiendo cuello a cuello, lanzar un periódico más bien liberal, aunque casi siempre moderado, era un acto de valentía cuando no de temeridad.

Una prueba de ese valor: cuando el 1981 un grupo de militares quiso dar un golpe de Estado ocupando a tiros el parlamento, un grupo de tareas de los golpistas fue enviado a tratar de tomar la redacción. Así de trascendente era El País, un diario percibido como amenaza: callarlo era prioridad. Desde ese estado de guerra los periodistas de El País fueron los primeros en denunciar el golpe con un número extraordinario que salió esa misma tarde.

Cercas, colaborador por décadas de El País, comenzó como lector del diario: “el periódico que leo desde que leo periódicos”, nos dice. Cercas no se considera a sí mismo periodista pero gracias al diario ejerció como tal muchas veces, haciendo crónica, crítica y columna. En sus páginas Cercas ensayó muchas veces sus novelas. Sin El País el Cercas literario sería imposible.

El periódico de la democracia es sobre todo la invitación a leer El País, como si Cercas nos llevara de la mano al estanquillo para presentarnos el periódico dueño de su admiración. Por eso digo que todo el asunto es hasta tierno: el escritor que rinde tributo a sus ídolos del periodismo como si se tratara de un fan hablando de la banda de rock a la que siempre soñó pertenecer. La diferencia es que Cercas sí es miembro de la banda, uno estelar.

Por el libro se pasean los personajes de El País: José Ortega Spottorno, fundador del periódico, e hijo del filósofo José Ortega y Gasset para mayor dato; Juan Luis Cebrián, su primer director; Francisco Umbral, colaborador catrín y deliciosamente mala leche que lo mismo escribía sobre sociales que sobre arte o política, una mente como un cajón de sastre en la que cabían sin contradecirse dos ideas simultáneas, un Óscar Wilde español.

Cercas tiene la fortuna de formar parte de esa alineación desde hace treinta años y El periódico de la democracia es un agradecimiento a esa buena suerte, a ese oficio de escribir en el periódico más importante de la democracia española. Quien busque trapos sucios tendrá que ir a otras instancias. No hay mucha autocrítica en el libro, quien quiera leer sobre las crisis y controversias por las que ha pasado El País y Prisa, el conglomerado empresarial que es su dueño, tendrá que ir a otra ventanilla.

Regreso a The Wire. Un par de periodistas del Baltimore Sun, hombres curtidos al calor de la redacción, hablan sobre sus razones para dedicarse al oficio. Uno de ellos tiene un recuerdo claro: de niño en el metro ve a un señor que lee el periódico, muy serio, muy concentrado. El periodista que recuerda dice: “Me pareció la persona más inteligente del mundo”.

Los lectores de periódicos en papel son anacrónicos, pero cuando los veo en la calle (o en casa, mi padre sigue leyendo en papel) pienso siempre en ese momento de The Wire. El hombre más inteligente del mundo que lee un diario. La vida de los reyes.

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