Lectura 3:00 min
El país del micrófono y los otros datos

Enrique Campos Suárez | La gran depresión
A unas horas de que se entregue el Informe de Gobierno, la maquinaria de propaganda oficial ya ha anticipado lo que no es ninguna sorpresa: una narrativa triunfalista alejada de la realidad. En las mañaneras, la Presidenta acostumbra a desestimar la veracidad de los datos macroeconómicos y apela a una supuesta bonanza que solo existe en el discurso político, el cual sabe que tiene impacto en ciertos grupos sociales.
Por eso, por increíble que parezca, pueden presentar el nivel de satisfacción personal, recién reportado en el Módulo de Bienestar Autorreportado (BIARE), como un triunfo gubernamental.
El mexicano se declara conforme por resiliencia personal o vínculos familiares, no como un reconocimiento al régimen. Que esos mismos mexicanos felices dejan sentir que seis de cada 10 califican su ciudad como peligrosa, eso sí es responsabilidad gubernamental.
Esta disonancia entre la retórica y el mundo real tiene un costo muy elevado para la economía. Mientras en Palacio Nacional se presumen los “otros datos”, los indicadores duros del Inegi y del Banco de México retratan una economía con poco que festejar.
Tras ocho años de este proyecto político, el crecimiento del Producto Interno Bruto per cápita refleja un estancamiento dramático. No solo ya perdimos una década de desarrollo, sino que las decisiones de la Cuarta Transformación levantaron un muro a las posibilidades futuras de crecimiento ante la falta de infraestructura logística, energética e hídrica, el deterioro democrático, el desmantelamiento institucional y la falta de certeza jurídica.
El enorme costo fiscal heredado por la administración anterior hace de éste un octavo informe, más allá de la decisión de continuidad política sin mover una coma; la década perdida incluye el costo de oportunidad de un desperdicio fiscal descomunal esfumado en los elefantes blancos: Dos Bocas, Tren Maya, AIFA. Son esos gastos improductivos los que amarran las manos a este gobierno para aplicar su propio plan de infraestructura; el presupuesto quedó empeñado en pagar sobrecostos y subsidios para mantener obras inviables.
Para los agentes económicos decisivos, como inversionistas, calificadoras y mercados financieros, el régimen perdió credibilidad. Los “otros datos” ya no convencen a nadie en la mesa de decisiones. Exhibir un mundo paralelo en las mañaneras genera primas de riesgo más altas, frena las inversiones y provoca lo que ya vemos en los mercados: la exigencia de un premio mayor por invertir en instrumentos de deuda.
El guión del mensaje político de mañana, que acompaña al segundo informe de Claudia Sheinbaum, es conocido: la ratificación de un modelo exitoso, desapegado incluso de los datos oficiales que cada día pierden más rigor. Los aplausos están garantizados, pero no la factualidad de la información económica que nos presentarán mañana.
Gobernar a fuerza de adjetivos matutinos no crea empleos de calidad, no genera infraestructura productiva ni frena la violencia.
A ocho años de distancia, la discrepancia entre el discurso y la estadística dura dejó de ser una mera estrategia propagandística para convertirse en un retroceso económico estructural.
El país del micrófono no anima las mesas de inversión ni surte la despensa familiar; pero la factura de sostener esa ilusión va a durar mucho más que la actual década perdida.

