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Opinión

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El Mundial, cortina de humo

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Lucía Melgar | Transmutaciones

Lucía Melgar

El Mundial no es (solo) una “fiesta deportiva”. Para el gobierno es también una cortina de humo, para distraernos de la corrupción y presunta complicidad de altos funcionarios con el crimen organizado; para maquillar su desprecio por la educación (SEP); justificar obras inútiles que agravan el caos vial capitalino; y difuminar la tragedia de las desapariciones. Como demostró la protesta general contra el “recorte” del ciclo escolar, el viejo truco ya no funciona.

Así, en la XIV Marcha de la Dignidad Nacional, organizada por redes de familiares de personas desaparecidas de todo el país, este 10 de mayo fue unánime en el Ángel (CDMX) el reclamo al gobierno federal, en particular a la presidenta Sheinbaum, por su indiferencia ante la tragedia que representan más de 133,000 personas desaparecidas. Con lenguaje futbolero, “para que nos escuchen”, varias oradoras expresaron su indignación porque se da prioridad y destinan recursos públicos al Mundial, mientras se pretende “borrar” las desapariciones y “no hay” dinero para la búsqueda de desaparecidos/as y la identificación de decenas de miles de restos humanos, tareas que corresponden al Estado y deberían ser prioritarias.

“No hay juego limpio con campos de exterminio”, clamaba una pancarta.

Con rabia, tristeza y contundencia, madres, padres, hermanos/as refirieron la desgracia y el riesgo que implica la búsqueda de sus familiares arrebatados/as por grupos criminales, desconocidos o agentes estatales: enfrentar a fiscalías negligentes o coludidas con criminales, como en Guerrero donde desaparecieron las pruebas contra policías municipales que se llevaron al hijo de Socorro Gil; recibir amenazas de criminales o agentes gubernamentales; tener que arriesgar la vida en “ lugares donde ni la policía entra”, padecer secuestros, ataques o desplazamiento forzado. O ser asesinadas, como Patricia Acosta y su hija Katia Jáuregui en Salamanca este 9 de mayo, y 20 buscadoras más.

En contraste con el discurso que se empeña en minimizar esta barbarie, las familias gritan: “No son hechos aislados, son crímenes de Estado”. Sus testimonios demuestran que en México sí hay desapariciones forzadas, que la violencia no ha cesado y que, lejos de acabarse, la violencia contra las mujeres y niñas sigue haciendo estragos en hogares y comunidades. “En el año de las mujeres, nos han dejado solas”, afirman quienes han tenido que recorrer hospitales, cárceles, calles, morgues o hurgar en fosas clandestinas desde hace décadas o meses, y no encuentran apoyo de las autoridades porque las fiscalías siguen permeadas de corrupción, negligencia o criminalidad y la Comisión de Búsqueda carece de recursos y voluntad política. Norma Andrade pide a la prensa que ponga en primera plana la sentencia de la CIDH sobre el feminicidio de su hija Lilia Alejandra, publicada en diarios el 10 de mayo, documento que nos recuerda la responsabilidad del Estado por estos crímenes y su impunidad desde 1994.

Pese a  su insensibilidad (política y humana), apelan  con una manta a la Presidenta: “Claudia Sheinbaum, recibe a las familias que buscamos. No seas como López Obrador”. Una voz le reclama que se reuniera con BTS pero a ellas las ignore. Apelan también a la ONU, cuya Asamblea debe discutir este crimen de lesa humanidad; a la sociedad – quizás indignada y solidaria pero apática.

Ayotzinapa fue una prueba patente de la existencia de desapariciones forzadas/toleradas por el Estado. No se ha resuelto. Teuchitlán sacó a la luz el horror del reclutamiento forzado y los campos de concentración y exterminio. ¿Qué se ha hecho un año después para castigar a los responsables e impedir que estos crímenes abominables continúen? La violencia criminal en Sinaloa ha provocado una “crisis humanitaria” con 4,000 desapariciones, 3500 homicidios y miles de desplazados/as (Adrián López de Noroeste). En vez de actuar con responsabilidad y urgencia, el gobierno defiende a su cuestionado gobernador y opta por el patrioterismo. 

¿Qué hace falta para que esta tragedia conmueva a la ciudadanía y la movilice?

¿Puede hablarse de democracia y “soberanía” ante tanta barbarie?

Lucía Melgar

Es profesora de literatura y género y crítica cultural. Doctora en literatura hispanoamericana por la Universidad de Chicago (1996), con maestría en historia por la misma Universidad (1988) y licenciatura en ciencias sociales (ITAM, 1986).

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