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Morena, ¿de qué lado masca la iguana?

Manuel Ajenjo | El privilegio de opinar
El domingo pasado, en su toma de posesión como la máxima dirigente nacional de Morena, Ariadna Montiel Reyes, frente a gobernadores, legisladores y funcionarios del partido expresó: “si alguien detecta corrupción en su gobierno, hay que hacer a un lado a quien esté en esas prácticas”. Traducido al lenguaje político del estado de cosas en el que vivimos dijo algo así como: si encuentras corrupción, denúnciala, siempre y cuando no implique incomodar a alguien importante.
La pregunta es inevitable: ¿compromiso real o retórica de temporada? Porque en México la corrupción ha sido tantas veces combatida en el discurso que ya debería estar extinta por decreto. Y, sin embargo, goza de cabal salud, hace ejercicio diario y hasta se da el lujo de cambiar de domicilio según convenga.
Ariadna fue más allá, prometió que “no se tolerará la corrupción en ningún gobierno surgido del movimiento”. Una frase de esas que suenan contundentes, pero que requieren algo más que voluntad verbal para sostenerse. Porque si Morena ha aprendido algo en sus años en el poder es que la corrupción no desaparece por filiación partidista; ni se evapora por decreto ideológico.
Pero el verdadero acto de fe llegó con la promesa de que los candidatos a las 17 gubernaturas en juego para 2027 deberán tener una “trayectoria impecable”. Uno piensa en ello y se imagina currículums planchados, biografías sin manchas, hojas de vida que podrían exhibirse en vitrinas de museo. El problema es que, en la política mexicana, lo impecable suele ser más una aspiración estética que una realidad verificable. Seamos francos, si la política nacional se rigiera por el estándar de “trayectoria impecable”, ¿cuántas boletas electorales se quedarían en blanco?
Aquí es donde la ironía se vuelve inevitable. Porque en política, la honestidad no suele ser un atributo certificado por laboratorio, sino una narrativa cuidadosamente construida. Y si algo ha demostrado Morena —como antes otros partidos— es su habilidad para convertir la narrativa en herramienta electoral.
“La honestidad es un mandato ético que no admite excepciones”, dijo Montiel Reyes, y uno quisiera creerle. De verdad. Pero la experiencia obliga a matizar el entusiasmo. Porque en la práctica, los mandatos éticos suelen encontrarse con realidades pragmáticas: alianzas incómodas, candidaturas necesarias, equilibrios de poder que no caben en discursos de pureza.
Prometer candidatos impecables es relativamente fácil; demostrar que lo son, ya es otro tema: Se requieren mecanismos claros, transparencia real y, sobre todo, la voluntad de sacrificar fichas propias cuando sea necesario. Y ahí es donde muchas cruzadas anticorrupción terminan convirtiéndose en ejercicios de simulación.
De cara a la elección del 27, el mensaje de la presidenta morenista parece más una declaración de intenciones que una hoja de ruta. Un intento de marcar distancia —al menos discursiva— con prácticas que han acompañado a la política mexicana desde tiempos inmemoriales. Pero también un recordatorio de que el principal adversario de Morena no siempre está fuera, sino dentro: sus propias contradicciones.
Si algo ha caracterizado al movimiento de la 4T es su capacidad para absorber figuras de distintos orígenes, trayectorias y, digámoslo con elegancia, niveles de pulcritud variable. La pluralidad, dirán algunos. El pragmatismo, dirán otros. El problema es que esa diversidad no siempre combina bien con el ideal de la impecabilidad.
Así que la pregunta no es menor: ¿veremos realmente una depuración interna o sólo un ajuste cosmético? ¿Habrá consecuencias para quienes no pasen el examen de conciencia o bastará con repetir el juramento en voz alta?
Si Morena quiere llegar al 27 con la bandera de la honestidad en alto, tendrá que demostrar que no se trata de un accesorio de campaña, sino de una práctica constante.
Por lo pronto, el discurso ya está dicho. El compromiso —al menos en papel— también. Falta lo más complicado: convertir la retórica en realidad. Poco debe de vivir quien quiera saber de qué lado masca la iguana.

