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Momento de definición con el fracking: ser o no ser

Luis Miguel González | Caja Fuerte
¿Qué pasará con el fracking en México? El tema está de regreso, luego de que Claudia Sheinbaum anunció que se está evaluando la posibilidad de que se emplee la fractura hidráulica para incrementar la producción de hidrocarburos.
No es un asunto menor lo que anunció la Presidenta. Para empezar, implica una desviación de la doctrina lopez obradorista que se opuso al fracking. Algunos grupos de la sociedad civil hablan incluso de traición.
¿Por qué hacerlo? No es una decisión tomada. Sheinbaum propone hacer los estudios que sean necesarios para tomar esa decisión. Argumenta que México necesita reducir la dependencia de Estados Unidos, en lo relativo al gas natural. A ellos les compramos hasta 80% del gas que necesitamos para producir electricidad.
Más allá de la soberanía en gas y electricidad, está todo lo relacionado con la crisis de producción de petróleo de Pemex. Hace 20 años, producía 3.4 millones de barriles diarios. Ahora produce un poco más de 1.3 millones. Para suavizar la cifra, se le añaden 300,000 de condensados y llegamos al total oficial, 1.6 millones barriles diarios. Estamos ante un caso de una crisis suavizada a través de la contabilidad creativa. Ningún otro país contabiliza los condensados para medir su producción petrolera.
El fracking podría detonar el “milagro” de dar la vuelta a la situación. México tiene en el subsuelo 66,000 millones de barriles de petróleo crudo equivalente en reservas no convencionales, según un informe elaborado por la Comisión Nacional de Hidrocarburos (RIP). Con el uso de la fragmentación hidráulica, la producción de petróleo podría incrementarse en 700,000 barriles diarios. En el caso del gas, las reservas de gas no convencional serían de 545 billones de pies cúbicos. Para poner esta cifra en perspectiva, hay que tomar en cuenta que cada día importamos alrededor de 6,500 millones de pies cúbicos.
¿Es el fracking un “superpoder” para defender la soberanía nacional y salvar a Pemex? O, por el contrario, ¿estamos abriendo la puerta a algo que provocará daños irreversibles al medio ambiente y agravará la crisis del agua en el norte de México? Esa es la cuestión. Veamos los argumentos.
El fracking es una técnica que implica inyectar agua, arena y productos químicos a alta presión para liberar los hidrocarburos que se encuentran en rocas porosas. El procedimiento ocurre a miles de metros de profundidad, pero su impacto no queda ahí. Los críticos nos recuerdan que se trata de un procedimiento que utiliza cantidades enormes de agua y usa productos químicos muy agresivos, que contaminan los mantos acuíferos subterráneos. Esto no es un asunto menor porque los yacimientos que contienen las reservas no convencionales se encuentran en la zona norte del país, fundamentalmente en los Estados que hacen frontera con Texas, capital mundial de la producción de hidrocarburos no convencionales.
Además de los problemas relacionados con el agua, los ambientalistas documentan que hay un incremento de la actividad sísmica y la liberación de sustancias que contaminan el aire y degradan la tierra.
El fracking polariza porque su impacto es enorme. Lo positivo y lo negativo. Puede generar cientos de miles de millones de pesos en riqueza y producir un daño ecológico significativo. La Presidenta promete una evaluación seria y pide tomar en cuenta que las técnicas de fragmentación hidráulica han evolucionado mucho en los últimos años. La llamada cuarta generación del fracking es más eficiente y menos contaminante. Los escépticos cuestionan la falta de transparencia de las empresas, ponen como ejemplo la “secrecía industrial” asociada a los químicos que se utilizan para perforar las rocas porosas.
Texas y Argentina son un par de ejemplos de “éxito” reciente en la explotación de reservas no convencionales. Texas nos sirve porque tiene una geología igual a del norte de México. Todo lo relacionado con Vaca Muerta en Argentina es interesante para nosotros, porque se trata de un caso de explotación en un país latinoamericano.
¿Qué pasará? La primera cuestión está relacionada con quién hará los estudios y qué tan transparentes serán los resultados. Suponiendo que haya condiciones para hablar en serio de fracking en México, deberemos resolver otros asuntos: certidumbre jurídica, incentivos correctos para las inversiones porque se necesitan decenas de miles de millones de dólares para “liberar la riqueza atrapada” y, por último, una autoridad con capacidad de vigilar... que ayude a que se desarrolle el potencial e impida que se produzca un desastre medioambiental. ¿Se puede ser petrolero y ecologista?


