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La innovación que crece en el sureste
El sureste mexicano cuenta con capacidades científicas para impulsar su economía; aprovecharlas requiere fortalecer la vinculación entre centros de investigación, empresas e inversión productiva.

Vidal Llerenas Morales | Columna Invitada
El sureste tiene una vitalidad científica que pasa desapercibida al tiempo que impulsa su desempeño económico. En sus centros de investigación se desarrollan tecnologías para atender problemas de la región, mejorar la producción agrícola y encontrar nuevos usos para los recursos disponibles. Estos avances representan oportunidades de desarrollo cuyo aprovechamiento depende, en buena medida, de la capacidad para vincular el conocimiento generado en el territorio con las actividades productivas de la región.
Ejemplo: el sargazo. Conocemos sus efectos sobre las costas y las dificultades que su acumulación representa para el turismo y el medio ambiente. Sin embargo, aprovecharlo como materia prima plantea una pregunta distinta: ¿qué conocimientos necesitan para transformar ese problema en una posibilidad productiva? En esa dirección trabaja el Centro de Investigación Científica de Yucatán, que desarrolló un tratamiento oxidativo para disminuir el contenido de lignina y metales del sargazo, dos componentes que dificultan su aprovechamiento. La invención abre nuevas posibilidades para utilizarlo como materia prima y obtener productos con valor agregado, como fertilizantes, antibacteriales, jabones y materiales de construcción. Llevar esta tecnología a una escala productiva requerirá evaluar sus posibles aplicaciones y las condiciones técnicas y económicas necesarias para hacerlas viables.
También se han desarrollado tecnologías para la micropropagación y el establecimiento en campo de plantas de piña, extractos botánicos para controlar plagas agrícolas y membranas para separar gases. Estas invenciones muestran la diversidad de capacidades científicas de la región y su potencial para fortalecer distintas actividades productivas mediante soluciones de mayor contenido tecnológico.
En la reciente edición de InnovaFest en Mérida, Yucatán, se entregaron títulos de patentes correspondientes a estos desarrollos, vinculados con necesidades y oportunidades de la actividad económica regional. Más allá del reconocimiento a quienes los hicieron posibles, el InnovaFest permitió poner sobre la mesa una cuestión central para la economía mexicana: cómo lograr que el conocimiento producido en nuestras instituciones encuentre mayores posibilidades de aplicación.
Una patente protege una invención y ofrece una base para establecer acuerdos sobre su aprovechamiento, pero no garantiza por sí misma que una tecnología llegue al mercado o se incorpore a los procesos productivos. Para ello se requieren empresas interesadas, inversión y condiciones que permitan adaptar los desarrollos a necesidades concretas. Cada proyecto necesita una ruta que considere sus costos, sus posibles usuarios y la viabilidad de su aplicación.
De ahí la importancia de acercar a quienes investigan con quienes producen y financian. Las empresas pueden encontrar soluciones para mejorar sus procesos, mientras que los equipos científicos pueden conocer las necesidades y los requerimientos de sus posibles usuarios. Espacios como InnovaFest facilitan ese intercambio, aunque sus resultados dependerán del seguimiento a los proyectos y de los acuerdos que puedan concretarse.
En este proceso, la política de innovación tiene un papel fundamental: facilitar la transferencia de tecnología y promover la colaboración entre universidades, centros de investigación y empresas. Se trata de generar condiciones para que los avances científicos encuentren aplicaciones concretas y contribuyan a fortalecer la economía regional, ampliar sus capacidades productivas y crear nuevas oportunidades de desarrollo. En esta ruta se encuentra el Estado mexicano.

