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Opinión

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Humanidades: la brújula en tiempos de la IA

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Marisol Ochoa | Columna invitada

Marisol Ochoa

En últimas fechas se han puesto en discusión si la IA puede desarrollar procesos autónomos que, si bien no son similares a la forma de proceder de los humanos, estuviesen mimetizando o simulando dicha autonomía. Hasta el momento, lo que sabemos de la IA es que aprende a partir de ensayo y error, con base en objetivos que tiene que completar y que existe una autonomía operativa, pero no una existencial. Esto puede contribuir a profundizar en una conversación más amplia, fuera del escenario apocalíptico o posturas binarias sobre asegurar que la evolución de una tecnología inhumana dominará nuestro mundo.

Para efectos de un análisis sobre nuestra relación con la tecnología, habría que partir de un presupuesto inevitable: las tecnologías como la IA funcionan como órganos artificiales de nuestro cuerpo y como soporte material de nuestros procesos de conocimiento-subjetivación-. En este sentido, un cambio que es característico de esta nueva técnica es que es relacional, a diferencia de nuestras relaciones con otros soportes materiales como los libros o la cibernética. Hoy nos enfrentamos a un cambio de paradigma muy interesante que no puede dejar de inquietarnos. En este sentido, más allá de decir sí o no a las nuevas tecnologías, la pregunta estaría mejor situada si asumimos una postura reflexiva y crítica frente a nuestras relaciones con las tecnologías que se centra, entre muchos otros cuestionamientos, en ¿adaptarnos o adoptar?...

Yuk Hui, ingeniero, programador y filósofo de la Universidad de Hong Kong y Goldsmiths College de Londres, ha reflexionado alrededor de este paradigma. Para Hui, el pánico moral en torno a la idea de que la IA va a erradicar la relevancia humana es difícil de sustentar, ya que argumenta que la IA debería entenderse más como una prótesis o un órgano artificial “ampliado” que refuerza el potencial humano. Esto es muy importante, ya que lo que se pone en el centro de la discusión es la relevancia del pensamiento crítico, la intuición intelectual profunda y la capacidad moral y el posicionamiento ético humano que guían a una creación. No se discute de ninguna manera que la IA puede imitar reglas, patrones —incluso estéticos—, pero carece de esa existencia y las capacidades que nos hacen ser “humanos”.

Por otra parte, pensar los límites de la IA contribuye a reflexionar en torno a la crítica puramente racional y de una suerte de matemática que reducen la complejidad del mundo a datos y números que se pueden calcular. Así, para Hui, la verdadera habilidad de cualquier sistema se demuestra cuando puede lidiar con lo inesperado y lo accidental fuera de toda regla previa. Nada más evidente que las crisis ecológicas y planetarias que se resisten a ser controladas exclusivamente por cálculos o por la optimización algorítmica, lo cual es una ilusión si se exilia la contingencia y la complejidad de las observaciones.

Lo que sí valdría la pena discutir en torno a la forma en la cual nos estamos relacionando con estas tecnologías sería observar cómo estamos delegando nuestra capacidad reflexiva y crítica —pensamiento crítico— al momento de relacionarnos con estas tecnologías. En este sentido, la homogenización del pensamiento pudiera sufrir afectaciones profundas, ya que la IA sí puede reducir el pensamiento a datos y algoritmos. Este escenario sería sumamente peligroso, ya que, al igualar el pensamiento, la diversidad y la multiplicidad —tradiciones locales, historia y creencias—, estas quedarían reducidas a un monocontexto que arruinaría la tecnodiversidad que nos hace interactuar, reconocernos en nuestras diferencias y crear. La invitación, así, como nos recuerda Hui, es apuntar hacia una cosmotécnica que nos permita crear nuestra relación técnica —incorporando nuestra moral, tecnología, entorno natural, artístico y de creencias— y no supeditarnos a comprar/copiar o una sola herramienta universal con su lógica y cálculo.

El llamado a un cuestionamiento profundo de y desde las humanidades es necesario en nuestro tiempo, ya que la IA nos propone reflexionar no solamente qué se puede crear, sino qué tipo de mundo y relaciones estamos construyendo en nuestra actualidad. Así, no se trata de hacer a la IA más poderosa o temer a su condición de posibilidad autómata, sino a hacernos las preguntas en torno a la concepción de ser humano, de sociedad, de relaciones y de mundo que estamos incorporando a la IA. Necesitamos asumir nuestra responsabilidad a partir de preguntas e interrogaciones. El llamado de las humanidades es urgente, ya que la tecnología está inserta en historias, tradiciones, economías y cultura, de ahí la sospecha de su neutralidad. En este sentido, la IA puede ser menos una amenaza a las humanidades que un espejo que las obliga a redefinir su razón de ser, de ahí lo importante de su intervención para estudiar y crear métodos de comprensión en torno a este también denominado “objeto cultural”.

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