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El gusano barrenador: cuando la sanidad redefine el mercado ganadero

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OpiniónEl Economista

El cierre de la frontera con Estados Unidos no solo detuvo las exportaciones de ganado en pie; también detonó un reacomodo interno con costos económicos, sanitarios y de bienestar animal que hoy están transformando al sector.

La reaparición del gusano barrenador (GB), considerado erradicado desde 1991, ha cruzado una línea crítica: dejó de ser una contingencia sanitaria para convertirse en un factor que reordena —con costos reales— la economía ganadera en México. El cierre de la frontera con Estados Unidos no solo interrumpió un flujo comercial histórico; desequilibró un sistema que beneficiaba a ambas partes.

México exporta anualmente entre 1.2 y 1.5 millones de becerros. La interrupción de este canal ha significado pérdidas estimadas superiores a 700 millones de dólares, con impactos que, en escenarios más amplios, superan los 1,000 millones de dólares. De acuerdo con estimaciones de la Confederación Nacional de Organizaciones Ganaderas, el impacto total supera ya los 15 mil millones de pesos, considerando tanto exportaciones detenidas como costos sanitarios adicionales.

A nivel interno, el efecto ha sido inmediato: caídas de hasta 20%–30% en los precios del ganado en regiones del norte como Chihuahua, Sonora y Durango, donde la dependencia del mercado estadounidense es profunda.

Pero el verdadero punto de quiebre no está solo en los precios, sino en la operación del sistema.

Más de 400,000 cabezas de ganado han quedado varadas en estados exportadores, mientras que millones de animales han sido redirigidos hacia otras regiones del país, lo que ha modificado abruptamente las rutas tradicionales de movilización. El desplazamiento de más de 2 millones de cabezas hacia el centro del país ha generado costos logísticos adicionales y presión sobre la infraestructura productiva. Esta reconfiguración también ha impulsado un aumento en las exportaciones de carne de res, estimado en 10.6%, equivalente a unas 264,000 toneladas.

Hoy, México opera bajo tres demarcaciones sanitarias, según la presencia del GB: zonas afectadas —concentradas en el sur-sureste—, zonas de contención y zonas libres. Esta regionalización responde a la alta concentración de casos en el sur del país y a la necesidad de contener su avance hacia las zonas exportadoras. Sin embargo, también ha tenido un efecto colateral: la alteración de los tiempos y las condiciones de movilización del ganado.

Más horas de transporte, mayor densidad en corrales, cambios constantes de entorno. El resultado es conocido: pérdida de peso, mayor incidencia de lesiones y una mayor susceptibilidad a enfermedades. A esto se suma el propio gusano barrenador, un parásito que invade tejido vivo y provoca lesiones dolorosas que, sin tratamiento oportuno, pueden comprometer la vida de los animales.

El problema, además, no es exclusivo del ganado. El gusano barrenador afecta a múltiples especies, y los perros se han convertido en la segunda población más impactada, particularmente en estados del sur como Chiapas, Oaxaca y Tabasco. Este dato amplía la conversación: ya no se trata solo de producción pecuaria, sino de bienestar animal en un sentido más amplio y con implicaciones para la salud pública.

Frente a este escenario, la respuesta no puede limitarse a la contención. El control efectivo del gusano barrenador requiere combinar estrategias de vigilancia epidemiológica, educación para la detección de lesiones y acceso oportuno a diversas herramientas terapéuticas eficaces. Tratar oportunamente las infestaciones no solo reduce el sufrimiento animal; es una medida clave para cortar ciclos de transmisión tanto en ganado como en animales de compañía.

En paralelo, el mercado interno intenta absorber el impacto. El excedente de ganado ha impulsado una mayor integración en la engorda y el procesamiento, generando oportunidades para la industria cárnica. Sin embargo, este ajuste no es homogéneo: mientras algunos actores logran capturar valor, muchos productores enfrentan restricciones financieras para sostener animales por más tiempo, dentro de un contexto de costos crecientes.

La liberación de moscas estériles, como estrategia de erradicación, funciona; pero según Alejo Menchaca, del Instituto Nacional de Investigación Agropecuaria de Uruguay y experto en la materia, “se requeriría una producción de 500 millones de moscas por semana para controlar el territorio afectado”. En México, se estima que podrán producirse 100 millones para finales de este año.

Si algo deja claro el gusano barrenador es que la sanidad ya no es un asunto técnico: es un determinante económico, social y reputacional. Y lo que está en juego no es solo la reapertura de una frontera, sino la capacidad de construir un sistema ganadero más resiliente, donde la productividad, sanidad y bienestar animal se aborden de manera integral.

*General Manager Mexico and CAMCAR, Zoetis.

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