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Opinión

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La factura económica de una guerra interminable

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Enrique Campos Suárez | La gran depresión

Enrique Campos Suárez

Aun sin saber cuándo terminará el conflicto armado entre Estados Unidos e Irán, es un hecho que las distorsiones en los mercados serán una realidad de largo alcance.

Las interrupciones en el suministro del petróleo a través del Estrecho de Ormuz han dejado al descubierto una fragilidad económica global que afecta no solo a los países dependientes de esos recursos, sino a todo el sistema financiero interconectado.

De manera inmediata, los precios de las gasolinas en Estados Unidos se elevaron. A pesar de que su producción es local, los precios están subordinados a mercados financieros globales; esto ya generó afectaciones directas al bolsillo de los consumidores que hoy sufren las consecuencias de una geopolítica distante.

El reciente reporte del Banco Mundial es tajante: incluso si hoy mismo cesara este conflicto, el mundo se aproxima a una crisis de empleo sin precedentes que se suma a las presiones inflacionarias estructurales, y que amenazan con convertir al resto de la década en un periodo de estancamiento social.

La mutación del mercado laboral está en marcha, el corte del flujo de petróleo del Medio Oriente, la ruptura de las cadenas productivas y las presiones inflacionarias, son cargas adicionales.

La inflación en Estados Unidos se ha agravado por los precios de los energéticos, pero arrastra meses de aumento de costos por el fenómeno autoinfligido de desglobalización.

Esto coloca contra la pared a la Reserva Federal de Estados Unidos (Fed) que enfrenta su dilema del mandato dual: mantener tasas restrictivas para frenar la inflación, pero también procurar el pleno empleo y no contribuir a su destrucción, lo que advierte el Banco Mundial como algo inminente.

Y para México el escenario es también complicado por la fragilidad de las anclas internas. La estanflación, esa combinación entre la alta inflación y el nulo crecimiento, que no es un escenario lejano para nuestro país, se combina con una terrible falta de credibilidad para la atracción de inversiones, lo que limita más la capacidad de maniobra.

Esa es una complicación local para el problema global del impuesto de la inflación que devora el ingreso de los ciudadanos que se enfrentan a un mercado laboral que, según el Banco Mundial, no podrá recuperar su dinamismo posguerra.

Desde la pandemia y con la irrupción tecnológica, la ruptura de las cadenas de logística y el encarecimiento de la proveeduría han forzado una reconfiguración productiva que favorece la automatización sobre la mano de obra tradicional.

Esa realidad presente en el mercado de Estados Unidos afecta directamente el mercado de consumo de productos mexicanos.

Pero, además, México añade como desventaja para su mercado laboral local la falta de certeza jurídica y la desorientación que se aprecia en la autoridad monetaria sobre sus prioridades para combatir la inflación.

El tan esperado final de las hostilidades militares en Medio Oriente no será sinónimo de una paz económica y las facturas más altas serán para quien menos confianza inspire a los capitales productivos.

En última instancia, la resiliencia de las naciones en este caos geopolítico no se medirá por su capacidad para resistir choques externos, sino por la solidez de sus anclas institucionales.

Para México, el dilema es existencial: o recuperamos la brújula de la certidumbre jurídica o nos condenamos a ser espectadores pasivos de una decadencia autoinfligida.

Enrique Campos Suárez

Su trayectoria profesional ha estado dedicada a diferentes medios. Actualmente es columnista del diario El Economista y conductor de noticieros en Televisa. Es titular del espacio noticioso de las 14 horas en Foro TV.

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