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La economía ya no se puede pronosticar

Vidal Llerenas Morales | Columna Invitada
Mohamed El Erian, el banquero de inversión, profesor de la Escuela de Negocios de Wharton y colaborador frecuente de los principales medios financieros globales, escribió hace unos días para el New York Times, que evidentemente no es su ámbito habitual, un texto que me parece muy revelador de lo que se piensa en los círculos financieros globales. Mohamed confiesa que como economista le gustaría hacer una predicción razonable con respecto al futuro de la economía de los Estados Unidos, solamente que ahora eso es imposible. Eso es debido al cambio tecnológico que implica la inteligencia artificial, cuyo resultado es imposible de pronosticar, y el hecho de que se hayan roto los consensos con respecto a cómo se maneja la economía, ahora determinada también por consideraciones geopolíticas, de seguridad y de política local, le obliga a no poder ofrecer un solo escenario macro, sino tres. Es posible prever una economía estable, pero también una relativamente inestable y otra francamente incierta. Los actores económicos deben de estar preparados para estos tres escenarios.
El escenario estable es factible. La economía estadounidense ha mostrado resiliencia a la pandemia, a la crisis energética, a las tarifas sin consecuencias recesivas (o incluso inflacionarias) mayores. De eso surge el comportamiento de los mercados de considerar como transitorios los choques actuales y, por tanto, recomendar incrementar o mantener las posiciones en deuda o bonos. Desde el gobierno se manda el mensaje de que nada debe de cambiar de manera fundamental, que los choques son transitorios. El otro escenario es el de la inestabilidad relativa, este cobra fuerza con el incremento de los bonos de la Tesorería a 10 años por encima del 5%, el creciente costo de la creciente deuda pública estadounidense y las tasas hipotecarias de casi 7%. Los constantes conflictos comerciales y geopolíticos pueden convertir los choques aislados en un deterioro generalizado del entorno. Eso llevaría a los inversionistas a moverse a bonos de alta calificación crediticia, de empresas de menor riesgo, con balances sólidos, poderes monopolios y buena administración. En ese escenario, los gobiernos tendrían que incrementar los tipos de interés, restringir el crédito inmobiliario y mejorar los balances de las finanzas públicas. Eso inevitablemente va a llevar a que el crecimiento se desacelere por un tiempo largo.
El tercer escenario es el de una incertidumbre más radical. El problema no sería solamente el del bajo crecimiento, sino la posibilidad de que la economía se esté moviendo de un equilibrio que desconocemos a un futuro que no podemos prever con claridad. Un mundo en el que la globalización se haya dañado de manera estructural, sin coordinación económica y serias restricciones al comercio. En ese escenario es probable que los mecanismos de ajuste que han funcionado (mercados financieros sólidos, credibilidad monetaria, ajuste fiscal, promoción del consumo) ahora ya no funcionen en ese contexto fragmentado. Todo eso implica que hoy lo que tenemos enfrente es un rango de posibilidades y escenarios, en lugar de un pronóstico razonable, con respecto al cual exista consenso. El escenario es necesariamente de mayor volatilidad; por lo tanto, lo que se recomienda, para gobiernos e inversionistas, es mitigar los riesgos y prepararse para la nueva realidad. Los actores económicos ganadores, naciones o corporaciones, dice El Arian, serán no lo que mantengan las capacidades que ya tienen, sino lo que tengan mayor agilidad para responder a los cambios institucionales, los que sean capaces de convertir la volatilidad en oportunidad.

