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Cada día de aprendizaje cuenta

Antonio Domínguez Sagols | Columna invitada
La decisión de la Secretaría de Educación Pública de adelantar el cierre del ciclo escolar al 5 de junio abrió un debate que va mucho más allá del calendario. No es solamente una discusión administrativa ni logística. Es una conversación sobre prioridades nacionales, sobre desigualdad sustantiva y sobre el lugar que ocupa realmente la educación en México.
Mientras el país se emociona con la llegada del Mundial y las autoridades argumentan razones climáticas para justificar el cierre anticipado, vale la pena preguntarnos: ¿qué significa esto para millones de niñas, niños y adolescentes? ¿Y qué implica también para las madres y padres de familia que tendrán que reorganizar su vida cotidiana de un día para otro?
El problema no puede analizarse únicamente desde la comodidad de una oficina gubernamental. Hay que verlo desde la realidad de una madre trabajadora que no tiene con quién dejar a sus hijos durante semanas adicionales; desde el niño que encuentra en la escuela su único espacio seguro del día; desde las familias que dependen incluso de la alimentación escolar o de la rutina educativa para mantener estabilidad emocional y social.
De acuerdo con el posicionamiento de Mexicanos Primero, esta medida recorta más de aun mes de clases respecto a la fecha originalmente programada del 15 de julio, afectando el tiempo efectivo de aprendizaje en un país que ya arrastra enormes rezagos educativos tras la pandemia, los paros magisteriales, la inseguridad y las crisis climáticas.
México no llega a esta decisión desde una posición de fortaleza educativa. Llega desde un escenario donde millones de estudiantes todavía no recuperan completamente las pérdidas de aprendizaje provocadas por el COVID-19. Llegamos además con profundas brechas entre quienes tienen acceso a tecnología, apoyo académico y espacios adecuados para estudiar, y quienes apenas logran mantenerse dentro del sistema escolar.
La OCDE retrata crudamente esta realidad. México aparece entre los países que menos invierten por estudiante en educación básica, con apenas 2,933 dólares anuales por alumno, muy lejos de países como Luxemburgo, Noruega o incluso del promedio de la OCDE. Esa cifra no es solo un dato estadístico; es el reflejo de nuestras prioridades como país.
Cuando una nación invierte poco en educación y además reduce tiempo escolar, el mensaje implícito termina siendo devastador, la educación puede esperar.
Y no, no puede esperar. Porque la escuela no solamente enseña matemáticas o español. También es un espacio de formación emocional, convivencia, protección, formación de carácter y construcción de ciudadanía. Para muchos niños representa estabilidad en medio del caos. Particularmente en estados golpeados por la violencia, como Sinaloa, Guerrero o Michoacán, la escuela es uno de los pocos espacios que todavía generan sentido de normalidad, seguridad y esperanza.
También existe otro ángulo del que poco se habla, el impacto económico y emocional sobre las familias.
Cerrar las escuelas antes implica trasladar silenciosamente una enorme carga a los hogares. Padres y madres tendrán que reorganizar horarios laborales, buscar opciones de cuidado, asumir gastos adicionales o incluso dejar de trabajar temporalmente. Y, como suele ocurrir en México, esa carga recaerá principalmente sobre las mujeres.
Las familias con mayores ingresos podrán pagar cursos de verano, actividades recreativas o cuidados privados. Pero quienes viven que por mucho son los más, al día enfrentarán nuevamente la desigualdad en su forma más dura: resolver solos un problema generado desde las instituciones.
La discusión de fondo no es si hace calor o si el Mundial requiere ajustes logísticos. Claro que los riesgos climáticos existen y deben atenderse. Lo verdaderamente preocupante es que México sigue reaccionando a las crisis educativas con soluciones improvisadas, temporales y poco estructurales.
¿Por qué no invertir seriamente en infraestructura escolar adecuada para enfrentar las olas de calor? ¿Por qué no construir calendarios flexibles regionalizados? ¿Por qué seguimos tomando decisiones que parecen administrar emergencias en lugar de resolver problemas de raíz?
Detrás de cada día perdido de clases hay consecuencias reales, aprendizajes truncados y familias cada vez más presionadas.
Y porque quizá el verdadero problema no es solamente cerrar antes las escuelas, el problema de fondo es el lugar en la prioridad nacional que el gobierno da a la educación y por ende al futuro de México.

