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Opinión

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Cumbre AMEXCAP 2026, la importancia de integrar capital, ciudades y proyectos para el crecimiento con bienestar

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Juan Pablo de Botton | Columna Invitada

Juan Pablo de Botton

Durante años, México fue descrito como un mercado emergente. Una economía con potencial, con oportunidades claras, pero también con espacios por consolidar. Hoy, esa narrativa empieza a matizarse. Sin desaparecer del todo, comienza a convivir con otra más exigente y, al mismo tiempo, más prometedora. La de un país que puede posicionarse como destino prioritario para el capital global.

La Cumbre AMEXCAP 2026 dejó ver ese punto de inflexión. No se trata de un cambio automático ni uniforme, pero sí de una transición en marcha. La integración con América del Norte, la relocalización de cadenas productivas, la escala del mercado interno y las necesidades de infraestructura han colocado a México en una posición distinta. La oportunidad ya no es solo crecer, sino convertirse en un nodo estratégico en las decisiones globales de inversión.

Ese cambio eleva el estándar. Deja atrás la lógica de potencial y exige resultados. Implica pasar de atraer capital por expectativa a atraerlo por capacidad de ejecución.

Ahí es donde aparece el principal desafío. El capital está disponible tanto a nivel global como a nivel doméstico. Está en los portafolios institucionales, en los fondos internacionales y en el ahorro a largo plazo a través de las Afores. Sin embargo, una parte importante de ese capital no se traduce en inversión productiva.

La cumbre permitió observar con mayor claridad ese desajuste. No es un problema de escasez, sino de diseño. No falta capital, se debe trabajar en la estructura. Lo que está en juego es la traducción efectiva de oportunidades en proyectos estructurados con certidumbre, escala y viabilidad de largo plazo.

Ese cambio, aunque aparentemente técnico, es relevante. El sistema financiero está dejando de ser únicamente un mecanismo de asignación para convertirse en un instrumento del desarrollo que ayuda a definir qué proyectos son viables, bajo qué condiciones y con qué riesgos. En ese proceso, el capital privado también evoluciona. Pasa de ser un intermediario a ser un integrador. Alguien que articula proyectos con estructura financiera, certidumbre jurídica, operación y visión de largo plazo.

Esta transición resulta particularmente evidente en el ámbito de la infraestructura. La siguiente etapa de crecimiento económico dependerá de inversiones en energía, agua, movilidad y sistemas urbanos más eficientes. Son proyectos que requieren capital paciente, estructuras híbridas y una coordinación más estrecha entre actores públicos y privados.

En ese contexto, el papel del ahorro institucional resulta central. Las Afores concentran el tipo de capital que mejor se alinea con estos horizontes. Su capacidad para participar en proyectos estratégicos es significativa, pero su despliegue depende, entre otras cosas, de contar con vehículos bien estructurados, gobernanza clara y condiciones de ejecución predecibles. Se puede esperar que cuando estos elementos estén presentes, el capital fluya. Cuando no, que se mantenga a la espera.

Al mismo tiempo, la dimensión ambiental ha dejado de ser un elemento accesorio. La inversión en infraestructura hoy pasa por atender una presión estructural asociada a la transición climática. Distintos organismos internacionales estiman que la inversión global necesaria para mantener una trayectoria compatible con los objetivos de reducción de emisiones supera los 4 trillones de dólares anuales. Esa magnitud empieza a reflejarse en decisiones concretas a nivel nacional y local.

En México, esto se traduce en proyectos que deben responder simultáneamente a necesidades económicas y ambientales. Infraestructura energética más limpia, sistemas de agua más resilientes y ciudades que puedan crecer sin aumentar sus presiones ambientales. En todos estos casos, la sustentabilidad ya no es un complemento, sino una condición de viabilidad.

En este entorno, la estructuración de proyectos adquiere un papel central. La diferencia entre una oportunidad y una inversión ejecutable rara vez está en la idea. Está en la capacidad de integrar variables financieras, regulatorias, operativas y ambientales desde el origen. Es en la estructuración e integración en donde se definen las condiciones para determinar si el capital puede desplegarse o no.

También ahí se vuelve evidente otro límite: la capacidad de ejecución. La disponibilidad de capital no sustituye la necesidad de talento, de equipos capaces de estructurar, implementar y escalar proyectos complejos. Sin esa capa, incluso los mejores diseños se quedan en solo intención.

Al mismo tiempo, la cumbre dejó ver un cambio relevante en la forma en que se entiende el capital privado. Sin abandonar su función financiera, se presenta cada vez más como un actor que acompaña el crecimiento de las empresas y los proyectos. No se trata solo de proveer recursos, sino de fortalecer capacidades, mejorar procesos y contribuir a que las inversiones alcancen su escala potencial. Esa evolución exige también mayores estándares de transparencia, disciplina y rendición de cuentas, especialmente cuando interactúa con el ahorro público y proyectos de impacto.

Todo esto converge en un espacio concreto. Las ciudades. Es en ellas donde el capital se materializa, los proyectos se ejecutan y los resultados se vuelven visibles. Las ciudades concentran la demanda, la regulación y la capacidad institucional, pero también empiezan a desarrollar herramientas propias para participar activamente en la estructuración de la inversión.

En la Ciudad de México, el nuevo Fideicomiso de Infraestructura, Movilidad, Agua y Seguridad Pública (FIMAS) representa una evolución relevante en esa dirección. Más allá de su capacidad de inversión cercana a los 10 mil millones de pesos anuales, lo que destaca es su lógica. Permite articular proyectos urbanos bajo criterios financieros, conectar necesidades públicas con capital institucional y, en su caso, coordinar la participación del sector privado en la ejecución. En combinación con el ahorro o el capital de largo plazo, como, por ejemplo, el de las Afores, abre posibilidades para estructurar inversiones urbanas de manera más ordenada y a mayor escala.

Este tipo de instrumentos adquiere mayor relevancia en un momento en el que se busca construir una ruta más clara para la inversión. En ese sentido, el anuncio de una nueva ley de inversiones por parte de la presidenta Claudia Sheinbaum apunta en una dirección importante. La necesidad de contar con un marco definido que otorgue certidumbre a la inversión privada y, en particular, a los esquemas de inversión mixta, es cada vez más evidente.

La claridad en las reglas, en los mecanismos de participación y en la distribución de riesgos no solo facilita la inversión, sino que reduce su costo y amplía su horizonte. En un entorno donde los proyectos son cada vez más complejos, contar con una ruta bien definida se vuelve un activo en sí mismo.

Esto se vuelve aún más relevante frente a la escala de los retos que se han planteado. El objetivo de incorporar alrededor de 30 gigawatts adicionales de capacidad eléctrica hacia 2030 refleja la magnitud de la inversión que será necesaria en los próximos años. Alcanzar esa meta no dependerá únicamente de la disponibilidad de recursos, sino de la capacidad de estructurar proyectos, coordinar actores y generar condiciones de ejecución consistentes.

Lo que se empieza a configurar es un nuevo equilibrio. Uno en el que el capital, la política pública y los territorios se integran de manera más estrecha. Donde el reto no es solo movilizar recursos, sino organizarlos de forma eficiente.

La Cumbre AMEXCAP 2026 deja una conclusión clara. México empieza a dar pasos para pasar de ser visto como un mercado emergente a consolidarse como un destino prioritario para el capital global. Y para lograr ese nuevo posicionamiento, el diferencial no será el acceso al capital, sino la capacidad de integrarlo.

El siguiente ciclo económico no dependerá solo del capital, sino de la capacidad de trabajar juntos para ejecutarlo en beneficio de la ciudadanía. Cuando ciudades, sistema financiero, gobierno y sociedad avanzan en la misma dirección, la inversión se vuelve realidad.

*El autor es Secretario de Administración y Finanzas de la Ciudad de México.

Juan Pablo de Botton

Secretario de Administración y Finanzas de la Ciudad de México

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