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Opinión

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Certificar habilidades para competir mejor

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Vidal Llerenas Morales | Columna Invitada

Vidal Llerenas Morales

Esta semana tuvo lugar en la Secretaría de Economía la presentación de un nuevo esquema de microcredenciales para el sector de autopartes. A primera vista, podría parecer un esfuerzo más dentro del ámbito educativo. En realidad, se trata de algo distinto: un intento por resolver, de manera concreta, una desconexión que México ha arrastrado durante décadas.

Durante mucho tiempo, la política educativa y la política económica avanzaron por caminos paralelos, con una desconexión que rara vez se resolvía en la práctica. Por un lado, se insistía en la necesidad de formar mejor capital humano; por el otro, se diseñaban estrategias para atraer inversión y fortalecer sectores productivos. La relación entre ambas agendas era evidente, pero, en los hechos, se asumía que la educación generaría capacidades y que el mercado, eventualmente, se encargaría de asignarlas.

Esa forma de entender el problema ya no alcanza. Hoy, la discusión ya no es si el país necesita más educación, sino algo mucho más específico: qué habilidades requiere para competir en sectores determinados, quién las tiene y cómo pueden desarrollarse con rapidez. El problema dejó de ser abstracto y se volvió operativo, y eso obliga a replantear la relación entre formación y desarrollo productivo en términos mucho más directos.

Este cambio también se refleja en la manera en que México busca insertarse en la economía global. Durante mucho tiempo, la estrategia de atracción de inversiones descansó —de manera explícita o implícita— en una ventaja conocida: la disponibilidad de mano de obra a bajo costo. Afortunadamente, en los últimos años, el país ha logrado aumentos sustanciales en los salarios, lo que no solo mejora las condiciones de vida, sino que vuelve evidente que esa ya no puede —ni debe— ser la base de una estrategia de desarrollo.

El énfasis, por tanto, tiene que desplazarse. No se trata de atraer inversión porque los salarios son bajos, sino porque México puede ofrecer talento calificado, con habilidades específicas y con mecanismos que permiten certificarlas y actualizarlas de manera continua. Ese giro no es retórico; es una condición necesaria para avanzar hacia actividades más complejas, con mayor contenido nacional y mejores empleos.

Sin embargo, para que ese cambio sea creíble, hace falta algo que históricamente ha sido difícil de construir: información confiable sobre las capacidades reales de la fuerza laboral. Esa información no surge de manera espontánea. Requiere coordinación entre actores que tradicionalmente han operado con lógicas distintas. El sector productivo conoce con precisión las habilidades que demanda; la autoridad educativa puede estructurar trayectorias de formación; y la política económica tiene la responsabilidad de articular ambos mundos dentro de una estrategia de desarrollo. Sin ese esfuerzo conjunto, la brecha entre lo que se enseña y lo que se necesita tiende a reproducirse.

En ese contexto, instituciones como el CENEVAL pueden desempeñar un papel clave para cerrar esa brecha, al traducir necesidades productivas en estándares evaluables y hacer visibles —y verificables— las capacidades de las personas. Esta función es particularmente importante en un entorno donde la velocidad del cambio tecnológico exige mecanismos más flexibles y continuos de certificación.

Ese es el sentido de las microcredenciales que se presentaron en este evento. Se trata de certificaciones específicas, acumulables y directamente alineadas con las necesidades de la industria. Pero su importancia no radica únicamente en su diseño, sino en el arreglo institucional que las hace posibles: un esfuerzo coordinado entre empresas, autoridades educativas y la política económica para construir trayectorias formativas ancladas en la realidad productiva.

Vistas así, las microcredenciales dejan de ser una innovación educativa y se convierten en un instrumento concreto de política productiva. Permiten avanzar hacia un sistema en el que las capacidades no solo se desarrollan, sino que también se identifican, se certifican y se actualizan de manera continua en función de las necesidades de la economía.

El ejercicio reciente en el sector de autopartes debe leerse en esa clave. No como un evento aislado ni como un punto de partida, sino como parte de un esfuerzo más amplio que ya se está extendiendo a otros sectores estratégicos, como el logístico, y que busca construir una nueva forma de vincular educación y producción en México. Lo relevante no es un anuncio en particular, sino la dirección del cambio.

Si este tipo de esquemas logra consolidarse y escalar, México puede empezar a competir de una manera diferente: no solo por costos, sino por la claridad, la calidad y la verificabilidad de sus capacidades productivas. En un entorno donde la competencia global se define cada vez más por el talento y la adaptación tecnológica, ese cambio puede ser decisivo.

Vidal Llerenas Morales

Licenciado en Economía por el Instituto Tecnológico Autónomo de México (ITAM), cuenta con una Maestría en Política y Gestión Pública por la Universidad de Essex, Reino Unido y un Doctorado en Administración y Gerencia Pública por la Universidad de York

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