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La campaña de Sydney Sweeney te desnuda a ti y la envidia en tu bolsillo

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OpiniónEl Economista

Yoeli Ramírez

Millones de personas nos quedamos boquiabiertos con la campaña de Sydney Sweeney. Pero ¿Qué es exactamente lo que molesta? ¿Que se muestre segura? ¿Que millones de personas quieran verla? ¿O que, además, haya entendido que todo eso tiene un valor económico? Porque aquí hay algo que incomoda reconocer: la belleza también puede ser capital. Y ella parece haber entendido cómo convertirlo.

El capital que no aparece en los estados financieros

El sociólogo Pierre Bourdieu habló de distintas formas de capital: económico, social, cultural. Después, otros autores desarrollaron conceptos como el capital erótico para explicar cómo el atractivo, la presencia, la sensualidad y la capacidad de generar deseo también pueden producir ventajas sociales y económicas.

No significa que una mujer valga por ser bonita. Significa algo mucho más incómodo: el mercado asigna valor a aquello que consigue atención. Y la atención es uno de los bienes más escasos de nuestra época. Sweeney tiene una ventaja evidente en ese mercado: su apariencia. Pero sería simplista reducirla a eso.

Es actriz. Es productora. Tiene una audiencia global. Ha construido reconocimiento profesional y una marca personal. Su compañía, Fifty-Fifty Films, le permite participar en proyectos también desde la producción.

De la belleza a la influencia

El capital erótico puede generar atención. La atención puede convertirse en capital social.

El capital social puede convertirse en oportunidades. Las oportunidades pueden convertirse en capital económico. Y cuando una persona participa además en la producción y desarrollo de proyectos, puede intentar capturar una mayor parte del valor que genera. Ese es el punto que se pierde en muchas discusiones sobre celebridades.

La gente ve el vestido. La industria ve el activo. El público ve una campaña. El mercado ve alcance, reconocimiento, conversación y capacidad para atraer consumidores. La diferencia está en saber qué hacer con la atención después de conseguirla.

Sweeney no inventó esta fórmula. Hollywood lleva décadas utilizándola. La diferencia es que hoy una celebridad puede tener algo que hace unas décadas era mucho más difícil de poseer: una audiencia propia.

Antes necesitabas una revista, una televisora, un estudio o una cadena. Hoy puedes tener millones de personas directamente conectadas contigo. Eso cambia la ecuación.

Aquí aparece una segunda discusión.

Sweeney ha protagonizado escenas de desnudez y sexualidad, particularmente en Euphoria. También ha hablado sobre la incomodidad de que parte de la conversación sobre su trabajo se concentre en su cuerpo y no en su actuación.

Y tiene razón en algo importante: una mujer no deja de tener talento porque sea sexualmente atractiva. El problema aparece cuando reducimos su valor exclusivamente a cualquiera de las dos cosas. Ni todo es cuerpo. Ni todo es talento. El mercado no necesariamente los separa. Los suma. La paradoja feminista.

Y aquí llegamos a la parte incómoda.

Decimos que las mujeres deben tener autonomía sobre su cuerpo. Pero esa autonomía parece generar menos entusiasmo cuando la decisión consiste en utilizar deliberadamente la sensualidad para conseguir atención o dinero.

Una mujer puede decidir no mostrar su cuerpo. Una mujer puede ser brillante y sensual. Empresaria y provocadora. Actriz y productora. Deseada y respetada.

La pregunta entonces deja de ser qué debería hacer una mujer con su cuerpo y se convierte en otra: ¿Por qué seguimos suponiendo que para demostrar inteligencia una mujer tiene que renunciar a su atractivo?

Pero las deportistas también tienen un argumento

Ahora bien, la crítica de las deportistas no debe descartarse. Mujeres que compiten profesionalmente llevan años intentando que sus carreras sean valoradas por sus resultados, su disciplina, su preparación y su rendimiento, y no solamente por su apariencia. Desde esa perspectiva, es perfectamente válido cuestionar una campaña relacionada con deporte que utiliza el cuerpo sexualizado de una actriz como principal vehículo de atención.

Una cosa es la libertad individual de Sweeney. Otra, el mensaje comercial de una empresa. Y otra más, el lugar que ocupa el cuerpo femenino en la publicidad deportiva.

Las tres discusiones pueden existir al mismo tiempo.

El problema comienza cuando una crítica a una campaña se transforma en una sentencia sobre lo que una mujer debería o no debería hacer con su propia imagen.

La economía de la mirada.

Aquí está, para mí, el verdadero asunto. Vivimos en una economía en la que la atención tiene precio. Las plataformas compiten por nuestros ojos. Las marcas compran segundos de nuestra concentración. Los influencers convierten seguidores en contratos. Las celebridades convierten reconocimiento en productos. Y las empresas intentan transformar cualquier conversación en consumo.

Entonces, ¿por qué nos sorprende que una mujer haga exactamente lo mismo con uno de sus activos más visibles?

Si la atención genera dinero, quien genera atención tiene algo que vender. La pregunta económica no es si Sweeney es sexy. La pregunta es cuánto valor puede capturar alrededor de esa atención. Ahí está la diferencia entre ser objeto de una campaña y convertirse en parte de una estrategia de negocio.

La mirada también es poder.

Hay algo todavía más provocador. Durante mucho tiempo se habló de la mirada masculina como una forma de poder: quién observa, quién es observado y quién decide cómo se representa el cuerpo femenino.

Pero ¿qué ocurre cuando la mujer observada conoce perfectamente el valor económico de esa mirada y decide utilizarla a su favor? Ahí cambia la relación. Ya no es solamente: “Ellos quieren mirarla”. También puede ser: “Ella sabe que quieren mirarla y decide cuánto vale esa mirada.” Eso no elimina las críticas sobre sexualización, estereotipos o publicidad. Pero introduce una variable que muchas veces olvidamos: agencia.

¿Y si el verdadero escándalo es la monetización?

Tal vez por eso esta campaña provoca tanto debate. No solamente porque Sydney Sweeney aparece sexy. Lo provocador es que una mujer pueda tomar algo que tradicionalmente ha sido utilizado para definirla desde afuera y tratar de convertirlo en una herramienta de negociación desde adentro. Su belleza, audiencia, fama, talento, su capacidad empresarial. Todo forma parte de una marca. Y una marca puede convertirse en dinero. Eso también es capitalismo.

Podemos discutir si la campaña es sexista, si es provocadora, si es una buena estrategia publicitaria. Podemos cuestionar si el deporte era el contexto adecuado.

Pero hay una discusión todavía más profunda: ¿Por qué una mujer tendría que elegir entre ser sexy, inteligente y poderosa? ¿Quién decidió que el capital erótico cancela el intelectual? ¿Quién dijo que para demostrar que tiene cabeza para los negocios tiene que esconder el cuerpo?

Y quizá ahí está la verdadera desnudez de esta campaña. No en el cuerpo de Sydney Sweeney. En nuestras propias contradicciones. Porque tal vez no nos molesta que ella muestre demasiado. Tal vez nos incomoda que haya expuesto cuánto puede valer lo que nosotros estamos mirando. Y eso sí que nos deja desnudos.

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