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No basta con nombrarla: la salud tiene que poder vivirse

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Rafael Lozano | Columna Invitada

Rafael Lozano

Aunque se ha repetido durante años que la salud no es sólo ausencia de enfermedad, se la sigue tratando como si lo fuera. Cuando el cuerpo no duele y los resultados de laboratorio no son alarmantes, parecería que el riesgo está controlado. Entonces se dice: esta persona no está enferma; posiblemente está sana. Pero eso, más que una certeza, revela las limitaciones de un pensamiento médico que ha aprendido a nombrar la enfermedad con más precisión que la salud.

En este contexto, lo que publicaron Alan Cohen, Martin Picard y colegas en Science Advances en 2025 es pertinente. Proponen estudiar la salud como un objeto positivo, con identidad propia, y no como un residuo de la enfermedad. Reconocen que “necesitamos desarrollar objetivos cuantificables y manejables de salud, capaces de integrarse al conjunto de intervenciones sobre sus determinantes”.

A partir de ahí proponen la noción de “salud intrínseca”: una propiedad cuantificable y dinámica, que disminuye con la edad y se relaciona estrechamente con el entorno. Se trata de un estado emergente que surge de la interacción entre energía, comunicación y estructura dentro del organismo, y que se expresa a través de cuatro pilares fundamentales: robustez, plasticidad, rendimiento y sostenibilidad.

En otras palabras, representa la fuerza del cuerpo para resistir perturbaciones; la flexibilidad biológica para cambiar según el entorno; la capacidad óptima para ejecutar sus funciones cotidianas; y la viabilidad del organismo para mantenerse funcional a largo plazo.

Si la salud deja de ser un resultado —algo que al final “sale bien”— y empieza a pensarse como una capacidad activa, la conversación cambia. Ya no sólo interesa saber por qué enfermamos, sino también importa averiguar qué sostiene la vida en condiciones variables, qué amortigua el desgaste y qué permite conservar margen de maniobra antes del diagnóstico.

En 2022, Picard ya había formulado una pregunta importante: ¿por qué nos importa más la enfermedad que la salud? Su respuesta apuntaba a tres sesgos arraigados en la biomedicina moderna: conocemos poco los procesos dinámicos que hacen variar los estados biológicos a lo largo del tiempo; hemos concentrado demasiada atención en los genes; y padecemos un sesgo psicológico hacia las soluciones aditivas —asumir que la salud se añade mediante más intervenciones, fármacos o suplementos— en lugar de comprender los procesos bioenergéticos que la sostienen. Para Picard, la salud no es una máquina estática, sino un flujo constante de energía celular. Estudiar su base con una precisión semejante a la que se ha dedicado a mapear la patología permitiría algo más ambicioso: apoyar y promover activamente la vitalidad a lo largo de la vida.

La medicina convencional suele sentirse más cómoda con metáforas simples: órganos que fallan, sistemas que se descompensan, piezas que se corrigen, números que se normalizan. Pero una biología de la salud exige otra gramática. Ahí se ubica el valor del concepto de salud intrínseca. Permite afirmar algo que la medicina estudia poco: también hay una biología de la salud, que no es el reverso limpio de la patología, sino una organización activa de reservas que puede medirse parcialmente, pero que no se agota en su medición.

Sin embargo, la idea también exige cautela. Hablar de salud intrínseca puede abrir una puerta, pero también puede cerrar otras si se convierte en una nueva forma de reduccionismo. El propio marco de Cohen y Picard reconoce que lo intrínseco no se concibe aislado: interactúa constantemente con el contexto. Esa interacción es la clave para leer su propuesta con provecho y sin ingenuidad.

La salud intrínseca no es lo mismo que la salud realizada. La primera nombra las capacidades biológicas y metabólicas del organismo; la segunda pregunta si esas capacidades encuentran condiciones reales para convertirse en vida funcional. No basta con tener reservas, poseer plasticidad o capacidad de recuperación si el entorno destruye sistemáticamente esas potencias. Para que esas capacidades puedan volverse vida funcional se requieren tiempo, descanso, continuidad del cuidado, alimentación suficiente, seguridad material y vínculos comunitarios que sostengan.

Dicho de otro modo, la salud realizada es la traducción vital de una capacidad biológica. Esta intuición aparece con especial claridad en la geriatría. En el marco de envejecimiento saludable de la OMS, la capacidad intrínseca reúne las capacidades físicas y mentales de una persona, mientras que la capacidad funcional es producto de la interacción entre esa capacidad, el entorno y sus condiciones concretas. No es la misma formulación de Cohen y Picard: la OMS mira la expresión funcional de la salud; ellos buscan acercarse a los procesos internos que la sostienen. Ambas formulaciones ayudan a precisar el punto: lo que el cuerpo puede traer importa, pero lo que la vida permite realizar importa más. Cuando el horizonte es una longevidad saludable —no sólo vivir más años, sino vivirlos con autonomía, vínculos y capacidad de acción—, la diferencia entre capacidad y realización deja de ser filosófica y se vuelve clínica, social y política.

En México conviene profundizar en esta distinción, pues con frecuencia la salud se reconoce únicamente cuando entra al circuito de la enfermedad: diagnóstico, tratamiento, medicamento y registro. Pero la salud realizada ocurre antes y después de ese momento clínico. Se expresa en la posibilidad efectiva de contar con un piso social digno: moverse con seguridad, alimentarse sin que sea un privilegio, descansar, sostener vínculos y conservar margen para decidir sobre la propia vida.

Cuando esas condiciones estructurales fallan, la capacidad intrínseca no desaparece necesariamente, sino que queda atrapada, bloqueada o disminuida por el entorno. Esa tensión se observa con claridad cuando una persona mayor conserva cierta reserva física o cognitiva, pero habita un espacio que le impide transformarla en autonomía. Puede caminar, pero la banqueta está rota; puede cuidarse, pero vive en el aislamiento o depende de una red familiar agotada; puede recuperarse, pero no cuenta con transporte seguro ni rehabilitación accesible. Cuando se ignora este bloqueo, el profesional de la salud corre el riesgo de interpretar como un deterioro biológico individual lo que en realidad es la distancia violenta entre lo que el cuerpo puede hacer y lo que la estructura social le permite realizar.

Por supuesto, Cohen y Picard no inventan la pregunta sobre la producción positiva de la salud; la reintroducen en el canon biomédico dominante. En América Latina, la salud colectiva lleva décadas proponiendo mirar la salud desde la vida misma y no sólo desde la enfermedad, la administración de servicios o el cálculo de riesgos. La diferencia no está sólo en el contenido, sino en el interlocutor: Cohen y Picard hablan desde una biología reconocible para la medicina clínica; la salud colectiva suele interpelar desde una tradición social y política que no siempre entra con la misma facilidad al espacio clínico tradicional. Por eso pueden volverse enfoques complementarios, siempre que ninguno pretenda absorber al otro.

El riesgo aparece cuando esa traducción biomédica se convierte en fascinación técnica. Por su promesa de cuantificación, la salud intrínseca puede parecer más real en un tablero de biomarcadores, puntajes o escalas que en la trayectoria cotidiana de una persona.

Leído así, el trabajo de estos autores no debe usarse para cerrar la conversación, sino para ampliarla. Ayuda a pensar en reservas biológicas y capacidad de recuperación sin reducir todo a la patología. Sin embargo, la idea sólo alcanzará su verdadera potencia si se deja atravesar por una pregunta eminentemente política: ¿qué condiciones sociales, institucionales y ambientales permiten que una capacidad biológica se convierta en vida funcional?

La salud intrínseca es una noción valiosa porque le permite a la medicina tejer más fino antes del diagnóstico. Pero su mejor destino no es convertirse en otro indicador frío, sino abrir una comprensión más amplia: la salud como una capacidad que nace en el organismo, se sostiene en relaciones y sólo se vuelve salud realizada cuando encuentra condiciones concretas de vida. Porque no basta con nombrarla: la salud tiene que poder vivirse.

Referencias para profundizar la lectura

  • Cohen, A. A., Picard, M., Beard, J. R., Belsky, D. W., Herbstman, J., Kuryla, C. L., Liu, M., Makarem, N., Malinsky, D., Pei, S., Wei, Y., & Fried, L. P. (2025). Intrinsic health as a foundation for a science of health.
  • Science Advances, 11(25), eadu8437. https://doi.org/10.1126/sciadv.adu8437 Picard, M. (2022). Why do we care more about disease than health? Phenomics, 2, 145–155. https://doi.org/10.1007/s43657-021-00037-8

*El autor es Investigador Emérito del SNII. Profesor Emérito del Instituto para la Medición y Evaluación de la Salud. Universidad de Washington. rlozano@uw.edu; @DrRafaelLozano

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Rafael Lozano

El autor es profesor Titular del Dpto. de Salud Pública, Facultad de Medicina, UNAM y Profesor Emérito del Dpto. de Ciencias de la Medición de la Salud, Universidad de Washington. Las opiniones vertidas en este artículo no representan la posición de las instituciones en donde trabaja el autor.

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