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Y, además, nos cae mal
No sé si alguna persona le cree a sus autocomplacientes y aburridas disquisiciones matutinas. Supongo que millones de personas lo hacen, pero me pregunto qué es lo que los hace creerle o considerar que es un buen líder. Prácticamente, no ha logrado resolver ninguno de los grandes problemas que nos aquejaban a su llegada.
Desde 2006 la inseguridad empezó a ser un tema y ahora está peor que nunca. Dice la secretaría encargada de leer cifras y repartir dádivas, Rosa Icela Rodríguez, que los homicidios dolosos han bajado poco más de 21% desde 2019. Supongamos que sí, pero de cualquier manera con las propias cifras que dio el indispensable espía mayor, el secretario de Defensa, hay más de 140 mil personas que fueron asesinadas en cuatro años. De seguir a este ritmo será el sexenio más sangriento de la historia moderna.
¿En quienes se ceba la inseguridad? Se podría decir que, en todos, pero creo que hay grupos de población que la sufren en mayor medida: mujeres, sobre todo jóvenes, hombres jóvenes, población LGBT+, en especial las mujeres trans, periodistas de medios pequeños y locales, defensores de derechos humanos o de recursos naturales, entre los principales. Muchas de estas personas están en los sectores pobres o muy pobres.
El gobierno no los atiende, no están realmente en el discurso oficial porque cuando el pastor mayor de Palacio menciona al pueblo está hablando de una entelequia. No se refiere a la jovencita de 18 años que abandonó la escuela porque tenía que trabajar y un día no regresó a su casa porque daba el tipo preferido de quienes se las llevan: morena clara, delgada de pelo largo.
Para todos es una estadística, menos para su madre, padre, hermano, amigos. Es una de al menos 8 mil 700 personas que desaparecen en México cada año, según la ONU. Ninguna autoridad la está buscando, como a la mayoría de las que “desaparecen”, en gran parte porque no hay nadie poderoso detrás de ella, ningún gobierno que le dé voz. Si algún medio de comunicación se ocupa de su caso pronto su historia es sustituida por otra, tal vez más cruda. Los días borran nuestra memoria. Pero no para todos. Su madre o su padre saldrán a buscarla y en el camino se encontrarán a otras personas con la misma desgracia. Qué desgraciados somos todos sin saberlo. Todas las que desaparecen son nuestras hijas, todos lo que desaparecen son nuestros hijos, nuestros hermanos, nuestros padres. Todes son parte nuestra.
Si se tiene mucha suerte encontrarán viva a la persona querida. Otras veces, encuentran jirones de ropa y unos huesos. La mayoría no tendrá tanta suerte y seguirán buscando hasta que las fuerzas fallen o alguien asesine a las buscadoras porque hay muchos casos de estos también. Más de 100 mil personas desaparecidas en México, según cifras oficiales, más de 500 mil según activistas y expertas ya que hay muchas desapariciones que no son reportadas o no son tomadas en cuenta.
México es una gran fosa clandestina. La frase no es mía, es del subsecretario al que llaman a dar informes para aparentar que se está haciendo lo necesario, Alejandro Encinas. Y esa es la clave, aparentar. Aparentar que se busca a las personas desaparecidas, aparentar que se da todo el presupuesto necesario para ello, a pesar de que se han aplicado recortes a nivel federal y estatal en el sexenio con la mayor cantidad de personas desaparecidas. En efecto, en cada uno de los años desde 2019 se registran más de 20 mil casos.
Desapariciones y homicidios van de la mano de la expansión del crimen organizado y la corrupción. El Estado está ausente u ocupado en otras cosas: matando jóvenes desarmados, espiando periodistas o defensores de derechos humanos, haciendo listas de las posesiones que tienen los enemigos del régimen, haciendo himnos fascistas a aeropuertos inútiles, dando contratos millonarios sin licitación y, lo más importante: asegurándose que ganará la elección del 2024 la misma pandilla de funcionarios de los que lo mejor que se puede decir es que son unos incapaces, cuando no corruptos, homicidas por descuido (3 de mayo Metro Olivos) o defensores de capos.
¿Y dónde está la oposición? En todas partes, somos los que tomamos las calles sin que nos dieran una torta o un dinero, los que creemos que en la democracia y el acuerdo podemos empezar a remediar nuestros males, los que no creemos en los partidos de oposición porque no se lo merecen, pero los necesitamos y estamos dispuestos a empujarlos.
Somos los que creemos que las hijas, los hijos, les hijes, los esposos, los amigos deben regresar a casa sin que los asalten o los lastimen. En este México no será posible, hay que cambiarlo. Y sí nos cae mal.