Los Violent Femmes celebran 40 años de ser una de las mejores bandas del rock alternativo en activo. Con una serie de reediciones bajo el brazo de Why do birds sing?, su quinto álbum de estudio, y la compilación Add it Up (1981-1993), en formato de acetato, la banda formada en Milwaukee, Wisconsin, a principios de la década de 1980 continúa haciendo su propia versión de la música americana.

Cuando en abril de 1991 los Violent Femmes editaron Why do birds sing?, la banda comandada por Gordon Gano seguía teniendo un sonido único que mezclaba el punk y el new wave con el gospel, el country estadounidense, el jazz de Sun Ra y otros sonidos aparentemente inconexos, que ayudaron a definir eso que hoy se podría encasillar bajo la etiqueta de “rock alternativo”.

Liderados por Gano en la guitarra acústica y voz, Brian Ritchie en el bajo acústico y, originalmente, Victor DeLorenzo en las percusiones o “mezclando la sopa”, como se referían en sus conciertos, los Violent Femmes siempre fueron una banda de raritos que no encajaban con los estereotipos de la época. Nunca salieron en las portadas de las revistas ni tuvieron un número 1, pero lograron generar un culto de seguidores que los ha adorado y acompañado a través de varias separaciones, cambios de personal, pleitos legales, pero eso sí, un formidable legado musical.

“Somos avant-garde porque somos muy reaccionarios”, dijo Gano a la revista Rolling Stone en 1983, el año en que editaron su álbum debut homónimo que contenía la explosiva “Blister in the Sun”. Y agregaba: “La mayoría de la música de ahora es formularia, antiemocional y porquería decadente. Nosotros regresamos a la improvisación, a las emociones puras y primitivas y a los sonidos de antaño”. Durante el resto de la década, la banda trató de alejarse de la misma fórmula que los había llevado a los reflectores. En sus álbumes subsecuentes incursionaron en el country punk con tintes casi góticos, algo que podríamos denominar góspel alternativo en un punk acústico que mezclaba rocanrol, jazz y algo más. Una verdadera sopa musical.

La música de su quinto álbum parecía regresar a una instrumentación acústica básica: guitarra, bajo, batería y voz sin muchos adornos o elementos de la época. Nos profesaba que a los Violent Femmes les gustaba esa cosa llamada simplemente “música americana”. En aquel momento esto era una verdadera antítesis musical, donde aún reinaba el pomposo hair metal —género que dominó la década anterior—, mientras los éxitos de bandas como Metallica o Guns ‘n’ Roses estaban por todos lados. En el otro extremo, los Violent Femmes mantenían un espíritu completamente ajeno y con puntos de encuentro más cercanos a Camper Van Beethoven, Meat Puppets, The Minutemen o The Replacements y bandas adoradas por la radio universitaria de la época.

La banda participó ese 1991 en la primera edición del festival Lollapalooza, creado por Perry Farrell de Jane’s Addiction. El mundo estaba apenas preparándose para la revolución sonora que provocaría Nirvana y que daría pie a la explosión del alternativo.

Michael Beinhorn fue quien ayudó a lograr una producción austera y muy minimalista. Habiendo trabajado previamente junto a Bill Laswell, Brian Eno y los Red Hot Chili Peppers, el productor Beinhorn ayudó a que la banda sonara cruda sin muchos adornos otra vez como en sus primeras grabaciones. En el estudio también estaba Susan Rogers, la ingeniera de confianza de Prince por muchos años; incluso trabajaron en una composición inédita del geniecillo de Minneapolis que quedó inconclusa.

Cuatro décadas después de haber iniciado su carrera en las calles “mezclando la sopa”, los Violent Femmes han sobrevivido a demandas por regalías, separaciones, cambios de alineación y la ida y venida de varias modas musicales. Fiel a sus orígenes, la banda de Milwaukee, Wisconsin, siempre optó por forjar su propio sonido desde lo más primitivo y sencillo. Una guitarra, bajo, batería y un buen coro son lo único que necesitas para mantener al público bailando con esa música americana que tanto nos gusta.

antonio.becerril@eleconomista.mx

Antonio Becerril

Coordinador de operaciones de El Economista en línea

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