El plan sonaba perfecto. Slim Dunlap (el guitarrista) conduciría la camioneta. Tommy Stinson (el bajista) distraería a la recepcionista de las oficinas de Twin/Tone Records en Minneapolis, Minnesota, mientras Chris Mars (el baterista) y Paul Westerberg (el vocalista) robarían las cintas maestras de sus primeros cuatro discos (Sorry Ma, Forgot to Take the Trash, Stink, Hootenanny y Let it Be).

En 1987, la banda oriunda de St. Paul, Minnesota, acababa de firmar un contrato con Sire Records, subsidiaria de Warner, que ellos pensaban, los llevaría finalmente a obtener el éxito que tanto anhelaban. Durante una de sus múltiples crisis financieras, su antigua disquera Twin/Tone dejó de pagar regalías a la banda y decidió utilizar los recursos existentes para producir nuevos artistas y seguir editando material de su catálogo. La disquera planeaba lanzar sus primeros materiales en cassette y la banda se sintió estafada, ya que muy probablemente, tampoco verían un centavo de esos lanzamientos. Westerberg y compañía tenían muchas rencillas con su vieja casa discográfica y al sentirse engañados, decidieron cobrarse la venganza.

Paul Westerberg y Chris Mars sacaron sigilosamente las cintas del estudio de grabación y escaparon, seguido por Stinson. The Replacements llegó ese día al río Misisipi, decididos a destruir su pasado y desafiar una vez más a la autoridad. Westerberg y compañía pensaron que habían logrado el robo perfecto. Luego se dieron cuenta que esas cintas, que en palabras del propio Westerberg “se hundieron como una piedra”, eran sólo unas copias de respaldo y que las originales estaban almacenadas en un lugar seguro.

La banda recordó ese incidente como un preámbulo para anunciar el lanzamiento de un nuevo boxset de Don’t Tell A Soul, su sexto álbum de estudio que estará acompañado de material inédito. “Es cierto: alguna vez echamos unas cintas en el río. ¿Pero éstas? Éstas sólo las escondimos en el sótano”.

 

Cuando The Replacements llegó a su nueva casa discográfica, su sonido se había transformado de ser una feroz banda de punk a melodías más melancólicas y líricas de mayor madurez. Los primeros discos de la banda son veloces, desenfrenados y llenos de bríos adolescentes. Con Let It Be, Westerberg se convirtió en el letrista más maduro de su generación, explorando el dolor de crecer, la sexualidad y la soledad, como nadie lo había hecho. Gran parte de la obra de The Replacements está llena de júbilo, son la banda sonora perfecta para una fiesta en una cochera con tus amigos. La otra parte está plagada de melancolía, cortesía de la mirada de Westerberg, que en sus letras creció y se transformó frente a los ojos de su audiencia.

Las sesiones de Don’t Tell A Soul ocurrieron un año después del incidente en el río en Nueva York. La banda llegó a los estudios Bearsville en el condado de Woodstock para trabajar con el productor Tom Berg, con la intención de grabar su sexto álbum de estudio. El productor jamás se logró llevar bien con la banda, quienes hicieron todo por sabotear sus propias sesiones. Westerberg destrozó una de las guitarras de Slim Dunlap en un bafle, para después incendiarla. En otra ocasión, decidió ponerse a caminar sobre una reluciente consola Neve 8088 con una botella de Jack Daniels en mano, mientras Stinson arrojaba botellas de ginebra por la ventana.

Berg renunció a la misión y fue el productor Matt Wallace quien se encargó de darle forma a las maquetas que la banda registró en los estudios Bearsville. Don’t Tell A Soul es tal vez el disco más accesible de The Replacements. “I’ll be you”, “Aching to be” y “Talent Show” son de las canciones más pop de Westerberg con líneas melódicas acústicas, coros pegajosos y un sonido completamente alejado de sus primeros álbumes. Las cintas no acabaron en el río, sólo se guardaron en un sótano y hoy nos recuerdan que The Replacements fue la banda más importante –e infravalorada– de los ochenta.

[email protected]

Antonio Becerril

Coordinador de operaciones de El Economista en línea