“Mi vida ha sido un viaje muy interesante. Me convertí en astrónoma porque no me podía imaginar vivir en la Tierra y no tratar de entender cómo funciona el Universo”.

Vera C. Rubin, 2011.

¿Recuerdas cuando de niño, viendo por la ventanilla de un vehículo en movimiento veías pasar los árboles, colinas y pueblos, pero la luna siempre parecía saber a dónde ibas y te seguía? Yo lo recuerdo, aunque no me causó una impresión particularmente perdurable. Pero a Vera Cooper, una niña judía de Filadelfia en la década de 1930 le produjo una tan grande que la llevó a construir su primer telescopio a los 14 años y a ser la primera mujer en graduarse en astronomía en Vassar en Nueva York en 1948. Posteriormente  se consiguió un máster en Física por la Universidad de Cornell que implicó años de monitorear el movimiento de cientos de galaxias, y un doctorado en Georgetown por su trabajo sobre la distribución de las galaxias en el Universo.

En una época donde las mujeres en el área de ciencias de las universidades eran muy raras, y en Astronomía, en particular, rarísimas, Vera pasaba su tiempo como pupila de Richard Feynman, pionero de la mecánica cuántica y la teoría de superfluidos, Nobel de Física y uno de los divulgadores de la ciencia por excelencia. El 25 de junio de 1848 Vera contrajo matrimonio con Bob Rubin, un físico de la Johns Hopkins con quien tendría cuatro hijos. En 1965 comenzó a dar clases en el departamento de geomagnetismo en el Instituto Carnegie, en Washington, y en ese año se convirtió también en la primera mujer en recibir la autorización para usar los instrumentos del observatorio de Monte Palomar, donde estudió el movimiento de las estrellas en ciertos sectores de la galaxia M31 Andrómeda.

Ahí conoció a Kent Ford, colega que había diseñado un nuevo tipo de espectrómetro más sensible con el que continuó sus mediciones de las estrellas en Andrómeda, con las que esperaban solucionar uno de los grandes misterios en la rotación de las estrellas alrededor del centro de la Galaxia. En el movimiento planetario, por ejemplo, los planetas interiores se trasladan alrededor de su estrella más rápido de los exteriores; en el nuestro Mercurio tarda 88 días en dar la vuelta alrededor del Sol, mientras que Neptuno tarda 165 años. Pero en las galaxias estudiadas por Vera esto no era así, sino que las estrellas de órbitas exteriores giran tan rápido que debían salir volando hechas pedazos. Pero no era así, y no podíamos entender por qué, aunque ya teníamos algunas teorías.

Las galaxias están formadas en su mayor parte, hoy lo sabemos, por materia oscura. Le llamamos así pues, porque no se le puede ver. No podemos detectar la materia ni la energía oscura pero entonces ¿cómo sabemos que están ahí? Pues ya en 1933, Fritz Zwicky propuso la existencia de algo en medio de las galaxias además de las estrellas, que impedían que estas salieran despedidas hacia el espacio. A falta de mejor nombre la llamó “materia oscura”, pero como su teoría carecía de pruebas, fue rápidamente desechada. Pero el exhaustivo trabajo de Vera fotografiando una y otra vez cientos y cientos de galaxias finalmente logró lo que nadie antes: presentar claramente las pruebas de que “algo” sujetaba a las estrellas y les permitía tener unas órbitas que desafiaban todas las leyes de la Física que se conocían en ese momento. Esa fue la primera demostración práctica, indubitable, de la existencia de la materia oscura.

Además de una brillante astrónoma, Vera C. Rubin fue una acendrada feminista, que no dudaba interrumpir las escasas charlas en las que participaba para quejarse de la poca estima en que se tenía a las mujeres en la ciencia en pleno siglo XX. Participó en programas de divulgación científica enfocados a niñas, con el fin de despertar su interés en la astronomía, las matemáticas, la ciencia… Fue mentora de muchas jóvenes astrónomas una de las cuales, es astrofísica en el Centro Goddard de la NASA y es una de las principales investigadoras de la materia oscura hoy en día. También fue madre de cuatro hijos, todos los cuales nacieron en medio de sus estudios o trabajos en astronomía, y todos tienen doctorados en ciencias.

Vera C. Rubin murió el día de Navidad de 2016, cuando tenía apenas 88 años, dejando un legado de amor por la ciencia, investigación y difusión como pocas mujeres antes que ella. Inmortalizan su nombre la cresta Vera Rubin del cráter Gale, en Marte; el asteroide 5726 Rubin y por supuesto, el efecto Rubin-Ford. Pero lo que hará que las futuras generaciones recuerden a Rubin con al menos la misma intensidad con que nosotros recordamos a Hubble es algo de lo que casi nadie habla todavía, un prodigio de la ingeniería jamás construida en nuestro planeta!

Vista 360° del cráter Gale, en Marte, desde el Curiosity de la NASA:

https://bit.ly/2Z84kSF

Ramón Martínez Leyva

Ingeniero

Un pálido punto azul

Es ingeniero en Sistemas Computacionales. Sus áreas de conocimiento son tecnologías, ciencia y medio ambiente.

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