Los recientes Juegos Olímpicos de Tokio dieron más evidencia de por qué el término “Chindia”, popular hace 10 años, ahora se escucha poco. Mientras que la preparación disciplinada de China generó gran cantidad de medallas, la organización caótica de la India lo ubicó detrás de Bahamas y Kosovo.

NUEVA DELHI – Los Juegos Olímpicos de Tokio han terminado, y en Japón, pueblo y gobierno suspiran aliviados, ahora que el espectáculo pasó sin que hubiera un brote importante de COVID‑19 en la villa olímpica u otros desastres. Aquí en la India, aún duran las celebraciones por la primera medalla de oro que obtiene el país en la competencia masculina de lanzamiento de jabalina (y su mejor cosecha de medallas en cualquier Olimpíada). Pero ¿hay tanto de qué alegrarse?

Hace unos diez años, era común mencionar juntas a la India y China en la misma oración. Se suponía que, tras siglos de influencia occidental, eran los nuevos contendientes por el predominio global, la respuesta oriental a generaciones de éxito económico de Occidente. Algunos incluso hablaban de “Chindia”, como si en la imaginación internacional los dos países fueran partes de una entidad inseparable.

Pero para demostrar que esa unificación es, por decir poco, inexacta, basta mirar el medallero en Tokio. China obtuvo un orgulloso segundo puesto, con 38 medallas de oro (una menos que Estados Unidos) y 88 en total. Bajemos ahora por la lista, pasando Bielorrusia, la Georgia dividida, las Bahamas e incluso la provincia separatista de Kosovo (cuya independencia la India no reconoce). Allí, en el 48.º lugar, está la India, con siete medallas en total: una de oro, dos de plata y cuatro de bronce.

No hay nada de qué extrañarse. Mientras que China se ha esforzado sistemáticamente por triunfar en las Olimpíadas desde que volvió a ingresar en la competencia atlética mundial tras años de aislamiento, la India no se preocupó mucho por su carencia de proezas deportivas. China cabildeó hasta obtener el derecho a celebrar las Olimpíadas de verano, apenas dos décadas después de su regreso a la competencia. Pero la India se durmió en los laureles tras celebrar los Juegos Asiáticos de 1982 en Delhi, y ahora parece estar más rezagada que hace cuatro décadas en la competencia por ser sede de las Olimpiadas.

Antes de los Juegos de Beijing, en 2008, China lanzó el “Proyecto 119”, un programa del gobierno pensado específicamente para mejorar el desempeño olímpico del país (el 119 se refiere a la cantidad de medallas de oro entregadas en las Olimpíadas de 2000 en Sídney en deportes donde se ponen muchas en juego, como pista y campo, natación, remo, vela, canotaje y kayak). Los indios, en cambio, se preguntan si alguna vez lograrán romper su techo de cristal de diez medallas.

China, viendo la cantidad de medallas que podían conseguirse en kayak, decidió crear un equipo que pudiera dominar un deporte que hasta entonces era desconocido en el Reino Medio. Pero la India ni siquiera supo cabildear para que se incluyeran en los Juegos los pocos deportes que juega bien, por ejemplo kabaddi, (una forma de lucha por equipos), polo o cricket, que se jugó en las Olimpiadas de 1900 y después nunca más.

Además, China desarrolló nuevas fortalezas en otros deportes no tradicionales, como el tiro, sin dejar de mantener su dominio en tenis de mesa y bádminton. La India, en cambio, ha visto cómo la invención del pasto artificial terminó con el dominio indiscutido que tenía en hockey sobre césped, a tal punto que cuando el equipo masculino obtuvo una medalla de bronce en Tokio fue motivo de gran festejo. Si hablamos de deportes, “Chindia” no existe: no se puede nombrar a los dos países en una misma oración.

Lo sucedido en las Olimpiadas recién concluidas en la capital de Japón  es signo de una diferencia básica entre los sistemas de ambos países. Puesto en términos metafóricos, es el caos creativo de los musicales de Bollywood contra la precisión coreografiada a la perfección de la ceremonia de apertura de Beijing 2008.

Los chinos, como corresponde a una autocracia comunista, encararon la tarea de dominar las Olimpiadas con disciplina militar verticalista. Se estableció el objetivo, se delineó un programa para conseguirlo, se le asignaron los considerables recursos del Estado, se adquirió tecnología de punta y se importaron entrenadores de primer nivel. La India, en cambio, encaró las Olimpiadas de Tokio igual que todas las otras, con su mezcla habitual de amateurismo bienintencionado, ineptitud burocrática, experimentación sin rumbo y desorganización.

Es que somos así. Si las autoridades chinas quieren construir una nueva autopista de seis carriles, pueden pasarle la aplanadora encima a cada poblado que encuentren en el camino. Pero en la India, para ensanchar una ruta de dos carriles, hay que pasarse diez años discutiendo indemnizaciones en los tribunales. En China, las prioridades nacionales las fija el gobierno y las financia el Estado; en la India, van surgiendo de una seguidilla interminable de discusiones y argumentaciones entre un sinfín de grupos interesados; y ya se verá de dónde saldrán los fondos. Es probable que el presupuesto que destinó China a preparar a sus atletas para las Olimpiadas de Tokio supere lo que gastó la India en entrenamiento para todas las Olimpiadas de los últimos 70 años.

Es decir: la India produce excelencia individual a pesar de las limitaciones del sistema, en China el éxito individual es producto del sistema. Los indios se destacan allí donde hay vía libre para el talento individual. El país produjo figuras de primer nivel en ciencias de la computación, matemática, biotecnología, cine y literatura. Pero frente a desafíos que exijan altos niveles de organización, disciplina estricta, equipamiento sofisticado, entrenamiento sistemático y presupuestos elásticos, los indios flaquean. Resulta elocuente que los únicos deportes donde la India ganó un campeonato mundial en años recientes son billar y ajedrez.

En Tokio la India era favorita en tiro, pero no consiguió ni una sola medalla, por contratiempos como la demora en reparar un desperfecto en la pistola de la campeona mundial. A la mejor jugadora de tenis de mesa no la dejaron tener presente a su entrenador personal, y rechazó la ayuda del entrenador oficial de la India, lo que provocó una medida disciplinaria. Nuestra representante en arco (número uno en el mundo) no consiguió pasar la ronda clasificatoria.

La fuente de talento deportivo de la India no se condice con el tamaño de su población; en un país lleno de desafíos existenciales donde la competencia por cada oportunidad es intensa, muy pocos se sienten con la capacidad o la inclinación para dedicar el tiempo que demanda dominar un deporte. El sistema no está pensado para descubrir el talento atlético, y muchos que lo tienen carecen de salud, nutrición, infraestructura deportiva y recursos de entrenamiento que les permitan trascender en el nivel mundial.

La India es una democracia contenciosa, a diferencia de China, la cual ganará muchas medallas en futuras Olimpiadas, pero en simpatizantes es posible que gane la India.

El autor

Shashi Tharoor, ex subsecretario general de la ONU y ex ministro de Estado de Asuntos Exteriores de la India y ministro de Estado de Desarrollo de Recursos Humanos, es diputado del Congreso Nacional de la India. Es el autor de Pax Indica: India and the World of the 21st Century.

Traducción: Esteban Flamini

Copyright: Project Syndicate, 2020

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