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Un descanso
Necesitamos una explicación, está en nuestra naturaleza. Una explicación que vaya más allá de las capacidades de la ciencia, una que nos deje una lección, calme nuestra alma y ayude en el proceso de aceptación. Lo hacemos todo el tiempo, lo hacemos con las malas noticias, las terribles coincidencias y hasta con la muerte: ya había cumplido su misión, se consuelan los deudos cuando han perdido a un ser querido.
Eso hacemos ahora, y nuestras explicaciones más simplistas primero, volteamos a China: es que comen de todo. Curiosísimo argumento, viniendo del país de los gusanos de maguey, las hormigas chicatanas y los escamoles. Justo cuando el miedo comenzaba a mostrar su peor rostro, el de la discriminación, como si se tratara de un acto de justicia divina (y obvio, en un mundo más globalizado que creyente), el coronavirus olvidó las fronteras. Comiéramos lo que comiéramos, viajáramos o no, sin importar cuánto ganamos, si conducimos un país o un camión, nos alcanzaría a todos.
En estos momentos, en los que la tragedia apenas se asoma con cifras de muertos, fosas comunes y datos preliminares de pérdidas de empleo en el mundo, tratar de mencionar algo positivo o encontrar una justificación divina en medio del dolor, tiene tintes de crueldad. Pero necesitamos ver más allá para seguir respirando. Y entonces, son cada vez más las personas que han escuchado a los pájaros cantar desde las cuatro y media de la mañana, las mariposas amarillas han tomado el lugar de las grises. Una ballena reclamó en Acapulco el espacio recuperado. Los cielos de China regresan a ser azules, los canales de Venecia se tornaron cristalinos. Nuestras playas sin basura. Vemos las imágenes de las grandes ciudades del mundo, con espacio suficiente para apreciar su arquitectura, y en esa ausencia de personas, deja la sensación de que no les hace falta nada.
Mientras las personas estamos aferrándonos al mundo como lo conocimos, sustituimos nuestros empleos por reuniones virtuales, hacemos planes para cuando volvamos a la “normalidad”, nos preocupamos por si los niños perderán el ciclo escolar, la naturaleza parece agradecer el cambio. Así, quienes encuentran razones mayores, aseguran, el mundo reclamó un descanso. No podemos negarlo, el planeta se adaptó más rápido que la gente, y también, con el mismo tinte de crueldad hay que admitir, que se ve mejor sin nosotros.
